30 de agosto de 2023

Carta al Miedo

 (v.1)


Hola, Miedo.

Hace tiempo que tendría que haberte escrito. O haber hablado contigo directamente. Quizá tendría que haberlo hecho hace unos cuantos años. Con quince años, cuando peor estaba. O con veintipocos, cuando estaba en la facultad, intentando encontrarme a mí mismo. Quizá cuando mis padres dejaron el bar, para empezar a vivir mi vida desde ese momento.

Pero no te voy a engañar. Has estado tanto tiempo oculto que no era capaz de distinguir que eras tú quien estaba detrás de todo. Nunca he podido verbalizar, ni poner cara al responsable de todo esto. Puedes decir que no vaya ahora con mierdas, que tú formas parte de mí, por lo tanto, soy yo el responsable de todo. Ajá. Sí y no, Miedo.

Tú formas parte de mí, pero yo soy mucho más que tú. Pero no he podido identificarte correctamente entre tanta duda, incertidumbre, falta de autoestima, como quieras llamarlo, una o infinitas causas; pero mira, ahora que al fin he logrado descubrir que eras tú, es buen momento para ponerme frente a ti y hablar contigo.

Tengo muchas cosas que decirte, y aunque me cueste mucho ordenarlas en mi cabeza, no digo ya verbalizarlas, quiero decírtelas, una a una. Espero no dejarme nada. Si es así, no te preocupes que seguiremos en contacto.

 

Uno: me ha costado mucho entender qué ocurría en mi vida, y eras tú, Miedo. Y me ha costado mucho más entender que todo lo que has hecho en mi vida ha sido por mi bien.

Como eres parte de mí, sabes mejor que nadie que mi vida no ha sido la más fácil del mundo. No me gusta ir de víctima por la vida, pero lo he pasado mal. Mi carácter ha sido el que ha sido, retraído, con dificultad para hacer amigos, y eso me ha pasado siempre factura, desde pequeño, en el colegio. Aunque me reitere, sabes bien que lo pasé mal y ahí estuviste tú, haciendo lo que podías, ayudándome a sobrevivir en el colegio, y también un poco en el instituto. A veces te imagino achicando agua de un barco que se hunde en esos años jodidos.

Cuando escribo esto, pienso en muchas cosas de aquellos años, y alguna de más adelante, y no quiero explayarme en ellas, pero algunas que recuerdo me siguen haciendo pupa en las entrañas. ¿Te acuerdas de Víctor? Han pasado muchos años, pero sigo acordándome de él de vez en cuando. O de Diego, le había olvidado, pero últimamente me viene a veces a la memoria, quizá porque es peor la pérdida de un amigo que la traición de un enemigo.

Me estoy desviando, discúlpame.

Cuando eres niño no tienes muchas veces la capacidad de expresar lo que sientes, ni dispones de herramientas suficientemente robustas para salir adelante, así que fuiste tú el que cogió los mandos cuando la cosa no estaba relacionada con los libros y el estudiar, y empezaste a tejer una coraza en mí, para evitar que me hiciesen daño. Fue un gran trabajo. Me protegiste de la mejor forma que supiste: a) encapsulaste mis sentimientos, y b) me hiciste desconfiado. Y años después, no recuerdo cuando fue, me hiciste ver que no es bueno expresar mis emociones, y el punto “a” se hizo más fuerte si cabe. Me he tirado años sin saber expresar mis emociones, y las pocas veces que lo hacía, era un desastre absoluto.

Pero, como bien me han ayudado a ver estos últimos meses, esas fueron las herramientas que tenía y que utilizaste, y me ayudaron a seguir adelante, a esperar tiempos mejores, que llegaron.

 

Dos: sabes ese gag que a veces hay en los dibujos animados, donde un personaje pequeño intenta pegarle a otro más grande que él, y el más grande le para apoyando la palma de su mano en la cabeza, y el pequeño sigue intentando caminar hacia adelante con cara cabreada pero no puede avanzar y llegar a su destino.

