Cómo
concluir esto, María... te vas del lugar donde nos conocimos y hemos
compartido desayunos, comidas, secretos, unas pocas confesiones,
muchas risas, algunos momentos serios, hemos discrepado en dónde ir
a comer; y nos hemos emborrachado unas pocas veces juntos, y unos
cuantos conciertos, y cenas, y algún que otro bailoteo (de esto
poco, que ya sabes que la barra no se sujeta sola).
Y
qué quieres que te diga, me da mucha pena que te vayas. Porque al
final siempre estabas allí, con tu risa contagiosa y tu inacabable
sonrisa, y tus ganas de escuchar, y tu capacidad para empatizar.
Nunca
dejes de ser así, siempre sonriente, siempre risueña, enérgica
hasta la extenuación. Espero que nunca desaparezca esa energía que
nunca te falta, esas ganas de hacer cosas nuevas, de conocer gente,
de viajar, de disfrutar de la vida; tu genuina solidaridad, tus ganas
de aprender y de ser mejor cada día. Espero que, aquí, allí, o
donde te lleve el futuro, sigas siendo así, que al verte veamos a
una persona con ganas de morder el mundo y que nadie sea capaz de
encontrarte silenciosa o triste.
Eres
incansable, y a veces creo que también invencible. Tu fuerza y tu
energía, esas son tus mayores virtudes, tus armas. Y con ellas serás
capaz de hacer lo que te propongas.
Y
quiero que sepas que tenerte como amiga en estos años me ha hecho
mejor persona. A tu lado he aprendido muchas cosas, y con
perspectiva, me doy cuenta que me has ayudado a madurar. Y te doy las
gracias por ello.
Ya
no nos veremos tan a menudo, pero ten en cuenta que, pase lo que
pase, has sido importante para mí; han pasado suficientes cosas
estos años como para considerarnos mucho más que conocidos, que
compañeros, que colegas. Es difícil encontrar amigos. Y me alegro
que seas mi amiga. Y no sabes cómo.
Te
quiere,
D.