12 de septiembre de 2016

Desvaríos

El insomnio de un domingo que ha coronado el típico fin de semana en   Burgos y que precede el madrugar de un lunes, cuando volveré a la sorprendente y finita Soria.

Ciento y pico páginas más de la que demasiados consideran la mejor historia jamás contada, unas cervezas acompañadas de la conversación de siempre con el acompañante habitual y otras seis horas de desgaste de zapatillas. Y una maleta nueva que casi me ha costado más que irme de vacaciones. Ah, y toda la tarde del sábado solos, ni una cerveza me pude tomar hasta la de siempre.

También rumores de cierre de oficinas y traslados de colegas a Madrid (rumores, he dicho) y una amiga que cambia de trabajo y que te avisa con un lacónico mensaje.

En cinco horas me levanto para coger una angosta nacional y poner patas arriba la pequeña ciudad alabada por Machado y Jaime Urrutia, y entre medias calzarme las zapatillas para hacer unos kilómetros y quizá comerme un torrezno.

Y planes hasta fin de año, viajes, cursos que quiero hacer, los kilos que debo perder (cinco, ahí es nada) y las escasas novedades que tengo por delante. Y quizá, improbablemente, ver esos ojos de nuevo. Me compraré unas nuevas zapatillas, eso sí.

Esto no debería ser un diario, y no creo que lo sea. Pero no puedo dormir y algo tengo que hacer. Y el libro del puto hobbit anormal que por su culpa pone al mundo al borde de la destrucción está ya en la maleta, casi a la mitad.

Y parece que S. se va a Madrid, aunque no me lo ha dicho ella. Me pregunto si se pondrá en contacto conmigo o, como sospecho, sabré más de ella por el caralibro que por otras cosas.

Me apetece escribir, pero no sé el qué. Maldita sequía de imaginación, temo que sea la definitiva.

Por cierto, recuerda que tienes que... Bah, da igual.

A mimir.

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