3 de abril de 2016

Hasta que el cuerpo aguante


Los recuerdos de diez años atrás salen en el concierto al que fui sin saber muy bien por qué iba.

No fue un concierto realmente bueno, el cantante no tiene una voz con personalidad y la segunda voz, femenina, le come siempre que sale de los coros e interpreta alguno de los temas, llamémoslos menores, del disco. Además, le falta carisma, no interactua con el público, y las canciones pasan una tras otra, sin apenas respirar. Y por si todo eso fuera poco, no se quitó las gafas de sol en todo el concierto.

Un grupo de cincuentones con barriga y pañuelos en la cabeza que cubren sus ya apreciables calvas, tocan las canciones de siempre, sin perder apenas un ápice de la canción original pese a que ya han pasado quince años del disco y una reedición que borró la voz del cantante que, pese a sus gallos y que a veces no se entendía lo que cantaba, puso voz a algunos de los himnos generacionales de más de una generación de españoles.

Disfrazaron de edición especial de aniversario lo que, a todas luces, no es más que un acto de fan service, donde saben que los pocos (o muchos) que podamos ir a sus conciertos nos sabríamos las canciones y las gritaríamos, cuernos en alto y sudor por todo el cuerpo.

El concierto no pasó de aceptable, el grupo está pasado de kilos y de rosca, salieron a cumplir después de ver la victoria de su equipo de fútbol preferido, y solo podríamos salvar a la maravillosa voz de la hermosa Patricia Tapia. Pero nos lo pasamos como los enanos, gritamos las canciones sin parar y acabamos sudados y destrozados por fuera y por dentro, vacíos y felices. Porque la música no tiene explicación.


Porque Finisterra fue el primer disco de rock de verdad que escuché, con diecinueve años, en la inolvidable, por especial y complicada, primavera de dos mil cinco. Me lo dejó una persona que tardó poco en desaparecer de mi vida, pero cuya aparición supuso un cambio para mí. La vida te da sorpresas, y en mi caso se comenzaron a dar a partir de ese verano donde dejé definitivamente los fan fiction, suspendí por segunda vez las malditas matemáticas y trabajé en el bar como en mi vida hasta aquel momento, debido a que mi madre no pudo en todo el verano por culpa de esa puta freidora.

Ese disco me recuerda aquellos meses en los que comenzamos a gatear y nos levantamos. Ese verano en el que salía con la bicicleta y las guitarras de Mägo de Oz, Tierra Santa y Scorpions me hacían ir por los caminos que tantas veces visité y que, paradojas de la vida, no he vuelto a caminar desde esos días.

Y Finisterra era un disco que te abría los ojos. Un disco que hablaba de una distopía, que te exigía ser libre, que odiaba los armarios y la homofobia y que te daba consejos. Un disco que mencionaba al Capitán Alatriste y te hablaba de amor y del bien y del mal, un disco que tiene una canción de cuna y una historia de amor oculta; un disco con una canción de reminiscencias libertarias que acabó difuminada en las radiofórmulas y los bares de moda cantada por todos esos pijos que no se daban cuenta que ellos eran el blanco de la canción, y no el público objetivo; y, finalmente, un disco que te pedía que siguieras, que no te rindieras pese a la adversidad y a la negatividad de los demás, y que siempre busques las respuestas en ti.



Hace mucho, demasiado, que superé este grupo, pero ahí siguen. Da igual que hoy tenga en mis listas a tantos grupos, encabezados por Extremoduro, ellos siempre fueron los primeros. Y todos los demás, incluidos la venerable Dama de Hierro y los inmortales Escorpiones, vinieron después

Bendita música. Maldita música. Al fin y al cabo, es lo mismo, porque la música nunca dejará de ser el canalizador de nuestras vidas y nuestros recuerdos. Y el que haya hecho su viaje sin música, no puedo sino lamentarlo por él, porque es imposible que su viaje haya sido completo.