Con los años, he estado peleando contra algo que no sabía qué era exactamente. Era más grande que yo. Algunas veces he podido superarlo, es innegable, cuando invité a quedar a esa chica, o cuando me vine a Madrid a una casa sin contrato, o cuando P me propuso ir juntos a algún concierto, o cada vez que voy a donar sangre y acabo grogui en la camilla, unas cuantas veces. Siempre pienso que han sido pocas, pero he conseguido unas cuantas cosas bastante notables en mi vida muchas de ellas luchando contra eso que no sabía que era, por lo que no vamos a ahondar más en ello.

Pero me vuelvo a desviar, ya me conoces y sabes que me gusta divagar.

En estos últimos meses he descubierto qué era el personaje grande que ponía su mano en mi cabeza y me impedía avanzar. Y eras tú. No te echo la culpa, ya que es posible que ni siquiera tú sabías lo que me estabas haciendo, pero es cierto que esa coraza de la que hablaba antes se hizo demasiado espesa, demasiado gruesa. Y ahora, al fin, he visto que el paso de los años ha provocado que el miedo se vaya acumulando: miedo, miedo, miedo, miedo, miedo, miedo.

Sí, estás ahí, enquistado en mi vida, impidiéndome hacer cosas que deseo hacer para ser feliz, impidiéndome tomar decisiones que deseo tomar para llegar a esa felicidad que deseo. Las defensas que creaste me han detenido. Y me cuesta avanzar.

 

Tres: la coraza de la que te he estado hablando. Como no sabía bien qué me pasaba ni cómo solucionarlo, y como la vida me había superado por completo, decidí buscar ayuda. Tuve suerte y encontré rápido a alguien que vi que me podía ayudar. Y tras muchos meses de hablar con Jorge (así se llama), y de hacer preguntas y yo responderlas, y de escribir y de pintar en hojas de papel y de hacer ejercicios, llevo ya casi un año descifrando esa coraza que creaste para ayudarme.

Y lo que es más importante, me está ayudando a ir quitando poco a poco piezas de esa coraza. Está muy dura, mucho más de lo que imaginaba, y hay aristas que son más difíciles de limar que otras y me está costando mucho acabar con ella.

Aparte, por si no lo sabes, por ahí pulula ese bicho que se parece tanto al Gato Risón de Alicia en el País de las Maravillas (sí, esa peli de Disney), y de vez en cuando se me aparece y me recuerda eso que tanto me duele y que prácticamente nadie sabe y que he conseguido poner frente a mí.

 

Cuatro: en fin, Miedo, no quiero contarte todo lo que ya sabemos los dos, porque lo he pensado mil veces, lo he escrito otras tantas, en libretas y papeles que estarán por algún rincón, muertos de risa. No voy a enumerar todas las veces que la herramienta que hiciste para defenderme me has impedido hacer lo que deseaba.

En su día me ayudaste. Me protegiste de un mundo que no entendía, para el que no estaba preparado, y lo hiciste con pocas herramientas, pero es innegable que pude salir adelante.

También es innegable que nunca me has querido hacer daño, pero (y ya sabes que todo lo que hay antes del pero no cuenta) me lo estás haciendo. Me estás impidiendo tomar decisiones que me hagan feliz, me estás obstaculizando para poder enfrentarme a lo que me duele y no estás ayudando a dominar a ese maldito gato del que te he hablado antes.

No lo haces a propósito, pero eso ya no importa. Me dueles. Y me haces daño. Y tienes que dejar de hacerlo. Y vas a dejar de hacerlo. Voy a romper esa coraza y salir de ahí.

Sé que estarás ahí, porque siempre estarás ahí, recordándome el daño que me hicieron, intentando protegerme. Pero voy a exponerme a lo que me hace daño, a lo que me incomoda, voy a seguir hacia adelante y voy a darme de hostias con lo que haga falta, con la coraza, con ese maldito gato, y con lo que se ponga por delante. Será difícil, pero lo lograré.

