Un año que empezó con ciento
cincuenta folios llenos de cosas que tendría que quemar, y que siguen allí
donde los dejé ese día, quizá porque no haya encontrado ningún fuego lo
suficientemente fuerte para meterlos todos ellos, y quizá porque, una vez
acostumbrado a vivir, tampoco lo odiaba tanto realmente.
Ha pasado un año, ya un año. Un
año sin estar tras los siete metros cuadrados de barra pasando los viernes por
la noche y los sábados, sin viernes de viajes apurados y domingos de agotadas despedidas.
De lunes compuestos por un cansancio que nadie podía imaginarse y que sobrellevaba
cada vez peor, que nadie en mi trabajo “de verdad” podía llegar a imaginar
hasta qué punto me estaba comiendo por dentro. Aun hoy cuento a alguien todo lo
que hice durante aquellos años, lo que hacía cuando iba a Burgos los viernes, y
muchos siguen sin creérselo. No les culpo.
El diecisiete de abril fue el
último viernes que volví a Burgos pensando en lo que ocurriría ese fin de
semana, pero esta vez era diferente. No pensaba en el inventario mental que
hacía cada vez que iba, o en las cajas de Estrella Damm que tendríamos que
comprar, ni siquiera pensaba en el estado, cada vez más deteriorado, en el que
me encontraría a mi padre, a mi madre, incluso a mi hermano pequeño.
Como todos los viernes, cuando
llegué el bar estaba lleno, pero el ambiente era diferente. Apenas había cajas
de cartón, las cámaras no estaban tan llenas como de costumbre y las cajas de
cerveza estaban completamente vacías. Mi madre sonreía como hacía tiempo que no
le veía sonreír, y a mi padre se le veía animado, algo que ya apenas recordaba.
No puedo quitarme de la cabeza ese
fin de semana en el que decidí no salir del bar en ningún momento, donde el
viernes mi padre hizo la última remesa de callos y después tiró la olla a la
basura sin lavarla siquiera; un fin de semana en el que la gente no paró de entrar
y salir, todas las chicas del fútbol se reunieron después de meses y comieron
pasteles a nuestra salud; estuvimos el sábado hasta casi las tres de la mañana
recordando viejas y nuevas historias con las pocas que han estado allí desde el
principio, riéndonos y rememorando los que vinieron y los que se fueron;
cuando, el domingo, alguien dijo a mis padres que se sentaran a comer y mi
hermano y yo nos miramos y les dijimos que adelante, que ya iba siendo hora que
se olvidaran de la barra, para que se fueran acostumbrando a lo que les iba a
esperar a partir de entonces.
Recuerdo el olor de las viejas
cañerías y el del jabón que me abrasaba los nudillos, el tacto de los vasos
limpios y el calor de la cafetera, el sonido de aquella puerta que escuché
miles de veces abrirse y cerrarse, y sigo recordando los ojos de casi todos, su
mirada, sus palabras, sus gestos, y cuando paseo por el barrio me cruzo con
muchos y a mi cabeza sigue viniendo el color del vino que tomaban y su café
preferido.
Ese domingo se sentaron y les
dieron un aplauso, y unos días después tuvieron un homenaje, pero en mi mente
hay cosas que no podrán olvidarse del domingo diecinueve de abril, el último
día que me metí tras la barra de un bar: el olor del último café que hice,
negro como la muerte y caliente como el infierno; el abrazo de mi madre,
emocionada, y las lágrimas de mi padre, dándome las gracias por estar allí un
fin de semana más, otro fin de semana, pero ahora por última vez, al fin; una
fotografía tras la barra, la única foto de los cuatro en el bar, la foto que
cerraba una época y abría otra, diferente y posiblemente más importante, ya que
es lo que está por venir.
Y salir del bar, rumbo a casa, a
las siete de la tarde, agotado y con lágrimas en los ojos, arrastrando los pies
como otras tantas veces, haciendo crujir los nudillos, limpiándome el sudor,
sin fuerzas. Y llegar a casa de mis padres, vacía como de costumbre, y
prepararme para el viaje a Madrid, un viaje que hice agotado. Pero esperanzado.
Lo que aprendí, y ni quiero ni
soy capaz de olvidar entre las brumas de mis actuales responsabilidades, es el
valor del trabajo y lo difícil que es salir adelante cuando solo te tienes a ti
mismo; aprendí a conocer a la gente tan solo con un vistazo, y hoy es el día
que sigo sin equivocarme al juzgar a nadie; aprendí que los silencios son más
importantes que las palabras, y que los secretos son más sagrados que los
dioses; conocí a los más peligrosos del barrio y aprendí que el miedo es libre,
pero que, al igual que tus palabras, tú eres su dueño y no puedes permitir que
te controle; y aprendí que el fútbol es un deporte estúpido y sus forofos son
más estúpidos todavía, aunque esto último creo que todos lo podemos intuir.
Ha pasado un año, y me gustaría
sentarme y escribir sobre mis quince años, la mitad de mi vida, sobre todo lo
que me pasó tras esa barra de siete metros cuadrados. Porque, aunque a veces
parezca increíble, el odio y la angustia desaparecieron tan rápido como aquél
primer día de mayo que llegué a Burgos y no tuve que ponerme un vaquero y una
camiseta vieja y bajar al bar a pasar las horas. Y, aunque no quiero volver a
esos días, a veces un pinchazo de nostalgia me llega, sobre todo cuando paseo
por el barrio y me encuentro con algunas de esas personas con la que pasé buena
parte de los años que forjan el carácter y la personalidad de las personas.
Pero el bar es ya cosa del pasado. Y ahí debe quedarse, como un recuerdo de todo lo que he sido capaz de hacer por lo más importante que tengo en mi vida. Y tambien por mí, por demostrarme lo que he sido capaz de hacer, lo que he sido capaz de aguantar y de sufrir, y por todo lo que he aprendido.
DRB