Quizá sea el momento de dejar de soñar.
Alguien me escribió una vez que soy un soñador empedernido.... Qué suerte cuando hay gente que lo hace fácil
20 de septiembre de 2022
14 de septiembre de 2022
Política de Cookies (aka Ensoñaciones)
7 de septiembre de 2022
el abrazo
30 de agosto de 2022
El Moreno
Recuerda al Moreno, todos fueron juntos al colegio, y la vida llevó a cada uno por su camino. Y los recuerdos asociados a ese apellido son claros, y no precisamente agradables. El cabecilla de la clase ce del colegio, el líder natural de muchos que dirigía con puño de hierro a toda aquella recua de cobardes, alguno de ellos tomando ahora mismo cervezas, decidiendo quién estaba dentro y quién fuera, creando normas invisibles que se perpetuaron y, aunque eso lo supo más adelante, acosando a las chicas cuando iban a casa después del instituto hasta que los profesores se quedaron sin excusas para mirar hacia otro lado y terminaron expulsándole.
17 de agosto de 2022
Abandonado
Hoy hace diez años que te fuiste, y he vuelto, como cada año, a verte.
4 de agosto de 2022
cansado
11 de julio de 2022
un día triste
25 de junio de 2022
Cofiño, 25 de junio
Capa y Tridente
Una de las Aprendices, la más novata, corría sin control, rumbo a su
Maestra, que terminaba de colocarse la máscara que ocultaba su humanidad a
favor del rango como Amazona.
Ahora, en mitad de una Guerra, es cuando al fin entendía la gravedad de su cargo: ella solo quería aprender de los dragones, cuidarles, que fuesen sus aliados; pero sin quererlo, no solo se convirtió en la Maestra más joven que nadie recordaba, el puesto provocó que comenzase a compartir mesa, y dignidad, con el resto de Maestras, donde su voz era respetada por la Junta. Allí discutía el Gobierno y la Guerra, y sus recientes alianzas y la idoneidad de las mismas, junto a la Gobernadora Civil, la Maestra de Farmacia, la Suma Sacerdotisa, la Maestra de Armas y la Custodia de la Hacienda. Y con menos de treinta años, regía el destino de su clan junto a otras cinco Amazonas que al menos le duplicaban la edad.
La Aprendiz llegó a su vera, sin resuello, sujetándose la máscara negra para evitar que se cayese. Comenzó a hablar atropelladamente, todavía sin recuperar el aliento.
-
Maestra, uno de los dragones… está herido
y no podemos controlar su ira… ha herido a dos aprendices.
-
Qué clase de herida tiene, dime.
-
Un lanceo en la barriga, no nos deja
acercarnos. No para de echar fuego y está intentando escapar volando.
-
Es la más joven de las dos, imagino.
Un asentimiento mudo de la joven, al que siguió otro de la Maestra, éste
con gesto grave. Esas heridas podrían ser peligrosas, pensó, no solo para la
bestia, que podría tardar años en recuperarse y perder la escasa fertilidad de
la que era dueña; sobre todo para ellas mismas, un animal descontrolado podría
acabar con cientos de personas en cuestión de minutos, ya que una bestia herida
no distinguía entre amigos y enemigos. Se subió al caballo y tendió la mano a
la Aprendiz.
-
Sube, tenemos que llegar lo antes posible
y todas las manos disponibles son pocas.
La chiquilla asintió, algo cohibida. Se acomodó delante de la Maestra, que
espoleó al caballo y comenzó a galopar.
A los pocos minutos llegaron a su destino. Una de las dragones dormía
plácidamente, pero la otra rugía y lanzaba fuego a todas direcciones, tirando
de la gruesa cadena que le ataba al suelo con violencia, manteniendo a varios
metros de distancia a una docena de Aprendices y a las dos Tenientes que no
sabían cómo reducirla y menos aún tranquilizarla. Algo más lejos, observaban la
escena, intranquilos y con las armas a mano, tanto soldados como guerreras
amazonas.
La Maestra bajó a la niña, y luego bajó ella. Le dio las riendas del
caballo y se acercó a una de las Tenientes, que enarbolaba un tridente de
colores plateados a varios metros del animal; su cuerpo tembloroso, y su
máscara, nacarada, con signos de quemaduras recientes, le dan una bienvenida
nada protocolaria, ya que apenas es capaz de separar sus ojos de los rugidos
del animal, que no dejaba de tirar, haciendo temblar el poste donde se sostenía
la cadena que evitaba quedar libre.
-
Cómo están las Aprendices heridas,
Teniente.
-
Maestra, gracias al cielo que está aquí.
Las dos Aprendices están en reposo, tienen quemaduras leves y algún corte,
aparentemente nada grave, les han aplicado ya remedios y con reposo estarán en
unos días bien.
