20 de abril de 2016

Resumen del día

Ayudas todas.
Pa qué más

17 de abril de 2016

Un año



Un año que empezó con ciento cincuenta folios llenos de cosas que tendría que quemar, y que siguen allí donde los dejé ese día, quizá porque no haya encontrado ningún fuego lo suficientemente fuerte para meterlos todos ellos, y quizá porque, una vez acostumbrado a vivir, tampoco lo odiaba tanto realmente.

Ha pasado un año, ya un año. Un año sin estar tras los siete metros cuadrados de barra pasando los viernes por la noche y los sábados, sin viernes de viajes apurados y domingos de agotadas despedidas. De lunes compuestos por un cansancio que nadie podía imaginarse y que sobrellevaba cada vez peor, que nadie en mi trabajo “de verdad” podía llegar a imaginar hasta qué punto me estaba comiendo por dentro. Aun hoy cuento a alguien todo lo que hice durante aquellos años, lo que hacía cuando iba a Burgos los viernes, y muchos siguen sin creérselo. No les culpo.

El diecisiete de abril fue el último viernes que volví a Burgos pensando en lo que ocurriría ese fin de semana, pero esta vez era diferente. No pensaba en el inventario mental que hacía cada vez que iba, o en las cajas de Estrella Damm que tendríamos que comprar, ni siquiera pensaba en el estado, cada vez más deteriorado, en el que me encontraría a mi padre, a mi madre, incluso a mi hermano pequeño.

Como todos los viernes, cuando llegué el bar estaba lleno, pero el ambiente era diferente. Apenas había cajas de cartón, las cámaras no estaban tan llenas como de costumbre y las cajas de cerveza estaban completamente vacías. Mi madre sonreía como hacía tiempo que no le veía sonreír, y a mi padre se le veía animado, algo que ya apenas recordaba.

No puedo quitarme de la cabeza ese fin de semana en el que decidí no salir del bar en ningún momento, donde el viernes mi padre hizo la última remesa de callos y después tiró la olla a la basura sin lavarla siquiera; un fin de semana en el que la gente no paró de entrar y salir, todas las chicas del fútbol se reunieron después de meses y comieron pasteles a nuestra salud; estuvimos el sábado hasta casi las tres de la mañana recordando viejas y nuevas historias con las pocas que han estado allí desde el principio, riéndonos y rememorando los que vinieron y los que se fueron; cuando, el domingo, alguien dijo a mis padres que se sentaran a comer y mi hermano y yo nos miramos y les dijimos que adelante, que ya iba siendo hora que se olvidaran de la barra, para que se fueran acostumbrando a lo que les iba a esperar a partir de entonces.

Recuerdo el olor de las viejas cañerías y el del jabón que me abrasaba los nudillos, el tacto de los vasos limpios y el calor de la cafetera, el sonido de aquella puerta que escuché miles de veces abrirse y cerrarse, y sigo recordando los ojos de casi todos, su mirada, sus palabras, sus gestos, y cuando paseo por el barrio me cruzo con muchos y a mi cabeza sigue viniendo el color del vino que tomaban y su café preferido.
Ese domingo se sentaron y les dieron un aplauso, y unos días después tuvieron un homenaje, pero en mi mente hay cosas que no podrán olvidarse del domingo diecinueve de abril, el último día que me metí tras la barra de un bar: el olor del último café que hice, negro como la muerte y caliente como el infierno; el abrazo de mi madre, emocionada, y las lágrimas de mi padre, dándome las gracias por estar allí un fin de semana más, otro fin de semana, pero ahora por última vez, al fin; una fotografía tras la barra, la única foto de los cuatro en el bar, la foto que cerraba una época y abría otra, diferente y posiblemente más importante, ya que es lo que está por venir.
Y salir del bar, rumbo a casa, a las siete de la tarde, agotado y con lágrimas en los ojos, arrastrando los pies como otras tantas veces, haciendo crujir los nudillos, limpiándome el sudor, sin fuerzas. Y llegar a casa de mis padres, vacía como de costumbre, y prepararme para el viaje a Madrid, un viaje que hice agotado. Pero esperanzado.

Lo que aprendí, y ni quiero ni soy capaz de olvidar entre las brumas de mis actuales responsabilidades, es el valor del trabajo y lo difícil que es salir adelante cuando solo te tienes a ti mismo; aprendí a conocer a la gente tan solo con un vistazo, y hoy es el día que sigo sin equivocarme al juzgar a nadie; aprendí que los silencios son más importantes que las palabras, y que los secretos son más sagrados que los dioses; conocí a los más peligrosos del barrio y aprendí que el miedo es libre, pero que, al igual que tus palabras, tú eres su dueño y no puedes permitir que te controle; y aprendí que el fútbol es un deporte estúpido y sus forofos son más estúpidos todavía, aunque esto último creo que todos lo podemos intuir.

