Se despierta asustado. La cabeza le martillea, la garganta le exige agua, las piernas le duelen como si acabara de correr, de nuevo, una media maratón. La persiana de la habitación, medio abierta, deja atravesar la luz, casi sin fuerzas, de una mañana recién estrenada. Se siente desorientado y mareado, mira al techo y distingue la horrorosa lámpara de su habitación, donde la pereza lleva años venciendo a la fealdad a la hora de cambiarla; se gira hacia la izquierda, y con la mirada borrosa distingue que apenas son las ocho y media de la mañana, musita una blasfemia pero una boca pastosa le impide pronunciar nada inteligible. Cierra los ojos otra vez, y en su cabeza empiezan a volver los acontecimientos de la noche anterior, nublados por el alcohol y la niebla de diciembre que les sorprendió en mitad de la fiesta del curro.
Eran algo más de las nueve de la noche y estaba más borracho de lo que le hubiera gustado, pero tras comer, como buena tradición navideña, poco y caro, y tomarse un par de copas en un garito de garrafón a quince pavos la copa, había esquivado a un grupo que se dirigía a un karaoke cantando voz en grito el estribillo de una de los Pereza, con la excusa que tenía hambre y que iba a comer algo en en algún sitio; aunque realmente no tenía hambre y su idea era volverse a casa, la idea de comer tuvo relativo éxito y dos compañeras se quedaron con él. Fueron a un sitio de esos que por un par de euros comías un trozo de focaccia recalentada y por otros dos una lata de Mahou. Ellas no paraban de hablar y él miraba sin apetito la lista de opciones disponibles, hasta que pidieron sus trozos de pizza y sus latas de birra, él pidió una picante y otra birra, porque no quería beber más.
Tras un rato de duermevela escucha la cadena del váter, y se convence que está dormido. Vuelve a abrir un ojo, el despertador sigue sin llegar a las nueve de la mañana, pero algo le pone alerta. Su cabeza empieza a ordenar las ideas y el sabor de aquella Rochefort ocho que probó, pero no tomó, vuelve a su boca. Y un aroma perfumado le termina de despertar, y nota cómo alguien se sienta en la cama suavemente, y los recuerdos vencen al fin a la resaca y le golpean, y sabe que no puede permanecer escondido en la resaca y se gira y abre los ojos y allí está Ella, sentada en la cama, tapada hasta la cintura, con una camiseta suya que encontraría en el montón de ropa para plancha y haciéndole mimos a un peluche que tenía tirado por ahí.
Se sentaron en un banco fuera del bar, comieron los trozos de pizza y bebieron las latas de cerveza, rodeados de gente en su misma situación. Él se situó entre las dos, con la mascarilla bajada y respirando profundamente, escuchándolas hablar e interviniendo de vez en cuando, dejándose llevar. Tras un rato, ya con pizzas y birras terminadas, se levantaron, hablando de cervezas extrañas y viajes pasados.
- ¿Os apetece ir al karaoke?
Él negó con la cabeza, y tuvo una idea.
- Si os apetece tomar una birra de importación, cerca de la Plaza Mayor hay un belga con buenas birras, a lo mejor podemos ir y tomarnos una de esas de las que os he hablado, o a malas podemos latinear un poco.
Una de ellas asintió, la otra no negó con la cabeza, ninguna de ellas estaba por la labor de irse a un karaoke y la cerveza belga y el latineo siempre suena bien.
Se incorpora y ella gira sus ojos hacia él. Se miran en la penumbra, los rasgos de ella se distinguen y su habitual sonrisa parece algo difuminada, no obstante le saluda, con su voz ligeramente más rasgada de lo habitual en ella, con el alcohol de la noche todavía tratando de purgarse en su organismo.
- ¡Buenos días! ¿Qué tal has dormido?
Él parpadea, musitando buenos días sin apenas fuerza. Su boca, reseca, de repente le recuerda todos los sabores de la última noche. Intenta estructurar algunas palabras, ordenando las ideas sobre la marcha.
- Bueno... tú qué tal, ¿cómo estás?
Ella se encoge de hombros, dejando el peluche sobre la mesilla.
- Bien, supongo…un poco pronto, ¿no?
- Madrugar un sábado, con toda la fiesta de ayer… creo que nos estamos haciendo mayores.
Ella se ríe, negando con la cabeza.
- Eso lo serás tú, yo soy todavía una polluela.
