13 de noviembre de 2020

un día como cualquier otro

y ves y no dejas de ver, y los días pasan y los acontecimientos se mecen sin prisa pero sin pausa.

y ahí sigues, miope y dolorido, y siempre te preguntarás por qué. aunque sepas la respuesta. lo importante no es la pregunta, ni la respuesta, son las heridas.

y esos ojos azules estrábicos desaparecen cuando no los ves, y ese pelo rizado ora suelto, ora moño, peinado o despeinado, se agita ante el movimiento de cadera, y tus gafas esconden la prosaica irrevocabilidad de una personalidad extraña y no siempre bondadosa. pero hoy teletrabaja, quizá, solo quizá, todo es de repente imprevisible y a la vez no. 

y el ruido de unos tacones golpeando el suelo te despista y te sobresalta la última notificación; porque han muerto otras trescientas personas y a todo el mundo parece que le da igual. y a ti también, hasta que conoces a uno de ellos, aunque tampoco tanto, amigo no era.

y sudas y quien te mira tras la pantalla que tienes enfrente investiga dios sabe el qué, y de vez en cuando intenta descifrar tus maldiciones con sus enormes ojos, sedientos de unos conocimientos que estás ya harto de actualizar una y otra vez porque nadie se digna a hacerlo.

 y una puta va sin mascarilla porque ya le ha pasado lo peor que le puede pasar.

y a tu jefe le da igual la mascarilla y grita por teléfono, en el trabajo nadie se contagia, y total, como sobran cuatro mil pronto habrá hueco para más como él. nunca hay suficientes jefes.

y el día pasa, uno más, y uno menos para el lunes, para la vacuna, para el fin del mundo. porque no todo se merece una cuenta atrás, tampoco las cosas que ya la tienen. 

y ya has perdido la cuenta de las veces que has respondido no sé. 

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