La conversación es la de siempre: crítica a los jefes y sus interminables payasadas, canciones, el concierto de la próxima semana (en este caso, de esta misma) y la organización del viaje, esta vez toca ir en coche. Lleváis desde julio sin comprar entradas para nada, pero tenéis el ojo echado a varios conciertos, se acabó la locura y comenzó el reposo.
Y de repente comenzáis a soñar.
Últimamente os pasa a veces. Soñais que os toca una cantidad indecente de dinero en el Euromillones, dejáis el trabajo, y montáis una sala de conciertos en Burgos, pequeña, no demasiado grande, para que tu ciudad se convierta en el lugar donde ver a todos esos pequeños grupos que solo conocéis vosotros: Effe, Smoking Souls, Tregua, Corazones Eléctricos, etc. Ella decide que entrada con cerveza cinco pavos, él piensa dónde poner el negocio. Habláis de las movidas entre garitos jevis de Burgos, pero os da igual. Desde luego, si algo tenéis claro es que solo montaríais un bar porque no os hace falta el dinero. Pero antes os iríais quince días a Tenerife, porque las prioridades deben estar claras.
Hay que volver a trabajar. Ella se lleva las galletas sobrantes, dos besos, y al curro. Él se olvida de aquella ensoñación, no cree en loterías, pero no le importaría, aunque sepa que nunca pasará. Nadie sabe si ella lo seguirá pensando más allá de delirios de cafeinómanos, aunque seguro que le pasará como a él. Los sueños son hermosos, pero sueños son.
Por cierto, el nombre que él puso a aquellos desayunos lo seguís utilizando, cada vez que quedáis y os mandáis convocatoria, porque ante todo sois muy profesionales y bastante cuadriculados. Él estaba estudiando todavía protección de datos, ella estaba en su peor momento, y bajasteis un día a ese vending, y hablando de protección de datos, él dijo que era Política de Cookies. Ella se rió, porque la verdad, no fue mal chiste, y así se quedó.
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