Lo diferente es dónde me lo he comprado. Mi librería preferida de Burgos cierra, dentro de unos días, por jubilación. Y no he podido evitar entrar en aquél local del Espolón por última vez y pasear por los restos de lo que un día fue un espectacular almacén de libros cuidadosamente organizados y a la vista de todo el mundo.
En esa librería rara vez entraba a por un libro concreto (aunque casi siempre lo tenían, a la vista o escondido); entraba a mirar, a curiosear sin más objeto que comparar portadas y curiosear textos de la contraportada, para al final comprarme por impulso algún volumen que terminaba siendo devorado meses después e incluido, sin excusa, en mi atestada biblioteca.
Es una tontería, tenemos mil librería físicas, Amazon, tiendas online, pero me entristece ver cómo sitios de mi vida, poco a poco, desaparecen entre los sumideros que el progreso deja atrás. Es una de tantas pequeñas muertes que todos tenemos en nuestra vida, inmateriales, sustituibles, en colores fríos. Que poco a poco se acumulan en tus huesos y cambian hábitos y te encaminan a otras normalidades. Ni peores ni mejores, pero si otras, diferentes, menos nostálgicas.
Qué libro me he comprado... Eso es lo de menos ahora mismo.
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