Eso lo dirás por lo de anoche, piensa él. Se incorpora más, tiene que ir al baño, retira el nórdico y la sábana y se descubre únicamente con camiseta y calzoncillos. Duda un instante, ella lo nota y se ríe, se levanta, se estira y arrastra los pies descalzos hasta el cuarto de baño, enciende la luz, sube la tapa y mea, notando agujetas. Termina, tira de la cadena, se lava las manos y se percata que hace frío en casa. Vuelve a la habitación, ella sigue sentada, mirándole con esa sonrisa desmayada, más tapada que antes, piensa que probablemente solo lleve puesta su camiseta y no tenga nada más debajo. Se tropieza con los pantalones del pijama.
- ¿Tienes frío? Puedo subir un poco la calefacción…
Ella asiente, con gesto agradecido.
El bar seguía siendo el mismo, los mismos dueños, la misma camarera rubia, esta vez con gestos cansados, que les ofreció una carta en inglés. Ellas ojeaban la carta con interés, él las miraba buscando las que más podrían gustarles, de vez en cuando levantaba la vista y miraba a una de ellas, que a veces le devolvía la mirada con alegría y despreocupación, y él volvía, intentando no parecer avergonzado. Una acabó pidiendo, tras la historia del vaso donde se servía, media pinta de Kwak, la otra, tras una recomendación un botellín de Rochefort ocho, él se apañó con una McChouffe, y pidieron una ración grande de patatas fritas para acompañar.
El bar era como él lo recordaba, en un momento donde se quedó solo, cuando las dos fueron escaleras arriba al cuarto de baño; estaban sentados en un rincón a la izquierda de la puerta principal, mal cerrada, por lo que el frío entraba cada vez que corría la brisa de un invierno adelantado. La barra tenía forma de ele, de madera oscurecida y llena de vasos y platos sucios, que la dueña, una señora cincuentona, a duras penas lograba vaciar mientras atendía las comandas de la única camarera, que atendía tanto a la planta baja como a la de arriba, también a una pequeña terraza exterior descubierta llena de guiris que bebían pintas de Leffe como si se tratase de agua. Las siete u ocho mesas de la planta baja estaban llenas, todas con grupos no mayores de seis personas, pocos con mascarillas, la mayoría hablando en voz alta.
Llegaron las cervezas, la Kwak en su vaso protegido por el soporte de madera, las otras dos en los botellines con dos copas templadas goteando levemente; la camarera se fue, al poco llegaron ellas, que se sentaron, se quitaron las mascarillas, y él se ofreció a servir la cerveza tostada en la copa ancha y achatada, a lo que ella accedió, viendo cómo la fina burbuja del brebaje de más de nueve grados golpeaba y se montaba suavemente sobre el vidrio, sin salirse ni una sola gota, y terminando con lo que él quiso interpretar como una mirada genuina, pero efímera, de admiración por parte de aquellos ojos claros.
Mira su teléfono y hace caso omiso a los mensajes de sus compañeros de trabajo, pulsa la pantalla y sube la calefacción hasta los veintiún grados. Ella levanta su teléfono.
- Oye… ¿no tendrás cargador de iPhone? Se ha quedado sin batería, y no quería revolverte por ahí…
- Sí, claro, vente, anda.
Ella se levanta y va tras él, caminando descalza, silenciosamente, llegando a la habitación pequeña. Coge de una estantería un cargador blanco, se lo acerca a ella, que sonríe.
- Estás temblando, espera.
Abre el armario y saca una sudadera, se la da, ella se la pone y luego enchufa el teléfono.
- Necesito un café. ¿Quieres uno? No tengo ni leche ni nada, pero para despertarse sirve igual.
- Siiii, me vale, gracias.
La deja resucitando el teléfono y llega a la cocina, esquivando piezas de ropa que cayeron la noche anterior por el pasillo. Enciende la cafetera y espera a que se caliente. Saca el café, el azúcar y dos tazas que coloca enfrentadas una a la otra. Mira el cubo de la basura, se gira un instante y abre la tapa, ojea dentro de él, asiente pensativo y la cafetera, con su característico y extraño ruido, le informa que está ya lista.
Aparece ella cuando está terminando de hacer el segundo café, cargado, quizá demasiado, le acerca a ella una humeante taza, azúcar y una cucharilla; la calefacción comienza a dar sus frutos, nota calor pero ella sigue con la sudadera puesta. Termina el segundo café, apaga la cafetera, se sienta al lado de ella, echa medio azucarillo y comienza a remover pausadamente. Contemplan el café y beben sin decir nada durante unos instantes, en ocasiones los elefantes en la habitación son tan grandes que nadie sabe cómo decir que están ahí.
- ¿Qué opinas?
Ella parpadea y se encoge de hombros.
- Qué quieres que opine... Te podría preguntar a ti lo mismo.
- Es que no sé muy bien qué decir. Ha pasado, no era algo que iba buscando, pero ha pasado. Nos hemos emborrachado, y nos hemos acostado.
