Se miran pero no se dicen nada. Saben que ya está
todo dicho. Un cierre de ojos, una caricia en la cara, media sonrisa,
quizá un beso. Se percatan que unas gotas de agua comienzan a
rebotar sobre el suelo, precediendo a uno de esos chaparrones
primaverales; sendas capuchas surgen de una sudadera y un abrigo.
Quizá otro beso, otra caricia, lágrimas que empañan unos ojos y
unos dientes apretando unos labios. Un abrazo, unos pocos pasos más
sobre el embarrado camino.
Unas palabras que preceden una despedida antes de
darse la vuelta; busca algo dentro de su abrigo, un movimiento en la
oscuridad, un relámpago que ilumina la escena, apretar los dientes,
saber cuál va a ser el siguiente paso y evitar la tentación de huir
sin más. Un gemido, lágrimas en los ojos al sentir que al fin ha
llegado lo que tanto tiempo llevaba esperando.
Las piernas dejan de responder, pierde el
equilibrio, pierde las fuerzas, los ojos se secan, su cuerpo y la
cabeza caen de lado, el barro que comienza a anegar el camino salpica
su cara, la sangre que mana de su espalda se mezcla con la lluvia que
ya cae con fuerza. Su mata de pelo castaño se mezcla con el barro y tapa su mirada perdida, de ojos verdes y vidriosos.
El arma que le ha causado la herida mortal se oculta
entre el barro y la sangre, entre la tormenta y los arbustos en los
que reposa el cuerpo ya inerte.
Quien provocó su muerte mira el bulto informe en
que se ha convertido, en qué ha convertido, una vida a la que amó
con tanta pasión y locura, a la que dio todo lo que era, su tiempo,
su personalidad, sus secretos y misterios, sus alegrías y tristezas.
Ahora necesita sus palabras y sus silencios, sus besos, sus caricias
y su cuerpo desnudo, necesita que le diga qué tiene que hacer
después de acabar con su vida.
Llora, y recuerda de repente que tiene que huir
antes que nadie les vea, porque nadie podrá entender qué ha
ocurrido esa noche cerrada de mayo en uno de tantos recovecos del
parque. Nadie podrá entender, da igual quién sea, bajo qué
circunstancias, por qué tenía que acabar con su vida. Escapa, la
lluvia se hace torrencial y tapa las huellas de sus zapatillas;
escogieron esa noche porque sabían que iba a caer el cielo sobre sus
cabezas y todas las huellas se borrarían del suelo; escogieron ese
rincón porque no hay bancos ni lámparas, y nunca habrá chavales
bebiendo o follando entre los zarzales.
Le prometió que sería perfecto, que no sufriría,
que caería tan rápido que ni se daría cuenta. Y, corriendo por las
oscuras calles del extrarradio, más vacías que de costumbre, supo
que nadie les descubriría si no decía nada a nadie nunca. Se
prometió el silencio eterno entre la lluvia golpeándole, las
lágrimas impidiéndole ver bien y el agobio de quien no está
acostumbrado a huir, y galopa por la calle como si no hubiera un
mañana.
Hay una mujer. Una mujer alta, delgada, de pelo
castaño claro y ojos verdes. Está frente al cuerpo, inerme, pero
aún tibio y flexible. Mira un cuerpo joven y hermoso, de curvas
delicadas y piernas largas, Un cuerpo que vivió más de lo que le
correspondía, opina con desdén; te dio tiempo a disfrutar, a tener
éxito, a conocer el amor y también un poco el odio, nunca podrás
decir que no llegaste lejos. Pisando el barro se acerca al cuerpo y
quita el cuchillo de sangre y barro, y lo guarda en el bolsillo de su
abrigo.
Gracias, musita, no sin cierto desdén, antes de
darse la vuelta, caminando sin importarle una lluvia que parece
esquivar su pelo y sus manos.
Abre los ojos. El despertador marca las siete de la
mañana, se incorpora con lágrimas en los ojos, el cuerpo bañado
en sudor, el corazón a mil por hora. Mira al otro lado de la cama,
ansioso, nervioso, el sueño ha sido real, demasiado real; clavó un
cuchillo en un cuerpo fuerte y que presentaba resistencia, notó en
su mano el calor de la sangre brotar, la lluvia le empapaba y al huir
sintió la falta de aire como si estuviera a punto de ahogarse de
verdad.
Quita la manta y descubre una mata de pelo de color
castaño claro que tapa su cara y un bulto acurrucado sobre el lado
derecho de la cama. Posa su mano sobre el brazo desnudo de su pareja
y le da la vuelta suavemente, el corazón recupera su ritmo normal en
un momento. Se deja caer con fuerza sobre la cama, y no puede evitar
comenzar a llorar, tras soñar que había matado a su novia.
Ella se acurruca de nuevo sobre su lado, abre los
ojos y escucha los sollozos de su novio. Siente una punzada de
culpabilidad, sabe que la culpa de sus lágrimas es de ella. No
quería hacerlo, pero sabía que alguien tenía que matarla, era la
única forma posible. Y tuvo que engañarlo, y él la mató. Pero
nunca sabrá si la mató de verdad o solo se trató de un sueño, un
sueño que tendrá que revivir todas y cada una de las noches de su
vida.
Y notó lágrimas en sus ojos, lágrimas por hacer
daño a alguien que no se lo merecía, por provocar dolor a una buena
persona, por saber que dentro de poco le abandonará para siempre y
romperá su corazón, y porque jamás podrá explicarle la verdad. Y
se odió por primera vez, por hacer daño a un inocente, por haberse
dejado embaucar una vez por alguien que le enseñó el amor; porque
ese hijo de puta que años atrás le enseñó que el amor merecía la
pena, en esas noches de besos y caricias que nunca nadie le había
hecho nunca antes, le hizo entender lo que nunca pudo conocer. Y las
lágrimas surgen al fin, porque sabe que le va a causar el mismo
dolor que a ella le atravesó cuando aquél hombre tuvo que
desaparecer de su vida.