10 de noviembre de 2014

un minuto de felicidad


Me gusta escribir. Y no es que me considere un buen escritor. Escribo cosas que me gustan y retuerzo la realidad a mi manera para divertirme. Que a mí me guste es lo único que necesito. Y me sirve para relajarme y evadirme de la vida cada vez más estresante y el trabajo más exigente a cada momento que tengo.

Mi afición no es para nada atractiva para un tercero. Y no culpo a nadie de ello: escribir es una afición barata y con fama de sencilla, todo el mundo con un bolígrafo y una hoja de papel puede crear. Es una afición tan democrática que sin problema te encuentras englobados en el mismo saco a grandes maestros como Terry Pratchett o José Saramago con auténticos incompetentes como Juan Manuel de Prada o Ana Rosa Quintana (con todo respeto para sus negros).

Aún así, nunca negaré el mérito que tiene escribir un libro. Yo, que he escrito tres, junto a una docena de historias cortas y un montón de fan fictions de Harry Potter, atestiguo lo difícil que es escribir un relato y que quede bien cerrado y completo; que los personajes sean carismáticos y estén bien dibujados, que el guión no tenga agujeros, que las descripciones no sean demasiado cargantes y que la historia no posea fallos de raccord.

Seguramente nunca sea escritor profesional, y las palabras que escribo nunca salgan de un círculo muy cerrado de gente. Muy poca gente ha leído las cosas que he escrito, personas que me han hecho el inmenso favor de perder su valioso tiempo libre en mí y después darme su opinión, por dura que fuera, ayudándome a mejorar y a quitar las escasas ínfulas que alguna vez pudiera haber tenido. Que mi círculo sea tan cerrado tiene una pequeña historia de decepciones con gente que, por fortuna, ya no forma parte de mi vida. Y también alguna respuesta monosilábica y evasiva que me hizo comprender lo cerrado de mi afición.

En julio comencé a pensar en una historia corta. Una historia en la que intento evolucionar y escribir de una forma más clara y tomando atajos narrativos para evitar el espesor narrativo del que soy víctima y verdugo. Una historia diferente, que terminé en mi cabeza al comenzar el verano de este año 2014 y que hoy, con fecha 10 de noviembre, termino al fin.

El resultado me ha ilusionado, es una historia diferente, con muchos cambios respecto al estilo que siempre he tenido. Y lo mejor de escribir una historia de estas es cuando,después de escribir la última palabra y dar el punto final a lo escrito, tienes esas sensación de vacío, ese minuto en el que piensas: "y ahora, ¿qué?". Pues bien: hoy, después de años sin tener esa sensación, he disfrutado ese minuto como hacía más de tres años que no disfrutaba.

Un camión de la basura entra en la calle unos segundos después. Desde las sombras observa cómo las palas mecánicas del camión recogen el contenedor y se paran cuando está en el aire. Las palas bajan y uno de los técnicos bajan del camión. Mira dentro, blasfema y grita al compañero. Desconoce si está vivo o muerto. Dentro del bar, el camarero se queda con una americana ya sin dueño, en la que encuentra trescientos euros y tres chinas de hachís. Se pone la americana y vende las chinas a unos adolescentes que juegan en una mesa con un dado y dos botellas de absenta negra.
Camina, tambaleándose y cojeando, hasta otro callejón, apoyándose finalmente en la pared. Vomita. Tiembla y en su cabeza se forman las imágenes del contenedor dejando caer el cuerpo sobre las hojas de la trituradora, y suspira al ver que la máquina ha fallado en el preciso instante en el que iba a convertirse en un asesino. Se incorpora, extrañamente tranquilo. Y se siente bien; es como si fuera imposible que nada le vaya a salir mal en lo poco que le quede de vida.
  "Mientras llovía".




1 de noviembre de 2014

Más canciones que me gustan (y que a veces necesito)




Flaca, de Andrés Calamaro.




Amor Castuo, Extremoduro.
Me levanté, hasta los huevos de vivir; te vi pasar, y ahora ya vuelvo a sonreír.




Feo, fuerte y formal, Loquillo
Si te doy mi palabra, nunca se romperá.




Desarraigo, Extremoduro.

A veces hay canciones que necesito más que otras. Como todo el mundo, vamos.
Lo importante es saber cuáles son las que necesito, y que me de igual lo que los demás piensen de ellas. Prefiero parecer ridículo y disfrutar de la música que necesito en cada momento a tener que quedar bien con canciones que no me dicen nada.