Ella no responde. Agita su café con la cucharilla y echa algo más de azúcar, bebe y mira al vacío. El calor que toma la casa y el calor del café hacen su efecto y se desabrocha la sudadera.
- Te puedo pedir una cosa, por favor.
- Sí, claro, dime.
- ¿Puedo pegarme una ducha? Necesito aclarar mis ideas, creo que todo esto me está superando un poco…
- Chicos, lo siento, no puedo más… Estoy pedísimo, no voy a poder acabarme la cerveza. He pedido un Uber, vendrá en un par de minutos, hacía que no me cogía una como estas desde antes de la pandemia.
Se pone la mascarilla y agarra el abrigo y el bolso. Su amiga hace lo mismo. Él se levanta.
- ¿Os vais las dos, entonces?
Ella niega mientras se retira el flequillo hacia un lado.
- Qué dices, me queda media cerveza, voy a acompañarla al coche, ahora vengo.
Salen del bar y él se queda solo. La Kwak quedó mediada, la Rochefort parecida, la suya tiene algo más de un tercio, que agita levemente para sacar algo más de espuma, sabiendo que su tiempo de fiesta ha terminado. Mira la hora en su teléfono, sin hacer caso a los mensajes que tiene de ubicaciones del karaoke donde se han ido sus compañeros, y calcula que en quince minutos a buen ritmo puede llegar a Plaza España y coger el metro antes que cierre. Guarda el teléfono y pica algunas patatas que quedaban, ya frías, cuando la puerta se abre y ante la sorpresa de él, Ella aparece, se sienta y se quita la mascarilla.
- Dime la verdad, no me esperabas ya.
- No te voy a engañar, pensaba que ya no vendrías.
- Con lo que cuesta esta cerveza, me la tengo que terminar aunque sea lo último que haga.
Se quita el abrigo entre risas y alterna un par de tragos de cerveza con las pocas patatas que quedaban.
- Se me ha muerto el teléfono, pensaba que lo tenía cargado pero no me quedaba casi batería.
Ella atermina el café, él abre un cajón de su armario y saca una toalla grande y otra más pequeña, se las da, le explica cómo funciona el monomando de la ducha, le dice que espere unos quince segundos tras abrir el grifo para que el agua se caliente, ella asiente y, dejando algunas prendas de ropa que fue encontrando sobre el bidet, se quita la sudadera y se la da. Él sale del baño, entrecierra la puerta, y se va a la habitación, donde retira el nórdico y observa las sábanas, llenas de manchas y otros restos que la noche anterior trajo consigo. Tira de la sábana con fuerza, escucha abrirse el grifo de la bañera, hace un ovillo con las tres piezas y las arrastra hasta la cocina, dejándolas en un rincón. Escucha cómo se abre la puerta del baño. Se asoma.
- Perdona… no puedo subir el gancho de la ducha… ¿Te importaría…?
Él asiente, ella abre la puerta, tapada con la toalla, le deja pasar, deshace el entuerto y el agua comienza a caer de donde debe; al salir, antes de cerrar la puerta, ve en el reflejo del espejo cómo se quita la toalla y observa su espalda, con el tatuaje de la rosa de los vientos en el omoplato izquierdo. Suspira con fuerza y abre la ventana de la habitación, haciendo desaparecer el olor a sudor, sexo y perfume.
A duras penas, y entre risas, acabaron la cerveza, demasiado borrachos para pedir otra, y salieron a la calle. Caminaron contándose chistes malos, sin rumbo fijo, hasta que llegaron a Sol, donde un mundo de gente celebraba que estaba a punto de terminar un año más; sin darse cuenta, o quizá sí, pero sin tomarlo muy en cuenta, se encontraron cogidos del brazo, esquivando grupos de personas tanto o más borrachos que ellos. Cuando llegaron a los pies de Montera él se bajó la mascarilla para tomar aire fresco, ella se la dejó puesta, se soltaron del brazo y se miraron en silencio.
Sintió como en su cabeza algún resorte explotaba.
- No puedo más, tío… no puedo más… menuda borrachera me he pillado, ni cuando tenía diecisiete, tú… no puedo tomar ni una gota más de alcohol, joder.
- ¿Te vas a ir ya? No te vayas, porfa.
Ella le miró, las luces de todos los colores que tomaban las calles del centro de la capital se reflejaban en sus ojos, dilatados fruto del alcohol y el cansancio de estar todo el día de aquí para allá.
- ¿Tienes algún plan mejor?
- Es que… quiero estar contigo un poco más…
Ella se sonrojó ligeramente, pero asintió.