En la coraza sé que hay fugas, las estoy consiguiendo poco a poco, en algunas zonas ya veo rayos de luz que me dan calor y me alivian. Una de las más importantes fue cuando acordé hacerme un tatuaje con P, una expresión que significa mucho más de lo que parece a simple vista, y que me hice en el brazo izquierdo, para poder verlo y darme ánimos. Esa frase, bien la conoces, es ahora es cuando. Y poco a poco estoy asimilando esas palabras.

Ahora es cuando, Miedo. Gracias por lo que has hecho por mí, pero vas a pasar a un segundo plano de mi vida en los próximos meses.

Eres poderoso. Pero yo lo voy a ser más.

No lo olvides.

 

DRB.


5 de agosto de 2023

Celia

Era indómita e imparable. Y si solo pudiera escoger un momento de felicidad en mi vida fue ese momento tan concreto, tan específico, en el que la conocí.

Era un dragón encarnado y flamígero, de ojos verdes levemente rasgados sombreados en ocre, melena caoba y ondulada, labios gruesos a juego con sus ojos, siempre con la enigmática media sonrisa que sugería más de lo que mostraba.

La conocí en un concierto al que fui solo, éramos como treinta personas en la sala y ella también estaba sola, bailando sin parar, cantando infinitos himnos, saltando y girando al ritmo de los riffs, levantando sus brazos desnudos y sus manos enguatadas, levantando levemente el vuelo de su vestido negro, sus medias negras y las doc martens que parecían no pesarle lo más mínimo. 

En un momento hubo un conato de pogo y sin pensarlo, comenzamos a chocar entre nosotros y ella me agarró del hombro y comenzamos a berrear, agarrados, el himno con el que terminó el primero de los grupos de aquella inolvidable noche. Ella me soltó, yo la miré de cerca, exhausta y sudada por el calor de la sala, con esa mirada decidida que comenzó a clavarse en mí, y mis labios dijeron dos palabras que me cambiaron la vida.

"Una cerveza?"

La primera la pagué yo, la segunda ella. En su brazo derecho tenía una mariposa y una o dos frases que ya no recuerdo, en el izquierdo la protegía el cuerpo de un dragón japonés cuya cabeza, siempre atenta, dormía sobre su hombro. Por aquella época yo todavía no tenía tatuajes, pero sabía con quién me iba a hacer el primero.

Dijo que se llamaba Celia, que tenía veintitantos y que amaba ir sola a conciertos rockeros y jevis ella sola, con su vestido de gala, y dejarse llevar por la música con una o dos cervezas para olvidarse de una mierda de mundo y de vida que nunca quiso contarme. Sentí como un triunfo cada sonrisa que conseguí sonsacarla con mis chistes malos y mi escaso ingenio.

Durante todo el segundo concierto estuvimos juntos, saltando, gritando, bailando, montando y metiéndonos en todos los pogos habidos y por haber.

Cuando acabó el concierto pedimos la segunda cerveza, y estuvimos hablando durante lo que me pareció horas, de música, de libros y de muchas más cosas, pero sobre todo de música. Al terminar la segunda cerveza nos teníamos que ir, y fuimos juntos hasta el metro de Santiago Bernabeu. La noche era fresca, y el cielo amenazaba lluvia, y Ella me agarró del brazo durante casi todo el camino hasta el metro.

Al pasar los tornos cada uno tomó su camino. Y entonces, me besó. No me lo esperaba, y no fue un gran beso, poco mas que un pico que no duró más que un instante. Adiós, ya nos veremos. Y tomó su camino, pisando con fuerza sus doc martens sobre el azulejo.

Bajé las escaleras, y al llegar al andén había bastantes personas en el sentido contrario, pero ella no estaba. Esperé al siguiente tren, y ella no apareció. Me monté en el tren, y desde entonces no he sido capaz de dejar de pensar en ella.

No nos dimos los teléfonos. No la he vuelto a ver. No se lo he contado a nadie hasta ahora. Porque no hay forma de demostrar que conocí a una mujer que dijo llamarse Celia esa noche en una sala de conciertos de Madrid. Y porque, según pasan los días, yo mismo soy Incapaz de saber si lo que pasó aquella noche sucedió de verdad o solo fue fruto de mi imaginación.

