25 de junio de 2022

Cofiño, 25 de junio

Un vestido blanco que ilumina y da luz a las nubes de un día entre las montañas. Un discurso que habla de amor, de amistad, de compromiso, de lo que de verdad importa. Abrazar a los que están y recordar a los que nos miran desde el cielo. Aplausos y lágrimas. Palabras que siempre quedarán entre los posos de tu cuerpo y a las que acudirás en los buenos, y también en los malos momentos.

Sonreír con tu familia, con tus amigos, con los que son los tuyos, tu clan, la sangre con la que has nacido, y también con la que has escogido. Disfrutar del día mas importante con todos ellos, con todas ellas, con quien has compartido tu vida, y con la que sabes que seguirás compartiéndola.

Toda la felicidad del mundo. ❤️

Capa y Tridente

Una de las Aprendices, la más novata, corría sin control, rumbo a su Maestra, que terminaba de colocarse la máscara que ocultaba su humanidad a favor del rango como Amazona. 

Ahora, en mitad de una Guerra, es cuando al fin entendía la gravedad de su cargo: ella solo quería aprender de los dragones, cuidarles, que fuesen sus aliados; pero sin quererlo, no solo se convirtió en la Maestra más joven que nadie recordaba, el puesto provocó que comenzase a compartir mesa, y dignidad, con el resto de Maestras, donde su voz era respetada por la Junta. Allí discutía el Gobierno y la Guerra, y sus recientes alianzas y la idoneidad de las mismas, junto a la Gobernadora Civil, la Maestra de Farmacia, la Suma Sacerdotisa, la Maestra de Armas y la Custodia de la Hacienda. Y con menos de treinta años, regía el destino de su clan junto a otras cinco Amazonas que al menos le duplicaban la edad.

La Aprendiz llegó a su vera, sin resuello, sujetándose la máscara negra para evitar que se cayese. Comenzó a hablar atropelladamente, todavía sin recuperar el aliento. 

 

-        Maestra, uno de los dragones… está herido y no podemos controlar su ira… ha herido a dos aprendices.

-        Qué clase de herida tiene, dime.

-        Un lanceo en la barriga, no nos deja acercarnos. No para de echar fuego y está intentando escapar volando.

-        Es la más joven de las dos, imagino.

 

Un asentimiento mudo de la joven, al que siguió otro de la Maestra, éste con gesto grave. Esas heridas podrían ser peligrosas, pensó, no solo para la bestia, que podría tardar años en recuperarse y perder la escasa fertilidad de la que era dueña; sobre todo para ellas mismas, un animal descontrolado podría acabar con cientos de personas en cuestión de minutos, ya que una bestia herida no distinguía entre amigos y enemigos. Se subió al caballo y tendió la mano a la Aprendiz.

 

-        Sube, tenemos que llegar lo antes posible y todas las manos disponibles son pocas.

 

La chiquilla asintió, algo cohibida. Se acomodó delante de la Maestra, que espoleó al caballo y comenzó a galopar.

 

A los pocos minutos llegaron a su destino. Una de las dragones dormía plácidamente, pero la otra rugía y lanzaba fuego a todas direcciones, tirando de la gruesa cadena que le ataba al suelo con violencia, manteniendo a varios metros de distancia a una docena de Aprendices y a las dos Tenientes que no sabían cómo reducirla y menos aún tranquilizarla. Algo más lejos, observaban la escena, intranquilos y con las armas a mano, tanto soldados como guerreras amazonas.

 

La Maestra bajó a la niña, y luego bajó ella. Le dio las riendas del caballo y se acercó a una de las Tenientes, que enarbolaba un tridente de colores plateados a varios metros del animal; su cuerpo tembloroso, y su máscara, nacarada, con signos de quemaduras recientes, le dan una bienvenida nada protocolaria, ya que apenas es capaz de separar sus ojos de los rugidos del animal, que no dejaba de tirar, haciendo temblar el poste donde se sostenía la cadena que evitaba quedar libre.

 

-        Cómo están las Aprendices heridas, Teniente. 

-        Maestra, gracias al cielo que está aquí. Las dos Aprendices están en reposo, tienen quemaduras leves y algún corte, aparentemente nada grave, les han aplicado ya remedios y con reposo estarán en unos días bien.

