Abre los ojos.
El vaso de cartón le quema las yemas de los dedos,
desnudas por primera vez tras dios sabe cuántas horas. Busca con la
mirada a algún compañero que le acerque un cigarrillo redentor,
pero en la sala de descanso, habitualmente llena de vida y risas, hoy
solo queda el persistente olor a ese espeso y horrible jabón y un
montón de máquinas de café y golosinas a punto de morir de
inanición En las mesas, duermen restos de cajas de pasteles y
chocolatinas que de vez en cuando les envían y apenas llegan
desaparecen, víctimas de la ansiedad.
Da un sorbo al café y arrastra los pies hasta la
puerta de la calle, donde se encuentra a varias compañeras,
doctoras, enfermeras, celadores, que ven pasar los minutos
compartiendo pitillos y gestos, desesperanza por lo que han visto y
miedo por todo lo que les queda por hacer y decidir; se acerca a
ellas, y sin mediar palabra le acercan un Ducados y el mechero. El
aséptico silencio que nutre la ciudad desde hace al menos dos
semanas solo es roto por el ruido de sus caladas, cortas y rápidas,
devorando nicotina que haga recuperar la calma perdida.
Su turno ha terminado hace horas, pero otro
compañero ha sido positivo hoy, y hasta que lleguen los improbables
refuerzos, encuentra fuerzas para que cada hora parezca minutos, para
que el siguiente triaje que tenga que realizar sea el último. Tose,
y las piernas le tiemblan, como cada vez que le ocurre a cualquiera
que trabaje ahí, hace días que perdió la cuenta de cuántos han
sido positivos y queman sus cuarentenas en soledad. Apura el café, y
el sabor a grano quemado en su lengua le tranquiliza.
La última calada le resulta insuficiente, pero ya
no queda nadie a su alrededor a quien robar otro cigarrillo, y tira
la boquilla blanca al suelo, pisándola con saña y deseando que esa
fuese la manera de acabar con el maldito bicho.
Antes de entrar, se apoya en la pared y cierra los
ojos. Cuenta hasta diez, y desea que cada uno de los éxitus que
ha tenido que certificar, ancianos, y jóvenes, algunos terriblemente
jóvenes, fuesen borrones de las pesadillas que llevan nublando sus
sueños las últimas dos semanas. Pero vuelve a abrir los
ojos. Y piensa en los que han salido adelante, le han dado las
gracias y han salido por la puerta del hospital, llorando,
agradecidos, aplaudiendo a los improbables héroes en los que se han
convertido.
Y entra por la puerta, una vez más, con la cabeza
alta, con el convencimiento que ese pequeño hijo de puta no va a
poder con ellos.
https://www.facebook.com/david.ricobarahona/posts/2651729571619659
(participa en el siguiente concurso de relato corto: https://www.zendalibros.com/concurso-de-historias-sobre-nuestros-heroes/)