28 de octubre de 2017

No quieras despertar




El camarero observa con curiosidad a la solitaria pareja que sigue sentada, tomando cerveza tras cerveza. Él se apoya sobre una piedra, ella sobre un tronco caído en el suelo, y ambos tienen un quinto de cerveza en la mano. Llegaron cuando más llovía, él entró con la capucha de la sudadera puesta, pero ella llegó con el pelo totalmente mojado, que sigue así después de más de una hora.

Hablan de cosas intrascendentes, sonríen de vez en cuando, dan un trago a la bebida, siguen hablando y bebiendo. Él deja un botellín en el suelo, la mira y ella sonríe. Se levanta y se acerca a él. Vuelve a sonreír al ponerse frente a él. Acerca sus labios a los del chico y le besa. Un beso inesperado, suave, dulce e intrépido que le descoloca y que provoca que su corazón se desboque en apenas segundos. 


Era el momento, ¿no crees?

Él se levanta y se acerca. Devuelve la dulce e intrépida osadía de su acompañante con un par de torpes besos. Asiente sin pronunciar palabra y dejan en la barra un billete antes de desaparecer y de esperar siquiera las vueltas.

En su corazón desbocado queda el aroma de ese primer beso que ella le regaló y el aroma dulce de su perfume. Y al caminar intenta que esos instantes efímeros de felicidad perduren y no queden sepultados por la puta realidad.

28 de febrero de 2017

Tras la barra (1)



En la puerta el guardia de seguridad evita la entrada a dos adolescentes con exceso de coca en sangre y de chulería en el cuerpo, cogiendo a uno del cuello de la americana y dándole un empujón que casi le tira al suelo mientras el segundo suelta gruñidos apenas inteligibles hasta que el hombre amaga ir hacia él y se aparta, cogiendo a su amigo y huyendo entre menciones a la madre de todos los presentes; tras la puerta la cola del baño de mujeres avanza con más lentitud que el masculino, aunque a veces de este salga algún cliente rascándose la nariz y que el siguiente tenga que levantar la tapa.

La música suena cada vez más alta y los hombres beben y se acercan a los grupos de chicas, que se recogen o expanden cual mareas en función de su estado civil y el estado de la ropa interior que decidieron ponerse; alguna sonríe a un comentario y decide darse la vuelta, con dos dedos en los bolsillos del pantalón vaquero y asintiendo, vistiendo media sonrisa en los labios, ante las medias incoherencias de esas conversaciones controladas por el alcohol que nadie sabe bien cómo empiezan y que ellos esperan que acaben en cama ajena y ellas saben, desde el momento en que se dieron la vuelta, cómo terminará.

En la barra la gente va y vuelve con bebidas, los hombres dejan las cazadoras en los ganchos y algunas chicas se sientan en algún taburete, cansadas y aburridas, viendo a su novio y a sus amigos con el enésimo chupito de jaggemeister que todo el mundo sabe cómo terminará, con la única incógnita del punto exacto entre el bar y el taxi donde se cumplirá el destino de todo aquél que prueba el licor de moda; otras bailan, desprendiendo sin quererlo todas las hormonas probables e imposibles en sus gestos, divirtiéndose y moviendo tanto la cabeza como el cuerpo al ritmo de una canción de impronunciable nombre; y muchos las ven, extasiados con la extraña por improvisada pero sublime por lo sensual danza, y algunos se acercan, y comparten varios pasos de baile, y el que intenta acercarse más de lo debido acaba con una sonrisa y quizá, solo quizá, con un beso en la mejilla seguido de un nuevo paso de baile a modo de despedida.

En una de las esquinas de la barra, al lado de un revistero de metal lleno de periódicos viejos y revistas eróticas que hace meses nadie lee, reposan en la barra dos botellines de cerveza a medio beber; el camarero mira hacia ese punto y se encuentra a un viejo conocido con una compañía nueva: él, su habitual, de veintimuchos o quizá ya treinta años, alto y delgado, ojos oscuros y pelo largo, camiseta blanca y unos vaqueros de tiro bajo; ella, también alta, pelo castaño claro con un largo flequillo, gafas de pasta marrón, un vestido corto gris y discretos tacones. Hablan en voz baja, haciendo caso omiso a la música y a la humanidad que, como cada noche, bebe, baila y se droga sin control alguno. El camarero no detecta el mínimo gesto de cariño entre ambos, ni una caricia, ni un triste beso, únicamente se acercan para hablar y sonreír de vez en cuando.

23 de enero de 2017

Me invita a un café


[Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia]

Que sí, que a mí me gusta mucho el café, pero no es eso.

Apoyas las manos en el soporte vertical que separa nuestros puestos de trabajo, me miras y me dices que me invitas a un café. Lanzas media sonrisa, agradecida por lo que te acabo de decir y es causa de la invitación, y te apartas un mechón de ese pelo castaño claro que cada vez tengo más claro que es un homenaje a la mítica Beatrix Kiddo, pasándolo tras tu oreja derecha de nuevo. Ajustas tus gafas y echas el cuerpo para adelante un instante.

Y sí, me gusta mucho el café. Y me gustan también tus ojos castaños, siempre tan abiertos, siempre alerta ante un mundo laboral que todavía estás conociendo; pero no te voy a engañar, hoy todo eso está eclipsado, porque hoy has traído a trabajar una de esas camisas tan abiertas, a veces creo que te sobran tres tallas. Y te echas hacia adelante y la camisa cae hacia adelante, y no veas qué complicado me resulta concentrarme en esos momentos en los que veo mucho más de tu anatomía de lo que quizá me convendría para seguir estando atento a muchas cosas.

