La mascarilla se mece lentamente en el asiento del copiloto. Los kilómetros pasan y el atardecer se refleja en unas gafas de sol redondeadas.
El verano remite, y desde hace semanas a nadie le importa la incidencia acumulada, o la ocupación de cuidados intensivos; hace días que nadie muere por lo que nunca debiera haber muerto, las calles vuelven a la vida, los bares y comercios lamen heridas y se prestan a un otoño, al fin, parecido a la normalidad. Qué más da.
La radio dio paso a las viejas canciones que suenan una y otra vez, sin descanso, sin pausa; los viejos maestros acarician recuerdos y rasgan todas las almas que osan acercarse a ellas; los versos del poeta llenan sentimientos, vacían corazones, marchitan las frentes.
Y los kilómetros no dejan de sucederse.