Ha pasado un año, y me gustaría sentarme y escribir sobre mis quince años, la mitad de mi vida, sobre todo lo que me pasó tras esa barra de siete metros cuadrados. Porque, aunque a veces parezca increíble, el odio y la angustia desaparecieron tan rápido como aquél primer día de mayo que llegué a Burgos y no tuve que ponerme un vaquero y una camiseta vieja y bajar al bar a pasar las horas. Y, aunque no quiero volver a esos días, a veces un pinchazo de nostalgia me llega, sobre todo cuando paseo por el barrio y me encuentro con algunas de esas personas con la que pasé buena parte de los años que forjan el carácter y la personalidad de las personas. 

Pero el bar es ya cosa del pasado. Y ahí debe quedarse, como un recuerdo de todo lo que he sido capaz de hacer por lo más importante que tengo en mi vida. Y tambien por mí, por demostrarme lo que he sido capaz de hacer, lo que he sido capaz de aguantar y de sufrir, y por todo lo que he aprendido.

DRB

14 de abril de 2016

14 de abril


Ahora que nadie se acuerda de ello es un buen momento para recordarla. 

Ahora que los viejos y los nuevos líderes, indistinguibles unos de otros, discuten por un  pedazo de sillón y cinco minutos en alguna de las prescindibles tertulias que hoy en día nos acosan en televisión a todas horas; ahora que lo importante es hacer el gilipollas en las redes sociales más que sentarse y hablar, negociar y ceder para mejorar este país; ahora que este sistema demuestra su corrupción hasta el tuétano, de la que cada vez menos se libran, dando igual colores e ideologías, lo que nos demuestra que cada vez hay menos diferencias entre unos y otros pese a lo que nos quieran hacer creer, opino humildemente que es el momento de recordarla.

Recordar que aun hay gente que está por encima de la ley, gente otrora todopoderosa pero que hoy, pese a que su papel real en la sociedad es limitado, recibe la patente de corso. No hablamos de arcaicos dioses, sino de tradición, hablamos de una historia llena de guerras civiles y endogamia, una historia de déspotas y felones; una historia muy adecuada a un país como España, llena de innobles tradiciones que consideramos parte de nuestro espíritu que, en mayor o menor medida, han sobrevivido a nuestros días, un país de pandereta y misa, de siesta y procesión, de vino y vasallaje al hombre (rara vez mujer) inadecuado.

País de vasallos cainitas, de lametraseros con ínfulas de monologuistas de tres al cuarto, de autodenominados líderes de izquierdas que en lugar de luchar por un sistema igualitario regalan a los continuadores de las tradiciones que dicen poco estimadas series de televisión con el único objetivo de hacerse la foto y ganar seguidores en twitter. 

Vivimos en un país donde la derecha es la de siempre, aunque ahora se han ampliado los pantones para satisfacer a los conservadores, los pseudoliberales que tanto abundan y los guays; la otrora izquierda revolucionaria del puño y la rosa se ha convertido en un acomodado partido liberal en lo económico y algo progresista (pero no mucho) en lo social que tontea con los chungos pero al final acaba en brazos de los que siempre; donde la denostada izquierda se divide entre los que se apropiaron de los movimientos ciudadanos entre cantos de pajaritos azules, los que alguna vez se llamaron comunistas pero que hoy ya no saben ni qué son y los pocos que se tapan la nariz cuando meten la papeleta de la rosa; y los flamantes nacionalistas, independentistas, mierdistas en general que ponen la izquierda como excusa cuando todos sabemos, aunque lo queramos negar, que no hay nada más paleto que alguien que cree que lo suyo es mejor simplemente porque es lo suyo.

Ante todo esto, pienso en la República. Pienso en un sistema en el que todos seamos iguales. Un sistema donde la cuna sea la misma para todos y donde el que llegue sea porque se lo merezca. Una utopía. Como la República Española que muchos soñaron y algunos intentaron en los peligrosos tiempos de entreguerras, cuando las chispas revoloteaban y las ideas eran totalmente libres, sin necesidad de internet ni de ministros que hablan con ángeles. Una gran oportunidad perdida, asesinada por el totalitarismo, el militarismo y las desavenencias entre los propios republicanos.

