Una de las Aprendices, la más novata, corría sin control, rumbo a su
Maestra, que terminaba de colocarse la máscara que ocultaba su humanidad a
favor del rango como Amazona.
Ahora, en mitad de una Guerra, es cuando al fin entendía la gravedad de su cargo: ella solo quería aprender de los dragones, cuidarles, que fuesen sus aliados; pero sin quererlo, no solo se convirtió en la Maestra más joven que nadie recordaba, el puesto provocó que comenzase a compartir mesa, y dignidad, con el resto de Maestras, donde su voz era respetada por la Junta. Allí discutía el Gobierno y la Guerra, y sus recientes alianzas y la idoneidad de las mismas, junto a la Gobernadora Civil, la Maestra de Farmacia, la Suma Sacerdotisa, la Maestra de Armas y la Custodia de la Hacienda. Y con menos de treinta años, regía el destino de su clan junto a otras cinco Amazonas que al menos le duplicaban la edad.
La Aprendiz llegó a su vera, sin resuello, sujetándose la máscara negra para evitar que se cayese. Comenzó a hablar atropelladamente, todavía sin recuperar el aliento.
-
Maestra, uno de los dragones… está herido
y no podemos controlar su ira… ha herido a dos aprendices.
-
Qué clase de herida tiene, dime.
-
Un lanceo en la barriga, no nos deja
acercarnos. No para de echar fuego y está intentando escapar volando.
-
Es la más joven de las dos, imagino.
Un asentimiento mudo de la joven, al que siguió otro de la Maestra, éste
con gesto grave. Esas heridas podrían ser peligrosas, pensó, no solo para la
bestia, que podría tardar años en recuperarse y perder la escasa fertilidad de
la que era dueña; sobre todo para ellas mismas, un animal descontrolado podría
acabar con cientos de personas en cuestión de minutos, ya que una bestia herida
no distinguía entre amigos y enemigos. Se subió al caballo y tendió la mano a
la Aprendiz.
-
Sube, tenemos que llegar lo antes posible
y todas las manos disponibles son pocas.
La chiquilla asintió, algo cohibida. Se acomodó delante de la Maestra, que
espoleó al caballo y comenzó a galopar.
A los pocos minutos llegaron a su destino. Una de las dragones dormía
plácidamente, pero la otra rugía y lanzaba fuego a todas direcciones, tirando
de la gruesa cadena que le ataba al suelo con violencia, manteniendo a varios
metros de distancia a una docena de Aprendices y a las dos Tenientes que no
sabían cómo reducirla y menos aún tranquilizarla. Algo más lejos, observaban la
escena, intranquilos y con las armas a mano, tanto soldados como guerreras
amazonas.
La Maestra bajó a la niña, y luego bajó ella. Le dio las riendas del
caballo y se acercó a una de las Tenientes, que enarbolaba un tridente de
colores plateados a varios metros del animal; su cuerpo tembloroso, y su
máscara, nacarada, con signos de quemaduras recientes, le dan una bienvenida
nada protocolaria, ya que apenas es capaz de separar sus ojos de los rugidos
del animal, que no dejaba de tirar, haciendo temblar el poste donde se sostenía
la cadena que evitaba quedar libre.
-
Cómo están las Aprendices heridas,
Teniente.
-
Maestra, gracias al cielo que está aquí.
Las dos Aprendices están en reposo, tienen quemaduras leves y algún corte,
aparentemente nada grave, les han aplicado ya remedios y con reposo estarán en
unos días bien.
La Maestra asintió, y sin mediar palabra, cogió el tridente de la Teniente,
le hizo un gesto con una mano y sacó un guante de piel de dragón de su morral,
que se puso en la mano izquierda. Ocultó parte de su cuerpo tras la capa con el
brazo derecho y se acercó, cautelosa, hacia la bestia, apuntando hacia ella con
el tridente fuertemente asido en su mano izquierda.
Caminaba con pasos cuidadosos pero firmes, haciendo una especie de círculo
rodeando al dragón y evitando contacto visual con el mismo. El animal comenzó a
golpear el suelo con la cola, levantando un pesado polvo marrón que entorpecía
la visión. Ella se protegió con su capa y siguió caminando, virando el rumbo
ligeramente y entrando en la nube de polvo, intentando encontrar cierta ventaja
en la niebla.
Tras unos instantes en únicamente podía verse la oscuridad provocada por el
polvo de niebla, se escuchó un golpe y un nuevo rugido del dragón. Nadie podía
ver qué estaba pasando exactamente, pero en ese momento el dragón había caído
al suelo de lado, fruto de un golpe seco en una de sus patas traseras, y al
intentar recuperar el equilibrio, la Maestra había atrapado su pata delantera
con el suelo utilizando el tridente, impidiendo así que pudiese recuperar el
equilibrio.
Sabía que tenía poco tiempo, dejó de protegerse con la capa, rodeó al
animal y llegó a su barriga, donde una punta metálica sobresalía, generando una
pequeña herida que no dejaba de manar sangre. Sin pensarlo, apoyó su mano
izquierda sobre el lomo del dragón, y con la derecha agarró la lanza y la quitó
de un tirón, provocando un temblor del animal y un nuevo rugido de dolor. Tiró
a lo lejos la lanza, y metió la mano en el morral, de donde sacó un frasco
negruzco que abrió con los dientes y vació sobre una herida que no dejaba de
sangrar. Acto seguido, comenzó a correr, apartándose del animal todo lo que
pudo hasta que se libró del tridente, recibiendo los vestigios de un coletazo
en su pierna derecha, que le hizo trastabillar, pero logrando apartarse sin
caer.
El polvo comenzó a levantarse, ya que la bestia comenzó a moverse más
lentamente, dejando de golpear el suelo y de intentar volar. Las llamas también
cesaron al poco, y rápidamente las Aprendices pudieron acercarse
cautelosamente.
La Maestra descubrió a sus pies el pico de lanza que acababa de sacar de la
barriga, lo cogió y, caminando con una leve cojera, salió de la zona de control
que las Tenientes habían establecido a sus órdenes y se acercó a una Teniente
que esperaba en la reserva, a la que dio el pedazo de metal.
-
Maestra, ¿se encuentra bien?
-
Un poco golpeada, Teniente, pero creo que
sobreviviré. Tome, aquí tiene el arma que hirió al dragón.
-
¿Qué le ha hecho?
La Maestra asintió con la cabeza.
-
Aprovechar su ira en mi propio beneficio.
Con la polvareda no veía nada, así que le tiré al suelo y le inmovilicé con el
tridente. Le quité el pincho que le provocaba tanto dolor y le eché
sanguijuelas negras, para que se comieran la infección, y de paso meter en su
torrente sanguíneo la saliva antiséptica necesaria para adormecerla. Por favor,
acercad mi caballo, necesito descansar.
Una Aprendiz trajo el caballo. Ella se montó ágilmente y comenzó a trotar,
rumbo a los pabellones de los oficiales.
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