Ahora que nadie se acuerda de ello es un buen momento para recordarla.
Ahora que los viejos y los nuevos líderes, indistinguibles unos de otros, discuten por un pedazo de sillón y cinco minutos en alguna de las prescindibles tertulias que hoy en día nos acosan en televisión a todas horas; ahora que lo importante es hacer el gilipollas en las redes sociales más que sentarse y hablar, negociar y ceder para mejorar este país; ahora que este sistema demuestra su corrupción hasta el tuétano, de la que cada vez menos se libran, dando igual colores e ideologías, lo que nos demuestra que cada vez hay menos diferencias entre unos y otros pese a lo que nos quieran hacer creer, opino humildemente que es el momento de recordarla.
Recordar que aun hay gente que está por encima de la ley, gente otrora todopoderosa pero que hoy, pese a que su papel real en la sociedad es limitado, recibe la patente de corso. No hablamos de arcaicos dioses, sino de tradición, hablamos de una historia llena de guerras civiles y endogamia, una historia de déspotas y felones; una historia muy adecuada a un país como España, llena de innobles tradiciones que consideramos parte de nuestro espíritu que, en mayor o menor medida, han sobrevivido a nuestros días, un país de pandereta y misa, de siesta y procesión, de vino y vasallaje al hombre (rara vez mujer) inadecuado.
País de vasallos cainitas, de lametraseros con ínfulas de monologuistas de tres al cuarto, de autodenominados líderes de izquierdas que en lugar de luchar por un sistema igualitario regalan a los continuadores de las tradiciones que dicen poco estimadas series de televisión con el único objetivo de hacerse la foto y ganar seguidores en twitter.
Vivimos en un país donde la derecha es la de siempre, aunque ahora se han ampliado los pantones para satisfacer a los conservadores, los pseudoliberales que tanto abundan y los guays; la otrora izquierda revolucionaria del puño y la rosa se ha convertido en un acomodado partido liberal en lo económico y algo progresista (pero no mucho) en lo social que tontea con los chungos pero al final acaba en brazos de los que siempre; donde la denostada izquierda se divide entre los que se apropiaron de los movimientos ciudadanos entre cantos de pajaritos azules, los que alguna vez se llamaron comunistas pero que hoy ya no saben ni qué son y los pocos que se tapan la nariz cuando meten la papeleta de la rosa; y los flamantes nacionalistas, independentistas, mierdistas en general que ponen la izquierda como excusa cuando todos sabemos, aunque lo queramos negar, que no hay nada más paleto que alguien que cree que lo suyo es mejor simplemente porque es lo suyo.
Ante todo esto, pienso en la República. Pienso en un sistema en el que todos seamos iguales. Un sistema donde la cuna sea la misma para todos y donde el que llegue sea porque se lo merezca. Una utopía. Como la República Española que muchos soñaron y algunos intentaron en los peligrosos tiempos de entreguerras, cuando las chispas revoloteaban y las ideas eran totalmente libres, sin necesidad de internet ni de ministros que hablan con ángeles. Una gran oportunidad perdida, asesinada por el totalitarismo, el militarismo y las desavenencias entre los propios republicanos.
La República fue un experimento fallido, cierto, pero nunca en este país
ha existido un proyecto como ese. Un proyecto que, pese a su inmadurez y
la oposición de tantos y tantos, logró impulsar por primera vez este
país gracias al esfuerzo de grandes hombres y mujeres que defendieron
unos ideales por los que merecía la pena luchar, logró que la educación
llegara a todos los rincones, logró poner, por única vez en la historia
de este país, de acuerdo a todas las izquierdas. Y, joder, eso sí que es
un logro en este país.
La República no es un símbolo, es una idea. Y como tal la defiendo. Y la apoyo. La República ha sido la única vez en
la historia de este país en la que no mandaron los de siempre. Solo por
eso merece la pena recordarla. Y soñar que quizá algún día, quizá, las
urnas nos den la oportunidad de recuperarla.