18 de marzo de 2016

La búsqueda


Ella no volvió a aparecer por clase nunca más. Él miró, día sí, día también, al rincón del fondo del aula donde ella se sentaba y tomaba apuntes, silenciosa, junto a sus dos amigas. Pero sus amigas, que permanecían allí, únicamente tomaban apuntes, y ella seguía sin aparecer.


Un día se acercó y las preguntó, recibiendo únicamente a cambio una mirada condescendiente y el silencio por respuesta. Volvió a su asiento, sacó los apuntes y comenzó a leer la lección, fingiendo indiferencia pero con las entrañas a fuego por la falta de noticias de aquella chica que le dio la mano y, con un simple beso en la mejilla, le hizo perder la cabeza.

Una mañana, días después, logró encontrar el portal donde la vio desaparecer aquél jueves por la noche, y fingiendo ser el cartero se coló en el descansillo, y buscó desesperadamente y sin éxito, entre los buzones, el nombre o el apellido de la chica que no se podía quitar de la cabeza, hasta que escuchó unos pasos y salió a toda prisa del portal, corriendo lo más lejos posible.

Ella terminó de bajar las escaleras, con sus gafas de moda y sus ojeras a cuestas, y vio cómo una sombra salía a toda prisa, dejando la puerta del portal abierta. Se acercó, mirando a ambos lados sin ver a nadie y cerrando la puerta tras de sí, acercándose al anónimo buzón del cuarto efe y sacó varios folletos de supermercados y pizzerías.

13 de marzo de 2016

El paseo


Recuerda la noche cuando ella le dio la mano por primera vez, después de una de tantas fiestas de jueves que se alargaban hasta casi el amanecer.

Salían del último bar y él decidió volver a casa, borracho y agotado después de tantas horas bebiendo, fumando y riendo. Ella se acercó a él, Me vuelvo yo también, y él, asintiendo, esperó hasta que ella sacó su abrigo y su bolso. Al salir del bar encendió un cigarrillo y, después de una calada, se lo dio a él, encendiendo ella otro.

Caminaron en silencio varios minutos, la temperatura era fría, aunque el sol de la primera hora de la mañana comenzaba a asomar y les daba en la cara. En ese momento, cuando pararon ante un semáforo en rojo, ella tiró el cigarrillo al suelo y le dio la mano. Él hizo amago de apartarla, pero el alcohol le dejó entrever lo que estaba sucediendo, y le respondió con un suave apretón. Ella empezó a hablar, casi en tono indiferente, de asignaturas, de profesores, de exámenes; él únicamente era capaz de escuchar palabras sueltas, sentía la fría mano contra la suya, su cuerpo entrando en calor y su corazón enloquecido, intentando entender qué iba a suceder a continuación.

Después de un rato en el que ella habló y habló sin cesar y él únicamente asentía con monosílabos, sin prestar realmente atención a sus palabras y notando la mano de la chica apretando la suya cada vez con más fuerza, le señaló un portal, Vivo allí, le dijo, y él asintió. Ella le soltó la mano y, con una sonrisa, le dio un beso en la mejilla y un abrazo. El olor a alcohol y a perfume se mezclaron, haciéndole sentir mareado, y, cuando ella se acercó a aquél portal, después de un movimiento con su mano derecha, él se quedó quieto, viendo cómo desaparecía a través del portal.

A la tarde siguiente, en clase, ella no apareció.

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