(capítulo 9)
La
camarera, vestigio de una época en la que los oriundos creían que
cualquier trabajo era honrado y no habían delegado cientos de miles
de puestos de trabajo a camaradas de orígenes muchas veces exóticos
que aceptaban con humildad servir a aquellos que no lo quisieron por
considerarlo indigno y que ahora se quejaban de no tener trabajo Y
Que Los Extranjeros Nos Quitan El Trabajo, escucha con gesto
divertido aquellas diatribas inocuas de sus viejos conocidos y quizá
alguno ya amigo; desvarío del que todos los viernes escucha a
granel, desahogos tras una semana rodeados de dios sabe quién,
pecados veniales tras las barras con secretos de confesión tácitos
sin necesidad de más penitencia que volver a la sagrada comunión
del rincón oscuro que tanto les pertenece; comentarios excesivos y
de mal gusto, que tras la barra no son sino secretos que pronto se
olvidarán pero que en el canal inadecuado, un chiste sobre
astronautas españoles de los años setenta se convierte en delito
peor que el odio de aquellos que dicen poseer la verdad.
Sus
armas se repliegan lentamente y sus lenguas se calientan sin temor, y
el idealismo deja pasar a la decepción por un mundo crédulo y sin
alma que se cree lo primero que pasa por delante; un mundo de seres
que a base de insultos barrocos y odio concentrado ante cualquiera
que ose salirse de su vacua verdad gobiernan a masas de seres que se
consideran libres tras comulgar sin rubor con catecismos de popes de
bolsillos excesivamente grandes y conciencias extremadamente vacías;
lugares en los que nadie duda y el vocabulario se modifica a voluntad
de oradores que levantan el brazo derecho una vez más, aunque esta
vez a media altura, al menos hasta que pasen las elecciones, y mil
noticias alarmantes se repiten y nadie que levante el brazo dice
nada, porque todos son libres, que lo ha dicho ese hombre tan apuesto
y peripuesto cuyo hedor a odio endurece las pollas y moja las bragas
de quien no necesita pensar porque es libre.