 

La Maestra asintió, y sin mediar palabra, cogió el tridente de la Teniente, le hizo un gesto con una mano y sacó un guante de piel de dragón de su morral, que se puso en la mano izquierda. Ocultó parte de su cuerpo tras la capa con el brazo derecho y se acercó, cautelosa, hacia la bestia, apuntando hacia ella con el tridente fuertemente asido en su mano izquierda. 

 

Caminaba con pasos cuidadosos pero firmes, haciendo una especie de círculo rodeando al dragón y evitando contacto visual con el mismo. El animal comenzó a golpear el suelo con la cola, levantando un pesado polvo marrón que entorpecía la visión. Ella se protegió con su capa y siguió caminando, virando el rumbo ligeramente y entrando en la nube de polvo, intentando encontrar cierta ventaja en la niebla. 

 

Tras unos instantes en únicamente podía verse la oscuridad provocada por el polvo de niebla, se escuchó un golpe y un nuevo rugido del dragón. Nadie podía ver qué estaba pasando exactamente, pero en ese momento el dragón había caído al suelo de lado, fruto de un golpe seco en una de sus patas traseras, y al intentar recuperar el equilibrio, la Maestra había atrapado su pata delantera con el suelo utilizando el tridente, impidiendo así que pudiese recuperar el equilibrio. 

 

Sabía que tenía poco tiempo, dejó de protegerse con la capa, rodeó al animal y llegó a su barriga, donde una punta metálica sobresalía, generando una pequeña herida que no dejaba de manar sangre. Sin pensarlo, apoyó su mano izquierda sobre el lomo del dragón, y con la derecha agarró la lanza y la quitó de un tirón, provocando un temblor del animal y un nuevo rugido de dolor. Tiró a lo lejos la lanza, y metió la mano en el morral, de donde sacó un frasco negruzco que abrió con los dientes y vació sobre una herida que no dejaba de sangrar. Acto seguido, comenzó a correr, apartándose del animal todo lo que pudo hasta que se libró del tridente, recibiendo los vestigios de un coletazo en su pierna derecha, que le hizo trastabillar, pero logrando apartarse sin caer.  

 

El polvo comenzó a levantarse, ya que la bestia comenzó a moverse más lentamente, dejando de golpear el suelo y de intentar volar. Las llamas también cesaron al poco, y rápidamente las Aprendices pudieron acercarse cautelosamente.

 

La Maestra descubrió a sus pies el pico de lanza que acababa de sacar de la barriga, lo cogió y, caminando con una leve cojera, salió de la zona de control que las Tenientes habían establecido a sus órdenes y se acercó a una Teniente que esperaba en la reserva, a la que dio el pedazo de metal.

 

-        Maestra, ¿se encuentra bien?

-        Un poco golpeada, Teniente, pero creo que sobreviviré. Tome, aquí tiene el arma que hirió al dragón. 

-        ¿Qué le ha hecho?

 

La Maestra asintió con la cabeza.

 

-        Aprovechar su ira en mi propio beneficio. Con la polvareda no veía nada, así que le tiré al suelo y le inmovilicé con el tridente. Le quité el pincho que le provocaba tanto dolor y le eché sanguijuelas negras, para que se comieran la infección, y de paso meter en su torrente sanguíneo la saliva antiséptica necesaria para adormecerla. Por favor, acercad mi caballo, necesito descansar.

 

Una Aprendiz trajo el caballo. Ella se montó ágilmente y comenzó a trotar, rumbo a los pabellones de los oficiales.

 

23 de junio de 2022

Uoho

No hacen falta más que cuatro acordes lanzados por un virtuoso con ganas de demostrar de lo que es capaz para ser feliz. Y dos calimotxos para brindar por ello. Y cantar y chillar y levantar los cuernos y dejarte caer en un inesperado pogo con otros veinte tan zumbados y felices como tú. 

Porque no todo es Salir, beber, ni el rollo de siempre. Por fortuna. 

18 de junio de 2022

Confesiones (2)

Invocar el derecho a ser tú mismo. Y a no pensar todo lo que se debiera a la hora de buscar nuevos momentos. En ocasiones, no obstante, tengo la impresión que intento buscar más de lo necesario, con el fin de reafirmarme en que todo esto es real. Necesito seguir trabajando en mí mismo, en entender que todo lo que me está pasando lo he conseguido por mí mismo. Y entender que a veces, no obstante, hay que pensar un poquito. Pero solo lo justo y necesario.

