Escuchábamos atentamente a todos esos comentaristas que ya sabíamos a quien locutaban, nos poníamos nerviosos cuando alargaban el cántico del gol sin decir quién lo había metido, y cuando al fin sabíamos el color, lo apuntábamos en esa quiniela, en las sucesivas columnas. Recuerdo estar sentado en sus rodillas, atento, esperando siempre que hubiese un gol más del Real Madrid; recuerdo un botellín de San Miguel y un paquete de tabaco sobre la destartalada mesa de cocina en la que comíamos. Puede que no tuviéramos dinero, pero recuerdo perfectamente ser feliz en aquellos momentos.
Han pasado muchos años; me hago viejo, el fútbol ya apenas me interesa, todo ha cambiado, algunas cosas han mejorado pero dudo que ahora mismo estemos viviendo en un mundo mejor que cuando yo tenía seis, siete, ocho años, y estaba de cinco a siete escuchando la radio con papá.
Todos los años, las últimas jornadas de liga se juegan de forma simultánea, y hace un rato, a las siete y media, han comenzado todos los partidos. No estoy con mi padre en la cocina ni estamos escuchando el transistor; pero, como intento hacer todos los años, me conecto con el móvil a mi Carrusel Deportivo, me pierdo por mi ciudad y me dejo llevar por los comentaristas, los goles, las polémicas y los nervios de todos los equipos.
No es el mismo fútbol, no es la misma forma, no es el mismo Carrusel. Pero este rato solo hay fútbol
Quizá no sea recomendable volver donde se fue feliz, pero mientras escucho y salto con las oportunidades y los goles puedo volver, aunque solo sea por unos minutos, al lugar donde fui niño y todavía no tenía problemas, no sabía de preocupaciones, y creíamos, o al menos así fingíamos, que éramos felices.
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