26 de febrero de 2016

El humor a los veintitrés años



 Según Google Docs, lo escribí en agosto de dos mil nueve. No puedo recordar el motivo de escribir esto, pero desde luego que ese día estaba inspirado.


amor… ¿Qué es el amor?

No tengo mucha idea de esas cosas, pero creo que el amor existe. Y si no existe, la campaña de marketing que se realizó en su momento por no sé que ente desconocido pero omnipotente les salió jodidamente bien.

Pero no podemos desconcentrarnos y olvidar el tema principal, no podemos olvidar en qué consiste lo principal del asunto que nos trata a continuación y que nos enerva, nos hace perder el juicio y nos pone un pelín nerviosos, como si hubiéramos tomado una litrona de café y después hubiéramos oído el último disco de Guns and Roses, vamos, que estamos un poco con ganas de matar al primero que se nos ponga por delante.

Según parece la situación es crítica, o por lo menos algo complicada, pero lo peor ya ha pasado. Por lo tanto, es cuestión de pensar en el futuro y no en el pasado, que aunque no podamos negarlo, siempre será mejor dejarlo archivado que tenerlo siempre a la vista.

Pero no olvidemos al señor Lobo, vamos, no comencemos a comernos las pollas todavía, que todavía queda mucho por hacer y aún no hemos comenzado tan siquiera a limpiar las manchas de sangre del coche del jefe.

Por lo tanto, vayamos por partes, que el tiempo pasa volando, podríamos, por ejemplo, comenzar cenando, o tomando unos cacharros, como se dice habitualmente en Burgos, sí, un cacharro es todo eso que se puede beber, seguramente excluyamos algunas cosas que no podría escribir por saltar todos los códigos de la convivencia pacífica humana, pero pongamos como base un pacharán con hielo, que (casi) siempre sabe bien, después de un cacharro viene otro, luego otro, la liamos cuando comienzan las cervezas, luego los cubatas, y acabamos a las siete de las mañana en un kebap comiendo dios-sabe-qué con las bragas de alguien en la cabeza y un número de teléfono que no nos atrevemos ni a mirar escrito a pintalabios rojo pasión en el brazo izquierdo, mientras hemos perdido un zapato, nos han manchado la cazadora y no tenemos bufanda, y en la calle, donde hay cinco grados bajo cero y de la helada que hay hasta la estatua de El Cid parece mucho más joven, los concursos de patinaje bajo hielo y sobre alcohol han alcanzado la categoría de olímpica.

Visto así, no termino de comprender por qué Noche de Fiesta fracasó.

Podríamos hablar de cine, o de libros, pero la verdad es que no me apetece. Casi que prefiero, si te parece bien, invitarte a cenar. Bueno, si te apetece, claro. Date cuenta que soy buena gente.

Espera un momento, que miro mi agenda, bueno… joder, pues parece que estoy un poco liado, pero podemos hacer un hueco el día catorce del corriente (uséase, agosto, el mes donde el sol pega y las playas se llenan de niños chillones y abuelas en top-less, yo he sido siempre más de vacaciones en invierno por algo, supongo que me entenderás), sí, confirmado, el catorce de agosto por la noche. Ya te diré lugar y hora exacta.
Seguiremos en contacto.

22 de febrero de 2016

Tu mirá


Cuando la vio quitarse aquellas horribles gafas de moda pudo advertir al fin sus ojos. Unos ojos pequeños, de color marrón claro, ojerosos y vivos, que miraban con curiosidad y seguían fijamente cualquier cosa que le pudiera llamar la atención.

Tenía el pelo oscuro, con unas discretas pero atractivas mechas claras, que apartaba con gesto concentrado cuando se mordía el labio inferior, intentando descifrar lo que parecía un gran misterio. Él, habitualmente concentrado entre sus ecuaciones y sus apuntes, levantaba la vista y quedaba abstraído por sus gestos, por su profunda mirada que le desarmaba totalmente sin saber cómo era posible.

Cuando ella, después de un rato mirando su misterio, escondía sus dientes y miraba al frente, con sus dudas y sus secretos al fin resueltos, se ponía las gafas e invariablemente le encontraba, mirándola en silencio; entonces, con gesto avergonzado, ocultaba su mirada hacia sus apuntes. Y ella sonreía, como cada vez que le pillaba. Y volvía a sus secretos, sabiendo que, tarde o temprano, él olvidaría sus ecuaciones y sus apuntes y volvería a mirarla.

(Mis archivos, fecha desconocida)



19 de febrero de 2016

El sabor de aquella vieja barra

Es imposible olvidar aquella sensación, casi un año después. Unas manos que se juntan y una decisión que no tiene vuelta atrás. Un salto al vacío que no sabíamos donde nos iba a llevar pero que dimos, con esperanza de llegar a un punto mejor.

No olvido aquél suelo granate y agrietado ni una vieja barra de madera, ni el grifo con el águila que se convirtió en una estrella. El olor de las cámaras y la sensación al raspar los nudillos contra los congeladores de las cámaras o los botellines de cerveza. El tacto de los corchos y las grietas en las manos los domingos por la tarde.

Pasar tus heladas manos después de un frío día burgalés por la cafetera y oler el grano recién molido de ese fabuloso café que arrancabas sesenta veces al día y que coronabas con una profesional pero humilde gota de espuma que nadie rechazaba.

