7 de abril de 2020

#NuestrosHéroes


Abre los ojos. 
El vaso de cartón le quema las yemas de los dedos, desnudas por primera vez tras dios sabe cuántas horas. Busca con la mirada a algún compañero que le acerque un cigarrillo redentor, pero en la sala de descanso, habitualmente llena de vida y risas, hoy solo queda el persistente olor a ese espeso y horrible jabón y un montón de máquinas de café y golosinas a punto de morir de inanición En las mesas, duermen restos de cajas de pasteles y chocolatinas que de vez en cuando les envían y apenas llegan desaparecen, víctimas de la ansiedad.
Da un sorbo al café y arrastra los pies hasta la puerta de la calle, donde se encuentra a varias compañeras, doctoras, enfermeras, celadores, que ven pasar los minutos compartiendo pitillos y gestos, desesperanza por lo que han visto y miedo por todo lo que les queda por hacer y decidir; se acerca a ellas, y sin mediar palabra le acercan un Ducados y el mechero. El aséptico silencio que nutre la ciudad desde hace al menos dos semanas solo es roto por el ruido de sus caladas, cortas y rápidas, devorando nicotina que haga recuperar la calma perdida.
Su turno ha terminado hace horas, pero otro compañero ha sido positivo hoy, y hasta que lleguen los improbables refuerzos, encuentra fuerzas para que cada hora parezca minutos, para que el siguiente triaje que tenga que realizar sea el último. Tose, y las piernas le tiemblan, como cada vez que le ocurre a cualquiera que trabaje ahí, hace días que perdió la cuenta de cuántos han sido positivos y queman sus cuarentenas en soledad. Apura el café, y el sabor a grano quemado en su lengua le tranquiliza.
La última calada le resulta insuficiente, pero ya no queda nadie a su alrededor a quien robar otro cigarrillo, y tira la boquilla blanca al suelo, pisándola con saña y deseando que esa fuese la manera de acabar con el maldito bicho.


Antes de entrar, se apoya en la pared y cierra los ojos. Cuenta hasta diez, y desea que cada uno de los éxitus que ha tenido que certificar, ancianos, y jóvenes, algunos terriblemente jóvenes, fuesen borrones de las pesadillas que llevan nublando sus sueños las últimas dos semanas. Pero vuelve a abrir los ojos. Y piensa en los que han salido adelante, le han dado las gracias y han salido por la puerta del hospital, llorando, agradecidos, aplaudiendo a los improbables héroes en los que se han convertido.
Y entra por la puerta, una vez más, con la cabeza alta, con el convencimiento que ese pequeño hijo de puta no va a poder con ellos.


https://www.facebook.com/david.ricobarahona/posts/2651729571619659

(participa en el siguiente concurso de relato corto: https://www.zendalibros.com/concurso-de-historias-sobre-nuestros-heroes/)

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