Abre la puerta de la habitación y
se atusa la parte de abajo del vestido, él la observa en silencio, sujetando
las gafas de la chica entre sus manos, con cuidado de no manchar los cristales,
jugueteando con las patillas. Le cuesta mantener la calma a la hora de
respirar, la mezcla del perfume y el pintalabios le ataca y le marea
ligeramente.
Los engranajes comienzan a girar
una vez más, ella le mira y le sonríe, las dudas le impiden dar ese paso adelante
que tanto tiempo lleva deseando, le acerca las gafas y ellas se las pone,
parpadeando y fijando su mirada en él, sonrojándose casi en el acto. Las
lámparas del pasillo se apaga durante un instante, las luces de emergencia
verdes se encienden, iluminando tenuemente a la pareja durante un instante, y
ella da un paso adelante y le besa. Él cierra los ojos y siente cómo los brazos
de ella se cuelgan de su cuello, y la abraza por la cintura en el momento que
el pasillo vuelve a iluminarse. De un paso entran en la habitación, de una
patada la puerta se cierra; el mecanismo ha funcionado.
El teléfono comenzó a gritar a
las siete y cuarto de la mañana, y él abrió los ojos, desorientado, cuando notó
que algo le presionaba el pecho. Ella estaba allí, con su brazo derecho sobre
él, boca abajo y desnuda, las mechas castañas de su pelo revueltas. Se movió,
apartándola con suavidad y colocándola encima de la cama, intentando no
despertarla. Posa los pies en el suelo, cuidadosamente, encontrándose su ropa
interior y los vaqueros. Los recoge, y comienza a recordar todo lo que ocurrió
después de aquél beso que ella le robó en la oscuridad del pasillo.
- - ¿Dónde
vas?
Se asusta a escuchar la voz de la que creía dormida. La mira, ella le observa, con gesto somnoliento, boca arriba, los recuerdos de la noche se agolpan ante la naturalidad de la chica, a la que no le importa aparecer desnuda, seguramente al saber que ya da igual lo que enseñe al que ya le ha visto, y posiblemente muchas cosas más, cada centímetro de su cuerpo.