Esta humilde bitácora nunca tuvo como objetivo ser un diario (o unas memorias, según quien lo interprete), pero es innegable que no solo se compone de relatos de ficción, por lo que muchos de mis futuros momentos es posible que acaben aquí, siempre que les considere dignos de ser recordados.

Hace unos días me ascendieron, tres años después de la última vez. Hay gente que se alegró mucho, y gente que consideraba mi amiga que ni me miró a la cara. Que cada uno utilice su estrategia.

Una de las cosas más importantes que quiero aprender este año es a trabajar para vivir, y no lo contrario, que es algo que, en parte por la puta pandemia y en parte por cómo he llevado mi vida, he hecho durante demasiados demasiados años. Estoy empezando a dar este paso, y el miedo a que ese asidero al que me estoy agarrando para aprender a cambiar mi forma de ver la vida, desaparezca, y me haga recaer, es lo que más tengo que trabajar. Porque ese asidero no va a desaparecer. Y con esto vuelvo al primer párrafo.

El calor lleva ocho o nueve días sin dar cuartel. Pero mañana ya parece que va mejorar. Aunque tiene pinta que va a hacer demasiado calor este verano. Bendito cambio climático. 

Estoy paseando por el Espolón, y me hace gracia cómo las señoras sentadas en la terraza de alguno de los bares, orientan las sillas para ver a la gente pasar y cotillear.

En cuatro días tengo un concierto en Madrid, en una semana tengo una boda (la segunda de cuatro, o de las tres a las que voy a ir), en dos una despedida, en tres un festival (sic) gratuito de Jevi Pesado, en cuatro voy a celebrar ascensos a Alcalá de Henares. Y quizá entre medias alguna noche un concierto de esos baratos en alguna sala.

Quiero retomar la escritura, necesito saber qué le va a pasar a Emma. Curioso, no? Yo soy el creador y soy el primero que quiere saber qué le va a ocurrir. 

Me vendrá bien higienizar un poco la mente. Y también el cuerpo, para qué negarlo.

En una semana se casa Sirgo, pero lo único que quiero hacer la semana que viene es ver a Uoho. Cómo cambian las cosas en tan poco tiempo. 

11 de junio de 2022

La Maestra de Dragones

 

(Editado el 18/06/22 corrigiendo algunos errores de redacción)


La Maestra de Dragones observa la partida de su compañero. Se ajusta la máscara con suavidad, al ritmo de los pasos del Hombre Sabio sobre la tierra seca. Al quedarse sola se baja de su corcel, agarrando las riendas y caminando, cerca de la Puerta del Alma, de vuelta al campamento base. El silencio es dueño de la noche, y únicamente las pisadas y el suave relinchar de la bestia rompen levemente con la quietud nocturna.

Tras varios minutos se detiene, todavía lejos del campamento. Deja caer las riendas y se lleva las manos a la cara. A continuación, la máscara blanca y dorada, propia de su rango, cae también al suelo, aterrizando con un ruido seco. Sabe perfectamente que las Maestras, como una de las obligaciones fruto de su estatus, tienen la prohibición de quitarse su máscara en público, pero a ella, tras tantos años, tantas batallas, tantas muertes de amigos y aliados, ya le da igual, no es lícito recibir castigo una vez alcanzado el rango de Maestra. Nota cómo una brisa fresca le golpea en la cara y le hace cerrar los ojos. Se pasa las manos por la cara, mira a su animal, que rebusca por el suelo pedregoso alguna brizna de hierba que llevarse al hocico.

La recoge del suelo, jugueteando con ella. Es de un material que solo conocen las Amazonas, fino y flexible, resistente no solo a flechas y espadas, también a las llamas verdosas y azuladas de los dragones. La suya, además, es recorrida por dos franjas doradas, lideresa de aquellas que dedican, y se juegan la vida, intentando comprender y aliar a aquellas fieras prácticamente inmortales.

 

Recuerda cuando le otorgaron el honor de ser Aprendiz de Dragones, tantos años pasados desde que le impusieron su primera máscara, de color negro azabache sin ningún adorno. Era un puesto duro y peligroso, quizá el más peligroso dentro de todos los aprendices, tanto es así que muchas morían, y era el único donde permitían renunciar a aquellas que no fuesen capaces de soportar el miedo de tener que alimentar o curar las heridas de alguno de los dragones.