La Maestra asintió, y sin mediar palabra, cogió el tridente de la Teniente,
le hizo un gesto con una mano y sacó un guante de piel de dragón de su morral,
que se puso en la mano izquierda. Ocultó parte de su cuerpo tras la capa con el
brazo derecho y se acercó, cautelosa, hacia la bestia, apuntando hacia ella con
el tridente fuertemente asido en su mano izquierda.
Caminaba con pasos cuidadosos pero firmes, haciendo una especie de círculo
rodeando al dragón y evitando contacto visual con el mismo. El animal comenzó a
golpear el suelo con la cola, levantando un pesado polvo marrón que entorpecía
la visión. Ella se protegió con su capa y siguió caminando, virando el rumbo
ligeramente y entrando en la nube de polvo, intentando encontrar cierta ventaja
en la niebla.
Tras unos instantes en únicamente podía verse la oscuridad provocada por el
polvo de niebla, se escuchó un golpe y un nuevo rugido del dragón. Nadie podía
ver qué estaba pasando exactamente, pero en ese momento el dragón había caído
al suelo de lado, fruto de un golpe seco en una de sus patas traseras, y al
intentar recuperar el equilibrio, la Maestra había atrapado su pata delantera
con el suelo utilizando el tridente, impidiendo así que pudiese recuperar el
equilibrio.
Sabía que tenía poco tiempo, dejó de protegerse con la capa, rodeó al
animal y llegó a su barriga, donde una punta metálica sobresalía, generando una
pequeña herida que no dejaba de manar sangre. Sin pensarlo, apoyó su mano
izquierda sobre el lomo del dragón, y con la derecha agarró la lanza y la quitó
de un tirón, provocando un temblor del animal y un nuevo rugido de dolor. Tiró
a lo lejos la lanza, y metió la mano en el morral, de donde sacó un frasco
negruzco que abrió con los dientes y vació sobre una herida que no dejaba de
sangrar. Acto seguido, comenzó a correr, apartándose del animal todo lo que
pudo hasta que se libró del tridente, recibiendo los vestigios de un coletazo
en su pierna derecha, que le hizo trastabillar, pero logrando apartarse sin
caer.
El polvo comenzó a levantarse, ya que la bestia comenzó a moverse más
lentamente, dejando de golpear el suelo y de intentar volar. Las llamas también
cesaron al poco, y rápidamente las Aprendices pudieron acercarse
cautelosamente.
La Maestra descubrió a sus pies el pico de lanza que acababa de sacar de la
barriga, lo cogió y, caminando con una leve cojera, salió de la zona de control
que las Tenientes habían establecido a sus órdenes y se acercó a una Teniente
que esperaba en la reserva, a la que dio el pedazo de metal.
-
Maestra, ¿se encuentra bien?
-
Un poco golpeada, Teniente, pero creo que
sobreviviré. Tome, aquí tiene el arma que hirió al dragón.
-
¿Qué le ha hecho?
La Maestra asintió con la cabeza.
-
Aprovechar su ira en mi propio beneficio.
Con la polvareda no veía nada, así que le tiré al suelo y le inmovilicé con el
tridente. Le quité el pincho que le provocaba tanto dolor y le eché
sanguijuelas negras, para que se comieran la infección, y de paso meter en su
torrente sanguíneo la saliva antiséptica necesaria para adormecerla. Por favor,
acercad mi caballo, necesito descansar.
Una Aprendiz trajo el caballo. Ella se montó ágilmente y comenzó a trotar,
rumbo a los pabellones de los oficiales.
23 de junio de 2022
Uoho
18 de junio de 2022
Confesiones (2)
11 de junio de 2022
La Maestra de Dragones
(Editado el 18/06/22 corrigiendo algunos errores de redacción)
La
Maestra de Dragones observa la partida de su compañero. Se ajusta la máscara
con suavidad, al ritmo de los pasos del Hombre Sabio sobre la tierra seca. Al
quedarse sola se baja de su corcel, agarrando las riendas y caminando, cerca de
la Puerta del Alma, de vuelta al campamento base. El silencio es dueño de la noche,
y únicamente las pisadas y el suave relinchar de la bestia rompen levemente con
la quietud nocturna.
Tras
varios minutos se detiene, todavía lejos del campamento. Deja caer las riendas y
se lleva las manos a la cara. A continuación, la máscara blanca y dorada, propia de
su rango, cae también al suelo, aterrizando con un ruido seco. Sabe perfectamente
que las Maestras, como una de las obligaciones fruto de su estatus, tienen la prohibición de quitarse su máscara en público, pero a ella, tras tantos años,
tantas batallas, tantas muertes de amigos y aliados, ya le da igual, no es lícito recibir castigo una vez alcanzado el rango de Maestra. Nota cómo
una brisa fresca le golpea en la cara y le hace cerrar los ojos. Se pasa las
manos por la cara, mira a su animal, que rebusca por el suelo pedregoso alguna
brizna de hierba que llevarse al hocico.