El sujetador es realmente feo, sin gracia, de un color marrón que recuerda aquellas coladas en el pueblo cuando eras niño. Y la verdad, cumples el prototipo de deportista femenina que tantas veces he visto y he emborrachado, fibrosa, piernas desarrolladas, y pechos pequeños y separados pero, en tu caso, joder, qué bien puestos. Puede que sea un pervertido, nadie me invita a asomarme a esa azotea, nadie me da derecho a opinar sobre ese secreto que muestra, seguramente sin darse cuenta.


Me gusta el café, pero fácilmente mandaría a la mierda cientos de ellos por poder posar mis labios allí, por deslizar mi nariz por el valle que los separa y por morderlos hasta quedarme sin aire, y que necesitemos todo el Trombocid del mundo para que nadie se diera cuenta el día siguiente.

A la mañana siguiente Beatrix Kiddo me despierta una vez más y me lleva a la máquina del café. Habla pero apenas le presto atención, me sonríe y me pone entre las manos una vaso del terrible engrudo de la máquina. Hoy lleva un jersey azul oscuro sobre una blusa, una falda también oscura y unas medias negras. Pienso en muchas cosas, pero vuelvo al trabajo, a las llamadas telefónicas de costumbre y a los marrones habituales. En fin.

17 de enero de 2017

La mujer más hermosa del mundo (2)



Termina su copa y le paga al viejo camarada de la cárcel las dos copas de vino que tenía pendientes, calándose el sombrero, se acerca a ella, que termina de beber su copa. Al caminar descubre una mujer de edad indefinida, delgada pero con cintura y un voluminoso pecho que oculta tras un vestido gris claro levemente escotado y largo hasta las rodillas; completa su vestuario con unas tupidas medias oscuras y unos zapatos granates, a juego con el abrigo y el bolso que sostiene con su brazo derecho. Los ojos grises presiden una cara alargada, nariz achatada y unos labios carnosos pintados de rojo intenso; el pelo es de color castaño claro y muy corto, casi como si un hombre se lo dejara un poco largo, sin llegar a cubrirle el cuello y tapándole apenas las orejas. Cuando queda a un metro de ella, sabiéndose observado y posiblemente rechazado, está seguro que se encuentra frente a la mujer más hermosa del mundo.

Da los dos últimos pasos esquivando a un juez y un alto funcionario que comienzan a discutir acaloradamente por el último decreto aprobado por el Ministro de Justicia, y se decide a saludarla.

- Buenas noches, ¿me permite invitarla a una copa?

Ella le mira y parpadea dos veces, sin responder. Hace un gesto afirmativo y da medio paso atrás para que él se acomode sobre la barra. De un gesto, un camarero aparece y sirve una copa de vino a él y una copa de lo que resulta ser absenta negra rebajada a la francesa. La mujer asiente y observa con desagrado la preparación de su combinado ante el curtido hombre que hace caso omiso del gesto. Cuando termina toma su copa y la levanta, agradeciendo el gesto al hombre del sombrero, que levanta asimismo su copa de vino y la choca ligeramente con la de ella. Ambos dan un trago corto a la bebida.

10 de enero de 2017

Noche (1)





Los bares clandestinos son decadentes por naturaleza. Locales prohibidos que se encierran en sótanos sin cuartos de baño y sin apenas ventilación, de canciones atávicas y alcoholes ilegales, donde los camareros son más peligrosos que los clientes y los propietarios son mucho más peligrosos que los camareros. Puertas cerradas con cien candados por dentro con apariencia de abandonados. Lugares que siguen abiertos porque un día varios policías corruptos retuvieron al propietario y le exigieron su parte del pastel para que el negocio pudiera funcionar sin excesivos problemas. Hay lugares donde los policías son todavía más peligrosos que el peor de los mafiosos.

De noche todos los gatos son pardos, y la oscuridad les protege de los perros callejeros. Acuden todas las noches, después de cenar, escondidos por las sombras de la ciudad aspirante a megalópolis que no es capaz de permitirse cambiar las bombillas que periódicamente destrozan a pedradas los zagales que desafían a la gendarmería municipal. Las callejuelas se tornan aliadas para los gatos callejeros en los oscuros portales y muchas veces se encuentran varios en los mismos, compartiendo una petaca de coñac o un cigarrillo mal enrollado.


(...)



Termina su copa y le paga al viejo camarada de la cárcel las dos copas de vino que tenía pendientes, calándose el sombrero, se acerca a ella, que termina de beber su copa. Al caminar descubre una mujer de edad indefinida, delgada pero con cintura y un voluminoso pecho que oculta tras un vestido gris claro levemente escotado y largo hasta las rodillas; completa su vestuario con unas tupidas medias oscuras y unos zapatos granates, a juego con el abrigo y el bolso que sostiene con su brazo derecho. Los ojos grises presiden una cara alargada, nariz achatada y unos labios carnosos pintados de rojo intenso; el pelo es de color castaño claro y muy corto, casi como si un hombre se lo dejara un poco largo, sin llegar a cubrirle el cuello y tapándole apenas las orejas. Cuando queda a un metro de ella, sabiéndose observado y posiblemente rechazado, está seguro que se encuentra frente a la mujer más hermosa del mundo.