(Editado el 18/06/22 corrigiendo algunos errores de redacción)
La
Maestra de Dragones observa la partida de su compañero. Se ajusta la máscara
con suavidad, al ritmo de los pasos del Hombre Sabio sobre la tierra seca. Al
quedarse sola se baja de su corcel, agarrando las riendas y caminando, cerca de
la Puerta del Alma, de vuelta al campamento base. El silencio es dueño de la noche,
y únicamente las pisadas y el suave relinchar de la bestia rompen levemente con
la quietud nocturna.
Tras
varios minutos se detiene, todavía lejos del campamento. Deja caer las riendas y
se lleva las manos a la cara. A continuación, la máscara blanca y dorada, propia de
su rango, cae también al suelo, aterrizando con un ruido seco. Sabe perfectamente
que las Maestras, como una de las obligaciones fruto de su estatus, tienen la prohibición de quitarse su máscara en público, pero a ella, tras tantos años,
tantas batallas, tantas muertes de amigos y aliados, ya le da igual, no es lícito recibir castigo una vez alcanzado el rango de Maestra. Nota cómo
una brisa fresca le golpea en la cara y le hace cerrar los ojos. Se pasa las
manos por la cara, mira a su animal, que rebusca por el suelo pedregoso alguna
brizna de hierba que llevarse al hocico.
La
recoge del suelo, jugueteando con ella. Es de un material que solo conocen las
Amazonas, fino y flexible, resistente no solo a flechas y espadas, también a
las llamas verdosas y azuladas de los dragones. La suya, además, es recorrida
por dos franjas doradas, lideresa de aquellas que dedican, y se juegan la vida,
intentando comprender y aliar a aquellas fieras prácticamente inmortales.
Recuerda
cuando le otorgaron el honor de ser Aprendiz de Dragones, tantos años pasados
desde que le impusieron su primera máscara, de color negro azabache sin ningún
adorno. Era un puesto duro y peligroso, quizá el más peligroso dentro de todos
los aprendices, tanto es así que muchas morían, y era el único donde permitían
renunciar a aquellas que no fuesen capaces de soportar el miedo de tener que
alimentar o curar las heridas de alguno de los dragones.
Pero
ella nunca tuvo miedo. El primer día que le pusieron frente a un dragón, una
anciana que se creía de más de cuatro siglos de vida, que apenas era capaz de ponerse
en pie; no obstante, su Maestra le advirtió que una bestia anciana era más
peligrosa que cualquier animal joven, y que sus latigazos y el fuego que podía
desprender en caso de sentirse en peligro sería imprevisto y salvaje, mucho más
que el de cualquier bestia más joven y ágil que pudiera defenderse, volar, o
huir.
Ella
se acercó al dragón, lentamente, de forma cautelosa, sabiéndose observada por
los enormes ojos rojos. La emoción de aquella noche recorre su sistema nervioso
una vez más, sobre todo al rememorar cómo, desde un primer momento, el animal
la aceptó a su lado y no la intentó agredir cuando le acercaba la comida. Su
Maestra, que le enseñó todo lo que sabía de estas bestias, nunca entendió cómo
podía acercarse a ellos sin recibir daño o cómo podía tocarles el hocico desde el primer día.
Recuerda
todas aquellas noches que se quitaba la máscara y miraba frente a frente al
animal, que le devolvía la mirada con curiosidad; cómo se quedaba dormida ante
la hoguera y por la mañana la encontraban, sin la máscara, y la castigaban una
y otra vez. Recuerda cuando falleció la anciana dragona y cómo no pudo dejar de
llorar durante semanas.
Escucha
unos pasos y se rompen sus ensoñaciones. Se seca las lágrimas derramadas en
homenaje a aquella anciana dragona que fue su compañera durante sus primeros
años de aprendizaje, y se coloca la máscara.
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