La República fue un experimento fallido, cierto, pero nunca en este país ha existido un proyecto como ese. Un proyecto que, pese a su inmadurez y la oposición de tantos y tantos, logró impulsar por primera vez este país gracias al esfuerzo de grandes hombres y mujeres que defendieron unos ideales por los que merecía la pena luchar, logró que la educación llegara a todos los rincones, logró poner, por única vez en la historia de este país, de acuerdo a todas las izquierdas. Y, joder, eso sí que es un logro en este país. 

La República no es un símbolo, es una idea. Y como tal la defiendo. Y la apoyo. La República ha sido la única vez en la historia de este país en la que no mandaron los de siempre. Solo por eso merece la pena recordarla. Y soñar que quizá algún día, quizá, las urnas nos den la oportunidad de recuperarla.

3 de abril de 2016

Hasta que el cuerpo aguante


Los recuerdos de diez años atrás salen en el concierto al que fui sin saber muy bien por qué iba.

No fue un concierto realmente bueno, el cantante no tiene una voz con personalidad y la segunda voz, femenina, le come siempre que sale de los coros e interpreta alguno de los temas, llamémoslos menores, del disco. Además, le falta carisma, no interactua con el público, y las canciones pasan una tras otra, sin apenas respirar. Y por si todo eso fuera poco, no se quitó las gafas de sol en todo el concierto.

Un grupo de cincuentones con barriga y pañuelos en la cabeza que cubren sus ya apreciables calvas, tocan las canciones de siempre, sin perder apenas un ápice de la canción original pese a que ya han pasado quince años del disco y una reedición que borró la voz del cantante que, pese a sus gallos y que a veces no se entendía lo que cantaba, puso voz a algunos de los himnos generacionales de más de una generación de españoles.

Disfrazaron de edición especial de aniversario lo que, a todas luces, no es más que un acto de fan service, donde saben que los pocos (o muchos) que podamos ir a sus conciertos nos sabríamos las canciones y las gritaríamos, cuernos en alto y sudor por todo el cuerpo.

El concierto no pasó de aceptable, el grupo está pasado de kilos y de rosca, salieron a cumplir después de ver la victoria de su equipo de fútbol preferido, y solo podríamos salvar a la maravillosa voz de la hermosa Patricia Tapia. Pero nos lo pasamos como los enanos, gritamos las canciones sin parar y acabamos sudados y destrozados por fuera y por dentro, vacíos y felices. Porque la música no tiene explicación.


Porque Finisterra fue el primer disco de rock de verdad que escuché, con diecinueve años, en la inolvidable, por especial y complicada, primavera de dos mil cinco. Me lo dejó una persona que tardó poco en desaparecer de mi vida, pero cuya aparición supuso un cambio para mí. La vida te da sorpresas, y en mi caso se comenzaron a dar a partir de ese verano donde dejé definitivamente los fan fiction, suspendí por segunda vez las malditas matemáticas y trabajé en el bar como en mi vida hasta aquel momento, debido a que mi madre no pudo en todo el verano por culpa de esa puta freidora.

Ese disco me recuerda aquellos meses en los que comenzamos a gatear y nos levantamos. Ese verano en el que salía con la bicicleta y las guitarras de Mägo de Oz, Tierra Santa y Scorpions me hacían ir por los caminos que tantas veces visité y que, paradojas de la vida, no he vuelto a caminar desde esos días.

Y Finisterra era un disco que te abría los ojos. Un disco que hablaba de una distopía, que te exigía ser libre, que odiaba los armarios y la homofobia y que te daba consejos. Un disco que mencionaba al Capitán Alatriste y te hablaba de amor y del bien y del mal, un disco que tiene una canción de cuna y una historia de amor oculta; un disco con una canción de reminiscencias libertarias que acabó difuminada en las radiofórmulas y los bares de moda cantada por todos esos pijos que no se daban cuenta que ellos eran el blanco de la canción, y no el público objetivo; y, finalmente, un disco que te pedía que siguieras, que no te rindieras pese a la adversidad y a la negatividad de los demás, y que siempre busques las respuestas en ti.



Hace mucho, demasiado, que superé este grupo, pero ahí siguen. Da igual que hoy tenga en mis listas a tantos grupos, encabezados por Extremoduro, ellos siempre fueron los primeros. Y todos los demás, incluidos la venerable Dama de Hierro y los inmortales Escorpiones, vinieron después

Bendita música. Maldita música. Al fin y al cabo, es lo mismo, porque la música nunca dejará de ser el canalizador de nuestras vidas y nuestros recuerdos. Y el que haya hecho su viaje sin música, no puedo sino lamentarlo por él, porque es imposible que su viaje haya sido completo.