28 de febrero de 2017

Tras la barra (1)



En la puerta el guardia de seguridad evita la entrada a dos adolescentes con exceso de coca en sangre y de chulería en el cuerpo, cogiendo a uno del cuello de la americana y dándole un empujón que casi le tira al suelo mientras el segundo suelta gruñidos apenas inteligibles hasta que el hombre amaga ir hacia él y se aparta, cogiendo a su amigo y huyendo entre menciones a la madre de todos los presentes; tras la puerta la cola del baño de mujeres avanza con más lentitud que el masculino, aunque a veces de este salga algún cliente rascándose la nariz y que el siguiente tenga que levantar la tapa.

La música suena cada vez más alta y los hombres beben y se acercan a los grupos de chicas, que se recogen o expanden cual mareas en función de su estado civil y el estado de la ropa interior que decidieron ponerse; alguna sonríe a un comentario y decide darse la vuelta, con dos dedos en los bolsillos del pantalón vaquero y asintiendo, vistiendo media sonrisa en los labios, ante las medias incoherencias de esas conversaciones controladas por el alcohol que nadie sabe bien cómo empiezan y que ellos esperan que acaben en cama ajena y ellas saben, desde el momento en que se dieron la vuelta, cómo terminará.

En la barra la gente va y vuelve con bebidas, los hombres dejan las cazadoras en los ganchos y algunas chicas se sientan en algún taburete, cansadas y aburridas, viendo a su novio y a sus amigos con el enésimo chupito de jaggemeister que todo el mundo sabe cómo terminará, con la única incógnita del punto exacto entre el bar y el taxi donde se cumplirá el destino de todo aquél que prueba el licor de moda; otras bailan, desprendiendo sin quererlo todas las hormonas probables e imposibles en sus gestos, divirtiéndose y moviendo tanto la cabeza como el cuerpo al ritmo de una canción de impronunciable nombre; y muchos las ven, extasiados con la extraña por improvisada pero sublime por lo sensual danza, y algunos se acercan, y comparten varios pasos de baile, y el que intenta acercarse más de lo debido acaba con una sonrisa y quizá, solo quizá, con un beso en la mejilla seguido de un nuevo paso de baile a modo de despedida.

En una de las esquinas de la barra, al lado de un revistero de metal lleno de periódicos viejos y revistas eróticas que hace meses nadie lee, reposan en la barra dos botellines de cerveza a medio beber; el camarero mira hacia ese punto y se encuentra a un viejo conocido con una compañía nueva: él, su habitual, de veintimuchos o quizá ya treinta años, alto y delgado, ojos oscuros y pelo largo, camiseta blanca y unos vaqueros de tiro bajo; ella, también alta, pelo castaño claro con un largo flequillo, gafas de pasta marrón, un vestido corto gris y discretos tacones. Hablan en voz baja, haciendo caso omiso a la música y a la humanidad que, como cada noche, bebe, baila y se droga sin control alguno. El camarero no detecta el mínimo gesto de cariño entre ambos, ni una caricia, ni un triste beso, únicamente se acercan para hablar y sonreír de vez en cuando.