y ves y no dejas de ver, y los días pasan y los acontecimientos se mecen sin prisa pero sin pausa.
y ahí sigues, miope y dolorido, y siempre te preguntarás por qué. aunque sepas la respuesta. lo importante no es la pregunta, ni la respuesta, son las heridas.
y esos ojos azules estrábicos desaparecen cuando no los ves, y ese pelo rizado ora suelto, ora moño, peinado o despeinado, se agita ante el movimiento de cadera, y tus gafas esconden la prosaica irrevocabilidad de una personalidad extraña y no siempre bondadosa. pero hoy teletrabaja, quizá, solo quizá, todo es de repente imprevisible y a la vez no.
y el ruido de unos tacones golpeando el suelo te despista y te sobresalta la última notificación; porque han muerto otras trescientas personas y a todo el mundo parece que le da igual. y a ti también, hasta que conoces a uno de ellos, aunque tampoco tanto, amigo no era.
y sudas y quien te mira tras la pantalla que tienes enfrente investiga dios sabe el qué, y de vez en cuando intenta descifrar tus maldiciones con sus enormes ojos, sedientos de unos conocimientos que estás ya harto de actualizar una y otra vez porque nadie se digna a hacerlo.
y una puta va sin mascarilla porque ya le ha pasado lo peor que le puede pasar.
y a tu jefe le da igual la mascarilla y grita por teléfono, en el trabajo nadie se contagia, y total, como sobran cuatro mil pronto habrá hueco para más como él. nunca hay suficientes jefes.
y el día pasa, uno más, y uno menos para el lunes, para la vacuna, para el fin del mundo. porque no todo se merece una cuenta atrás, tampoco las cosas que ya la tienen.
y ya has perdido la cuenta de las veces que has respondido no sé.
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