La
recoge del suelo, jugueteando con ella. Es de un material que solo conocen las
Amazonas, fino y flexible, resistente no solo a flechas y espadas, también a
las llamas verdosas y azuladas de los dragones. La suya, además, es recorrida
por dos franjas doradas, lideresa de aquellas que dedican, y se juegan la vida,
intentando comprender y aliar a aquellas fieras prácticamente inmortales.
Recuerda
cuando le otorgaron el honor de ser Aprendiz de Dragones, tantos años pasados
desde que le impusieron su primera máscara, de color negro azabache sin ningún
adorno. Era un puesto duro y peligroso, quizá el más peligroso dentro de todos
los aprendices, tanto es así que muchas morían, y era el único donde permitían
renunciar a aquellas que no fuesen capaces de soportar el miedo de tener que
alimentar o curar las heridas de alguno de los dragones.
Pero
ella nunca tuvo miedo. El primer día que le pusieron frente a un dragón, una
anciana que se creía de más de cuatro siglos de vida, que apenas era capaz de ponerse
en pie; no obstante, su Maestra le advirtió que una bestia anciana era más
peligrosa que cualquier animal joven, y que sus latigazos y el fuego que podía
desprender en caso de sentirse en peligro sería imprevisto y salvaje, mucho más
que el de cualquier bestia más joven y ágil que pudiera defenderse, volar, o
huir.
Ella
se acercó al dragón, lentamente, de forma cautelosa, sabiéndose observada por
los enormes ojos rojos. La emoción de aquella noche recorre su sistema nervioso
una vez más, sobre todo al rememorar cómo, desde un primer momento, el animal
la aceptó a su lado y no la intentó agredir cuando le acercaba la comida. Su
Maestra, que le enseñó todo lo que sabía de estas bestias, nunca entendió cómo
podía acercarse a ellos sin recibir daño o cómo podía tocarles el hocico desde el primer día.
Recuerda
todas aquellas noches que se quitaba la máscara y miraba frente a frente al
animal, que le devolvía la mirada con curiosidad; cómo se quedaba dormida ante
la hoguera y por la mañana la encontraban, sin la máscara, y la castigaban una
y otra vez. Recuerda cuando falleció la anciana dragona y cómo no pudo dejar de
llorar durante semanas.
Escucha
unos pasos y se rompen sus ensoñaciones. Se seca las lágrimas derramadas en
homenaje a aquella anciana dragona que fue su compañera durante sus primeros
años de aprendizaje, y se coloca la máscara.
6 de junio de 2022
Confesiones (1)
29 de mayo de 2022
Granada (y 2)
28 de mayo de 2022
Granada (1)
20 de mayo de 2022
pequeñas muertes
15 de mayo de 2022
Gol en las Gaunas
9 de mayo de 2022
27 de abril de 2022
Libro de los Dragones
17 de abril de 2022
Fago
Fago - elemento prefijal o sufijal de origen griego que significa "que come", "que se alimenta de", "que devora o destruye".
Hay cosas que acaban conmigo lentamente. Una de ellas es la sensación de no poder hacer nada por mi hermano. No tiene nada grave, realmente. Pero no está bien del todo. Y veo cómo me pierdo en mis pequeñas batallas internas que no van a ninguna parte, y me cuesta cada vez más asumir cómo ha perdido dos años de su vida y no es capaz de estar todavía tan bien como para poder volver a estudiar, a trabajar, a estar de pie y aguantar lo que se le ponga por delante, como terminamos haciendo todos, nos cueste lo que nos cueste.
Intento no pensar en ello. Y la mayor parte de las veces está bien. Pero de repente le da un pinchazo en la rodilla, o en el tobillo, o en la pierna. Y se tiene que meter en la cama y tarda un montón de horas en volver a ser persona.
Intento que mi mente salga de aquí, pero tras tanto tiempo así, la nueva normalidad no resulta del todo asumible mientras no vea a mi hermano volver a ser él todo el tiempo, y no solo cuando está bien, que sigue sin ser siempre porque no se ve preparado para estudiar, o para volver a buscar un trabajo, porque físicamente sigue estando mal.
Y me devora por dentro. Aunque intente no pensarlo y oculte mi cabeza en cuentos de fantasía de quinientas palabras que no van a ninguna parte. Y porque nadie, absolutamente nadie, le ha dado más soluciones que... "paciencia". Me cago en mi puta vida.
La última vez que tuvo un bajón fuerte fue en año nuevo. Y al igual que hoy, me siento morir un poco, siento que costará volver a ver la luz de verdad. Por qué las cosas son tan difíciles a veces.