Ella no volvió a aparecer por
clase nunca más. Él miró, día sí, día también, al rincón del fondo del aula
donde ella se sentaba y tomaba apuntes, silenciosa, junto a sus dos amigas.
Pero sus amigas, que permanecían allí, únicamente tomaban apuntes, y ella seguía
sin aparecer.
Un día se acercó y las preguntó,
recibiendo únicamente a cambio una mirada condescendiente y el silencio por
respuesta. Volvió a su asiento, sacó los apuntes y comenzó a leer la lección,
fingiendo indiferencia pero con las entrañas a fuego por la falta de noticias
de aquella chica que le dio la mano y, con un simple beso en la mejilla, le
hizo perder la cabeza.
Una mañana, días después, logró
encontrar el portal donde la vio desaparecer aquél jueves por la noche, y
fingiendo ser el cartero se coló en el descansillo, y buscó desesperadamente y
sin éxito, entre los buzones, el nombre o el apellido de la chica que no se
podía quitar de la cabeza, hasta que escuchó unos pasos y salió a toda prisa
del portal, corriendo lo más lejos posible.
Ella terminó de bajar las
escaleras, con sus gafas de moda y sus ojeras a cuestas, y vio cómo una sombra salía
a toda prisa, dejando la puerta del portal abierta. Se acercó, mirando a ambos
lados sin ver a nadie y cerrando la puerta tras de sí, acercándose al anónimo buzón
del cuarto efe y sacó varios folletos de supermercados y pizzerías.