Nunca olvidaré tu generosidad y todos aquellos momentos de mi infancia donde fuiste el más guay de mis tíos. Ni las rosas que durante tantos años plantaste.
Porque nunca pretendiste ser perfecto, ni nadie te lo exigió nunca, y tus errores fueron perdonados y todos los fallos olvidados.
Y han pasado tres años y queda superado, pero este catorce de abril rompió mi corazón y nunca he sido capaz de rehacer todos los trozos. Y a veces, cuando escucho la canción de las lágrimas para llorar cuando valga la pena, recuerdo cómo aquella semana fui incapaz de llamarte ni una sola vez para preguntarte qué tal estabas. Y joder, joder y mil veces joder... Duele. Y sigue doliendo.
A veces pienso en volver a ser un niño y pisar una vez más el viejo Resbalón y que me llamases pinfloi y merendar una magdalena cuadrada de Martínez; o todas las cenas de Navidad en las que jugaba a ser camarero y me pedías el Deblín Deblón que nunca me explicaste qué era y seguramente te inventaste.
Cómo olvidar a alguien que te dio tanto para recordar. Cómo olvidar... Gracias por lo bueno que nos diste.
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