En la puerta el guardia de seguridad
evita la entrada a dos adolescentes con exceso de coca en sangre y de chulería
en el cuerpo, cogiendo a uno del cuello de la americana y dándole un empujón
que casi le tira al suelo mientras el segundo suelta gruñidos apenas
inteligibles hasta que el hombre amaga ir hacia él y se aparta, cogiendo a su
amigo y huyendo entre menciones a la madre de todos los presentes; tras la
puerta la cola del baño de mujeres avanza con más lentitud que el masculino,
aunque a veces de este salga algún cliente rascándose la nariz y que el siguiente
tenga que levantar la tapa.
La música suena cada vez más alta
y los hombres beben y se acercan a los grupos de chicas, que se recogen o
expanden cual mareas en función de su estado civil y el estado de la ropa
interior que decidieron ponerse; alguna sonríe a un comentario y decide darse
la vuelta, con dos dedos en los bolsillos del pantalón vaquero y asintiendo,
vistiendo media sonrisa en los labios, ante las medias incoherencias de esas
conversaciones controladas por el alcohol que nadie sabe bien cómo empiezan y
que ellos esperan que acaben en cama ajena y ellas saben, desde el momento en
que se dieron la vuelta, cómo terminará.
En la barra la gente va y vuelve
con bebidas, los hombres dejan las cazadoras en los ganchos y algunas chicas se
sientan en algún taburete, cansadas y aburridas, viendo a su novio y a sus
amigos con el enésimo chupito de jaggemeister
que todo el mundo sabe cómo terminará, con la única incógnita del punto exacto
entre el bar y el taxi donde se cumplirá el destino de todo aquél que prueba el
licor de moda; otras bailan, desprendiendo sin quererlo todas las hormonas
probables e imposibles en sus gestos, divirtiéndose y moviendo tanto la cabeza
como el cuerpo al ritmo de una canción de impronunciable nombre; y muchos las
ven, extasiados con la extraña por improvisada pero sublime por lo sensual
danza, y algunos se acercan, y comparten varios pasos de baile, y el que
intenta acercarse más de lo debido acaba con una sonrisa y quizá, solo quizá,
con un beso en la mejilla seguido de un nuevo paso de baile a modo de
despedida.
En una de las esquinas de la
barra, al lado de un revistero de metal lleno de periódicos viejos y revistas
eróticas que hace meses nadie lee, reposan en la barra dos botellines de
cerveza a medio beber; el camarero mira hacia ese punto y se encuentra a un
viejo conocido con una compañía nueva: él, su habitual, de veintimuchos o quizá
ya treinta años, alto y delgado, ojos oscuros y pelo largo, camiseta blanca y
unos vaqueros de tiro bajo; ella, también alta, pelo castaño claro con un largo
flequillo, gafas de pasta marrón, un vestido corto gris y discretos tacones.
Hablan en voz baja, haciendo caso omiso a la música y a la humanidad que, como
cada noche, bebe, baila y se droga sin control alguno. El camarero no detecta
el mínimo gesto de cariño entre ambos, ni una caricia, ni un triste beso, únicamente
se acercan para hablar y sonreír de vez en cuando.