Pero ella nunca tuvo miedo. El primer día que le pusieron frente a un dragón, una anciana que se creía de más de cuatro siglos de vida, que apenas era capaz de ponerse en pie; no obstante, su Maestra le advirtió que una bestia anciana era más peligrosa que cualquier animal joven, y que sus latigazos y el fuego que podía desprender en caso de sentirse en peligro sería imprevisto y salvaje, mucho más que el de cualquier bestia más joven y ágil que pudiera defenderse, volar, o huir.

Ella se acercó al dragón, lentamente, de forma cautelosa, sabiéndose observada por los enormes ojos rojos. La emoción de aquella noche recorre su sistema nervioso una vez más, sobre todo al rememorar cómo, desde un primer momento, el animal la aceptó a su lado y no la intentó agredir cuando le acercaba la comida. Su Maestra, que le enseñó todo lo que sabía de estas bestias, nunca entendió cómo podía acercarse a ellos sin recibir daño o cómo podía tocarles el hocico desde el primer día.

Recuerda todas aquellas noches que se quitaba la máscara y miraba frente a frente al animal, que le devolvía la mirada con curiosidad; cómo se quedaba dormida ante la hoguera y por la mañana la encontraban, sin la máscara, y la castigaban una y otra vez. Recuerda cuando falleció la anciana dragona y cómo no pudo dejar de llorar durante semanas.

 

Escucha unos pasos y se rompen sus ensoñaciones. Se seca las lágrimas derramadas en homenaje a aquella anciana dragona que fue su compañera durante sus primeros años de aprendizaje, y se coloca la máscara.

6 de junio de 2022

Confesiones (1)

Fue un finde curioso. Pero muy bonito.

La primera de mi racha de bodas (cuatro, de las que iré a tres), fue interesante. Un poco estrambólica, disculpen el neologismo, pero al fin y al cabo el tema era pasarlo bien. Yo (junto a R. y C.) fuimos los únicos por parte del novio, cuando por la novia, digamos que en una pelea nos hubieran reventado diez veces. Como no sabía nada de lo que podía pasar, e iba sin expectativas, todo fue bien. Mi amigo, el novio, lejos del mogollón, como era previsible en él. Una experiencia más, desde luego bastante única. Si volviese a suceder, eso sí, preguntaría antes cómo sería, para ir al menos prevenido.

El domingo fuimos a la feria del libro y fue muy estimulante y divertido. Intercambiamos un libro, ella me regaló un manga shojo llamado Solanin que me está resultando interesante; yo le regalé una biografía llamada "Cosas que los nietos deberían saber", muy enriquecedora desde mi punto de vista, una historia que lees y te puede aportar mucho (hay que reconocer que N., con todo lo que es, me ha recomendado buenos libros). Nos vimos la feria casi entera, compramos un montón de libros, comimos un bocadillo y nos sentamos varias horas en la hierba, compartiendo una botella de agua, hablando de Problemas del Primer Mundo, nada que nos vaya a cambiar la vida, no se toman decisiones un domingo por la tarde con cinco libros en el regazo. 

No sé si mi vida está cambiando, o solo se trata de un paréntesis fruto de una situación de Locura Transitoria post-pandémica, dejándome llevar por una ola de conciertos, planes a meses vista y música, música y demasiados chistes malos. Me dejaré llevar hasta que la música deje de sonar.


Ha sido un gran fin de semana, curioso pero genial, disfrutando y haciendo cosas con mi mejor amigo, su chica (gran amiga también), y mi "nueva vieja amiga" con la que tanto estoy compartiendo últimamente. Y como era previsible, ha venido alguien y me lo ha jodido hoy. Pero bien jodido.

La verdad es que ya me olía algo, pero un ataque tan personal ante un comentario genérico, me ha cabreado, pero sobre todo, me ha dejado bien claro qué puedo esperar de alguien a quien he considerado mi amigo. Una lástima, ya que es una batalla que tengo perdida de antemano, pero ante la envidia no se puede hacer nada. 

Y con esto, me ha quitado las ganas de ir a la boda de dentro de tres semanas justas, donde compartiremos mesa y habitación. 

Puede que sea susceptible, pero esas cosas no se dicen si no las tienes muy dentro de ti. No sé. 

La vida sigue.