29 de mayo de 2022

Granada (y 2)

Reírte con un chiste malo tras otro en mitad de la calle. Llenar las cervezas de recuerdos perdidos y secretos a medio confesar. Perderse en el Albaicín buscando san Nicolás, para hacer una foto a la inmortal ciudad de Granada. Abrazarse y llorar, viendo al puto Carlos Escobedo desgarrar su bajo, y oír Eclipse, y oír Estrella Polar, y no dejarte caer en su naufragio particular. Dejarse caer en un banco, rendido, en la noche cerrada y devorar un kebab antes de volver arrastras al hotel. Visitar la Alhambra, extasiarse, asombrarse. 

Crear recuerdos, eliminar los negativos, hacer que aquel sitio al que una vez fuiste cambie de significado. Cumplir promesas, no dejar nada en un tintero que sabes que volverás a llenar. Catarsis.

Olvidar las expectativas y vivir cada minuto, cada hora, cada segundo, como si fuera único, como si fuera el último. Que la pandemia y los males del día a día queden fuera por un par de días. Ser feliz con tus amigos.

28 de mayo de 2022

Granada (1)

Veo el sucio amanecer madrileño en un taxi rumbo a Atocha. Granada nos espera, treinta y seis horas en las que dejaremos los sentimientos sueltos entre las calles nazaríes. Donde no faltarán los secretos confesados, las lágrimas declaradas y las risas por mil y un chistes malos que caerán. Y donde el jevi guiará nuestros paso y nos hará caer y levantarnos una y mil veces.

Por qué vamos, te preguntas, cómo se te ocurrió proponer este plan. Y por qué no. Por qué no... 


20 de mayo de 2022

pequeñas muertes

Hoy me he comprado un libro. Eso no es una novedad en mi vida. Tengo muchos libros, quizá demasiados, y mi montaña de cosas por leer sigue subiendo, lenta pero inexorable, como me pasa tan a menudo.

Lo diferente es dónde me lo he comprado. Mi librería preferida de Burgos cierra, dentro de unos días, por jubilación. Y no he podido evitar entrar en aquél local del Espolón por última vez y pasear por los restos de lo que un día fue un espectacular almacén de libros cuidadosamente organizados y a la vista de todo el mundo. 

En esa librería rara vez entraba a por un libro concreto (aunque casi siempre lo tenían, a la vista o escondido); entraba a mirar, a curiosear sin más objeto que comparar portadas y curiosear textos de la contraportada, para al final comprarme por impulso algún volumen que terminaba siendo devorado meses después e incluido, sin excusa, en mi atestada biblioteca. 

Es una tontería, tenemos mil librería físicas, Amazon, tiendas online, pero me entristece ver cómo sitios de mi vida, poco a poco, desaparecen entre los sumideros que el progreso deja atrás. Es una de tantas pequeñas muertes que todos tenemos en nuestra vida, inmateriales, sustituibles, en colores fríos. Que poco a poco se acumulan en tus huesos y cambian hábitos y te encaminan a otras normalidades. Ni peores ni mejores, pero si otras, diferentes, menos nostálgicas.

Qué libro me he comprado... Eso es lo de menos ahora mismo. 

15 de mayo de 2022

Gol en las Gaunas

Cuando éramos pequeños, el fútbol se jugaba los domingos a las cinco de la tarde, excepto el partido de los sábados a las nueve que daban en La Dos, y el del Plus, los domingos a las siete y media. Recuerdo sentarme en el comedor, o en la cocina, con mi padre, escuchando el Carrusel Deportivo y entre anuncios de cupones, puritos, licores y pipas, cantaban goles sin parar, rondas informativas interrumpidas una y otra vez, cánticos de primera y segunda en los estadios que quedaron marcados a fuego en nuestra memoria sentimental: Atocha, el Plantío, Sarriá, Las Gaunas, Luis Casanova, Vicente Calderón, Rosaleda... 

Escuchábamos atentamente a todos esos comentaristas que ya sabíamos a quien locutaban, nos poníamos nerviosos cuando alargaban el cántico del gol sin decir quién lo había metido, y cuando al fin sabíamos el color, lo apuntábamos en esa quiniela, en las sucesivas columnas. Recuerdo estar sentado en sus rodillas, atento, esperando siempre que hubiese un gol más del Real Madrid; recuerdo un botellín de San Miguel y un paquete de tabaco sobre la destartalada mesa de cocina en la que comíamos. Puede que no tuviéramos dinero, pero recuerdo perfectamente ser feliz en aquellos momentos.

Han pasado muchos años; me hago viejo, el fútbol ya apenas me interesa, todo ha cambiado, algunas cosas han mejorado pero dudo que ahora mismo estemos viviendo en un mundo mejor que cuando yo tenía seis, siete, ocho años, y estaba de cinco a siete escuchando la radio con papá.

Todos los años, las últimas jornadas de liga se juegan de forma simultánea, y hace un rato, a las siete y media, han comenzado todos los partidos. No estoy con mi padre en la cocina ni estamos escuchando el transistor; pero, como intento hacer todos los años, me conecto con el móvil a mi Carrusel Deportivo, me pierdo por mi ciudad y me dejo llevar por los comentaristas, los goles, las polémicas y los nervios de todos los equipos. 

No es el mismo fútbol, no es la misma forma, no es el mismo Carrusel. Pero este rato solo hay fútbol

Quizá no sea recomendable volver donde se fue feliz, pero mientras escucho y salto con las oportunidades y los goles puedo volver, aunque solo sea por unos minutos, al lugar donde fui niño y todavía no tenía problemas, no sabía de preocupaciones, y creíamos, o al menos así fingíamos, que éramos felices.