El olor del último día, el olor de dieciocho años, la olla siempre funcionando y la gente entrando y saliendo, la tragaperras sonando sin cesar y alguien cantando un gol de cristiano y otra liga de messi, el ruido de un vaso roto y notar el cristal acariciando tu piel, la tinta de un periódico a primera hora y el olor a lejía antes de cerrar la puerta, un día más.

Los recuerdos son caprichosos, y casi siempre te vienen con el insomnio.

17 de febrero de 2016

Miércoles de pasión

- Una ele más en la familia

- Una intervención necesaria que ha costado lo suyo.

Y la carta. La puta carta al fin.

Todavía es miércoles. Estos tres días han pasado más cosas que en meses enteros. Ojalá todas las semanas sean así, intensas y llenas de noticias importantes.

14 de febrero de 2016

Ama, Ama, Ama

Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
que a veces retumbaran las montañas
y escucharais las mentes social adormecidas
las palabras de amor de mi garganta.
Vivís en una noche sin estrellas,
andáis un mismo camino cuan orugas,
y os vais dejando pudrir en las entrañas
los caminos de libertad de vuestra alma.
Hay que dejar el camino social alquitranado
porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas.
Hay que volar libre al sol y al viento
repartiendo el amor que tengas dentro.
De pequeño me impusieron las costumbres,
me educaron para hombre adinerado,
pero ahora prefiero ser un indio
que un importante abogado.
Abrid las mentes y los brazos y repartíos,
que sólo os enseñaron el odio y la avaricia
y, yo quiero que todos como hermanos,
compartamos amores, lágrimas y sonrisas.
(Manolo Chinato)

12 de febrero de 2016

Again and again

Me voy a callar, que al final voy a parecerme a Calimero.

11 de febrero de 2016

Volando solo





Ya me levanto que ya no puede ser peor / ya ni te miro que no sea que me dé un dolor / oigo unas voces será que alguien me llama / voy a buscarte y me caigo de la cama.

Nunca me encuentro cuando no quiero ser yo / ya voy volando y sé que no soy un halcón / si su mirada me engancha de los pelos / sé que no aguanto y me estrello contra el suelo.

8 de febrero de 2016

titiritero



Este país necesita bufones que le digan a los poderosos qué son realmente y que estos no retuerzan leyes hasta la extenuación para aplicárselas por decir cosas que no se deben decir pero que muchas veces es necesario gritarlas.

Y mas todavía después de cuatro años de extrema derecha.


3 de febrero de 2016

RX


En mi trabajo nos evalúan anualmente, de forma subjetiva, claro está. En la empresa en la que trabajo no pertenezco a una unidad de negocio ni de soporte, sino a una unidad de control, lo que llaman línea de defensa. Por lo tanto, no somos un área de ingresos sino de gastos (y nuestras actuaciones suelen provocar que las unidades a las que controlamos se gasten mucho dinero). Con un símil, se podría decir que somos los leprosos de nuestra empresa, y ni eso, porque a los leprosos al menos les quería Jesús (aunque bueno, más que quererles les curaba, pero no es momento de debates teológicos).

Nuestra evaluación subjetiva consiste en valorar nuestras habilidades y capacidades del 1 al 5, respectivamente la peor y la mejor del rango. Como cualquier gran empresa, vive y muere por normalizar estas cosas, por lo que todo se normaliza dentro de las santas putas campanas de gauss. Por lo tanto, descartamos las puntas, y el 1 (peor opción) y el 5 (mejor opción) se desechan. Quedan tres posibles opciones, de las cuales entendemos que la mayoría tendrá un 3 ("aprobado" o "cumple totalmente"), y habrá un número similar de doses (suspensos) y de cuatros (destacados). 

La primera derivada está clara, ahora viene la segunda: por motivos internos, se ha decidido hacer coja la campana, por lo que el 2 se minimiza, intentando que el mayor número posible de empleados, por no decir todos, esté en el 3, y algunos en el 4. 

Pues bien, tengo un 5. Como ha dicho mi jefe: "en todos los años que llevo trabajando aquí es la primera vez que veo esta calificación". Llego a las siguientes conclusiones:
  • He tenido un año bastante duro, aunque haya habido buenos momentos (una alegría en septiembre, la cual no por esperada fue menos agradable). Pero esta calificación significa que hago las cosas bien, y no solo bien, que trabajo duro e intento que las cosas salgan como deben salir. 
  • Es la calificación más alta de los 135 empleados que componemos el área a la que pertenezco, y he sido el único que la ha obtenido. Y posiblemente sea el único que la haya obtenido en los últimos años.
  • Se podría pensar que esto supone más presión para mí, pero la verdad es que no. Únicamente hago mi trabajo lo mejor que puedo, sin rendirme e intentando aportar en todo lo que esté en mi mano (y a veces incluso en lo que no está en mi mano).
  • Hay que ser discreto. Tener un 3 es lo normal, tener un 4 es razonable. Tener un 5, por lo excepcional y extraordinario que es (es que es JODIDAMENTE EXTRAORDINARIO, HOSTIA PUTA), no es tan razonable. Esto me va a generar problemas, estoy convencido. Y quizá algún enemigo que esperará agazapado a que cometa algún error para atacar sin piedad. Tendré que ser impecable.
Estas cosas, aun con mil reservas, me ayudan a recuperar un poco la esperanza en que los méritos a veces valen más que los apellidos.

Prometo seguir luchando para que el año que viene pueda tener al menos otro 4 (sobre todo porque esperar dos 5 consecutivos entra más en las categorías de la ciencia ficción).