antes de dormir veo tu rostro inerte en aquél ataúd, todas las noches. Todas y cada una de ellas.
Catorce de abril, ya siempre será el día que te fuiste. La vida no nos prepara para la muerte. Los recuerdos se agolpan, y no entiendo que un hombre sano haya muerto a los sesenta años. No entiendo nada. Y no acabo de aceptarlo. Y no quiero acabar de aceptarlo.
Vendería mi patria a cambio que estuvieses en este mundo. Vendería a mi dios si lo tuviera, y al tuyo, y al de todos si hiciera falta, a cambio que tú pudieras jubilarte, vender tu casa e irte a plantar rosas y tomates al pueblo. Donde ya nadie tiene ganas de volver.
Necesito a alguien con quien llorar. Que me demuestre que todo esto no es una mierda.
Que la muerte significa algo, que quiere decir algo, que hay un plan o algo así. Porque no es justo. No es justo. Tantos hijos de puta haciendo daño, y tú muerto, dando un puto paseo el domingo por la mañana. Y haciéndote una autopsia, como si fuese cualquiera
Lloré cuando llegué a meta, y te la dediqué. Veintiún quilómetros. Para ti. Me cago en la puta. En dios y en la puta virgen. Me cago en todo.
No quiero ver esa carpeta en mi escritorio llena de tus cosas, tus contratos, tus escrituras. No debería tener tus cosas. Pero las tengo. Porque tú no vas a poder disfrutarlas.
Y ganas de llorar. Solo tengo ganas de llorar.