3 de agosto de 2023

la chica del semáforo

De repente, una brisa fresca que agita su melena, entre caoba y rojizo, mientras espera el permiso del semáforo para seguir su camino. Mirada al frente de ojos claros, vestido blanco con dibujos azules que el viento pega a sus piernas, zapas blancas tintadas de azul adidas.

Y una sonrisa cerrada, enigmática, sarcástica. 

El semáforo cambia de color y comienza a caminar a toda prisa, y cuando desaparece rumbo Gran Vía te concede una mirada de reojo antes de proseguir su camino.

La última vez que la verás en tu vida. Aunque tardarás en olvidarla.

2 de julio de 2023

seis meses

No hay peor resaca que aquella que viene de las entrañas. Que te pregunta y no cesa de golpearte las pocas neuronas hábiles que te quedan un domingo por la tarde.

En la calle huele a meados. Y a vino rancio.

En la que tantas preguntas concretas se convierten en cuestiones abstractas y te retrotraen y te llenan de "y si". 

21 de febrero de 2023

Recapitulación (1)

Llevo mas de cinco meses sin pasar por aquí. 

El día que desperté de mi ensoñación me rompí por completo y descubrí que todas las cosas que llevaba tiempo, demasiado tiempo ocultando, a los demás pero sobre todo a mi mismo, no podían taparse durante mucho más tiempo. Y tomé una decisión, dura, muy dura, por mi propio orgullo masculino, tan imbricado en mí como tóxico. Decidí pedir ayuda, y después de un viaje a Sevilla que recuerdo con gran cantidad de claroscuros,  el lunes dos de octubre llamé y encontré ayuda.

Han pasado dieciocho sesiones, y estoy tan cerca de finalizar como el primer día. Pero las cosas han cambiado. O por lo menos están empezando a cambiar.  Sé donde quiero llegar, y estoy empezando a tener herramientas. Y sobre todo, estoy empezando a tomar decisiones. 

1. P.
Ya no estoy tan obsesionado con ella. Desperté, y temí perder lo que ya tenía al descubrir su relación (que tardo dos meses en decirme pero ya ha normalizado). Pero no se ha perdido nada, 2023 está lleno de planes y viajes, y con el paso del tiempo, esta relación se afianza más, y nuestros sentimientos poco a poco caen sobre la mesa como las cartas. Y en muchos aspectos,  nuestros sentimientos mutuos han sido, o son, muy similares. No en todos.

Soy una persona que nunca ha sabido exteriorizar bien sus sentimientos,  y las pocas veces que lo hacía, o era tarde y mal, de forma irracional y victimista; o bien no encontraba empatía suficiente de mis interlocutores, por lo quedecidí que lo mejor era callarse. Todo ha cambiado con P. Ella me ha hecho descubrir otro mundo, otra vida, que hay algo mas de lo que estoy acostumbrado, de lo que era mi vida hasta aquél día de marzo. Había perdido la esperanza, y gracias a P he recuperado las ganas de seguir y de encontrar la mejor versión de mí mismo. Me está ayudando a superar mis miedos. Sabe casi toda mi historia.  

P me ha salvado la vida.

Ya hablaré en detalle de más cosas relacionadas con ella. Ahora que al fin las tengo más o menos claras.

2. Decisiones (Dei-cisiones)

Ir al psicólogo. Esa es la gran decisión. Dura,  pero necesaria. Y más difícil según pasan las sesiones. Pero me está dando herramientas.  Estoy aprendiendo a ordenar mis sentimientos. A entenderlos. A aceptarlos. La ansiedad está poco a poco desapareciendo, estoy mucho más tranquilo y estoy volviendo a concentrarme y a tener fuerzas para hacer ciertas cosas. No es poco. 

Es lento, pero funciona. Tengo que creerme quién soy, y que tengo derecho a ser feliz y a que me pasen todas las cosas buenas que le pasa a los demás.

Operarme la vista. Tenía mucho miedo, pero lo hice. Y no me arrepiento. 

Tatuaje. "Ahora es cuando". En abril, por supuesto, con P.

(Continuará...)