20 de noviembre de 2020

toque de queda

Los minutos pasan y el reloj no deja de hacerte recordar que en la capital del reino a medianoche se cierra el telón. Montas en el metro por primera vez en semanas y la vida sigue, llena de incógnitas tras máscaras de colores, la azul manda pero no gobierna, las modas siguen y únicamente se resiente el pintalabios. Todo debería salir bien.

Calma tensa en un ambiente donde la distancia toma peso, las voces se escuchan menos, y hay mas huecos para sentarse, antiguamente tomar el Metropolitano a medianoche significaba alcohol, amores ocultos y silencio, las cosas no han cambiado tanto, más ocultas, menos visibles, lo mismo pero todo lo contrario a la vez. Todo tiene que acabar. 

Te entretienen quienes rompen el silencio y el alcohol con perfumes y chispas de ingenio tras la gran tragedia que parece no importar a nadie. Las generaciones se distinguen en los pantalones, en la longitud de las faldas, en un absurdo combinado de barroquismo y minimalismo capilar, en la primera generación que ha crecido con el mestizaje. Esto lo paramos unidos, salimos más fuertes, efímera propaganda buenista que ni ellos se creyeron.

El metro llega a su destino, te miras la mano y no sabes si usar gel o lengua, Nash no pensó en esto. 

En fin, tranquilízate, las cosas no pueden ir a peor, y si lo fuesen, otros buscarán la forma que todo se solucione, o al menos, que lo parezca. 

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