24 de enero de 2019

Libres


(capítulo 9)

La camarera, vestigio de una época en la que los oriundos creían que cualquier trabajo era honrado y no habían delegado cientos de miles de puestos de trabajo a camaradas de orígenes muchas veces exóticos que aceptaban con humildad servir a aquellos que no lo quisieron por considerarlo indigno y que ahora se quejaban de no tener trabajo Y Que Los Extranjeros Nos Quitan El Trabajo, escucha con gesto divertido aquellas diatribas inocuas de sus viejos conocidos y quizá alguno ya amigo; desvarío del que todos los viernes escucha a granel, desahogos tras una semana rodeados de dios sabe quién, pecados veniales tras las barras con secretos de confesión tácitos sin necesidad de más penitencia que volver a la sagrada comunión del rincón oscuro que tanto les pertenece; comentarios excesivos y de mal gusto, que tras la barra no son sino secretos que pronto se olvidarán pero que en el canal inadecuado, un chiste sobre astronautas españoles de los años setenta se convierte en delito peor que el odio de aquellos que dicen poseer la verdad.

Sus armas se repliegan lentamente y sus lenguas se calientan sin temor, y el idealismo deja pasar a la decepción por un mundo crédulo y sin alma que se cree lo primero que pasa por delante; un mundo de seres que a base de insultos barrocos y odio concentrado ante cualquiera que ose salirse de su vacua verdad gobiernan a masas de seres que se consideran libres tras comulgar sin rubor con catecismos de popes de bolsillos excesivamente grandes y conciencias extremadamente vacías; lugares en los que nadie duda y el vocabulario se modifica a voluntad de oradores que levantan el brazo derecho una vez más, aunque esta vez a media altura, al menos hasta que pasen las elecciones, y mil noticias alarmantes se repiten y nadie que levante el brazo dice nada, porque todos son libres, que lo ha dicho ese hombre tan apuesto y peripuesto cuyo hedor a odio endurece las pollas y moja las bragas de quien no necesita pensar porque es libre.