El
camarero observa con curiosidad a la solitaria pareja que sigue sentada, tomando
cerveza tras cerveza. Él se apoya sobre una piedra, ella sobre un tronco caído
en el suelo, y ambos tienen un quinto de cerveza en la mano. Llegaron cuando
más llovía, él entró con la capucha de la sudadera puesta, pero ella llegó con
el pelo totalmente mojado, que sigue así después de más de una hora.
Hablan
de cosas intrascendentes, sonríen de vez en cuando, dan un trago a la bebida,
siguen hablando y bebiendo. Él deja un botellín en el suelo, la mira y ella
sonríe. Se levanta y se acerca a él. Vuelve a sonreír al ponerse frente a él.
Acerca sus labios a los del chico y le besa. Un beso inesperado, suave, dulce e
intrépido que le descoloca y que provoca que su corazón se desboque en apenas
segundos.
- Era el momento, ¿no crees?
Él
se levanta y se acerca. Devuelve la dulce e intrépida osadía de su acompañante
con un par de torpes besos. Asiente sin pronunciar palabra y dejan en la barra
un billete antes de desaparecer y de esperar siquiera las vueltas.
En
su corazón desbocado queda el aroma de ese primer beso que ella le regaló y el
aroma dulce de su perfume. Y al caminar intenta que esos instantes efímeros de
felicidad perduren y no queden sepultados por la puta realidad.