30 de septiembre de 2016

Nadie espera a los tipos de corbata*


Un viernes por la tarde más llegas a tu destino. El tren baja la velocidad lentamente hasta parar por completo y alguien aprieta el botón, y abres la puerta. Recoges tus pertenencias, ases tu ordenador portátil al hombro y bajas de un salto al andén, donde la modernidad los ha convertido en frías hileras con apenas unos ceniceros y escaleras mecánicas que embocan rápidamente a los intercambiadores. Las películas antiguas en las que la gente esperaba en el anden y corrían cuando el pasajero bajaba. y se daban abrazos, y los niños lloraban, son cosa del pasado, por lo menos en la alta velocidad, donde los revisores y los interventores se han convertido en tornos electrónicos donde pasar el código bidi.

Caminas rápidamente, esquivando los carritos de bebé y las personas que llegan a la gran ciudad a vivir un fin de semana de musicales en la Gran Vía y sablazos en la Plaza Mayor; una vez subes las escaleras caminas casi medio kilómetro por un pasillo lleno de una estridente publicidad que escuchas pese a estar tener a Barricada a todo volumen en tus auriculares.

Llegas a la dársena de salida, y la gente se agolpa, te sorprende la cantidad de mujeres que hay, e imaginas que pese a los años al mundo le queda mucho camino por recorrer para entender que las cosas tienen que terminar. También ves algunos hombres, y unos cuantos niños, aunque todos ellos en carritos o de la mano de su madre o padre. Al fondo unos pocos chóferes, casi todos hombres, llevan carteles con nombres propios o nombres de empresa, te dan igual, hace años que no los miras, sabes que ninguno va a ser el tuyo.

Te pones a la cola de los taxis, sorprendentemente vacía, imaginas que los trenes de Barcelona y Sevilla no llegan a las tres y cuarto de la tarde; a los dos minutos un taxista levanta su mano y te diriges allí, esperando que sea el típico conductor callado que tiene puesta Rock Fm o M80 radio, y que cuando le dices dónde quieres ir únicamente lo mete en el navegador y se calla después de confirmar contigo por dónde prefieres ir. Esta vez no has tenido suerte, y al hombre solo le falta preguntarte por tu carnet de identidad mientras escuchas Onda Cero (podría haber sido peor, la Cope siempre está allí en tus pesadillas).

Llegas a casa, pagas con tarjeta y abres el buzón, donde, como de costumbre, solo hay facturas. La puerta se abre y la encuentras a oscuras y vacía, tal y como te la encontrarse, únicamente con un poco de polvo sobre la mesa del comedor.

Te quitas la corbata y abres una cerveza. Ya habrá tiempo para abrir la maleta. Y para otras muchas cosas más.



* Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

12 de septiembre de 2016

Desvaríos

El insomnio de un domingo que ha coronado el típico fin de semana en   Burgos y que precede el madrugar de un lunes, cuando volveré a la sorprendente y finita Soria.

Ciento y pico páginas más de la que demasiados consideran la mejor historia jamás contada, unas cervezas acompañadas de la conversación de siempre con el acompañante habitual y otras seis horas de desgaste de zapatillas. Y una maleta nueva que casi me ha costado más que irme de vacaciones. Ah, y toda la tarde del sábado solos, ni una cerveza me pude tomar hasta la de siempre.

También rumores de cierre de oficinas y traslados de colegas a Madrid (rumores, he dicho) y una amiga que cambia de trabajo y que te avisa con un lacónico mensaje.

En cinco horas me levanto para coger una angosta nacional y poner patas arriba la pequeña ciudad alabada por Machado y Jaime Urrutia, y entre medias calzarme las zapatillas para hacer unos kilómetros y quizá comerme un torrezno.

Y planes hasta fin de año, viajes, cursos que quiero hacer, los kilos que debo perder (cinco, ahí es nada) y las escasas novedades que tengo por delante. Y quizá, improbablemente, ver esos ojos de nuevo. Me compraré unas nuevas zapatillas, eso sí.

Esto no debería ser un diario, y no creo que lo sea. Pero no puedo dormir y algo tengo que hacer. Y el libro del puto hobbit anormal que por su culpa pone al mundo al borde de la destrucción está ya en la maleta, casi a la mitad.

Y parece que S. se va a Madrid, aunque no me lo ha dicho ella. Me pregunto si se pondrá en contacto conmigo o, como sospecho, sabré más de ella por el caralibro que por otras cosas.

Me apetece escribir, pero no sé el qué. Maldita sequía de imaginación, temo que sea la definitiva.

Por cierto, recuerda que tienes que... Bah, da igual.

A mimir.

2 de septiembre de 2016

Un buen polvo


Para echar un polvo no siempre es necesario estar desnudos. Los rituales de cortejo, las cervezas, o el jaggermeister son buenos aliados muchas veces, pero no siempre son necesarios.

Puede ser un tópico manido, estúpido o una mala excusa, pero en ocasiones, una buena conversación sobre libros, o discutir sobre "1984" y las distopías, y explicarle a una persona la importancia de "Lolita" para la literatura, resulta hasta excitante. Y no hace falta desnudarse ni sudar.

Y ahora me lllamáis cursi. Me da igual, el polvo que he echado no me lo va a quitar nadie.