Es imposible olvidar aquella sensación, casi un año después. Unas manos que se juntan y una decisión que no tiene vuelta atrás. Un salto al vacío que no sabíamos donde nos iba a llevar pero que dimos, con esperanza de llegar a un punto mejor.
No olvido aquél suelo granate y agrietado ni una vieja barra de madera, ni el grifo con el águila que se convirtió en una estrella. El olor de las cámaras y la sensación al raspar los nudillos contra los congeladores de las cámaras o los botellines de cerveza. El tacto de los corchos y las grietas en las manos los domingos por la tarde.
Pasar tus heladas manos después de un frío día burgalés por la cafetera y oler el grano recién molido de ese fabuloso café que arrancabas sesenta veces al día y que coronabas con una profesional pero humilde gota de espuma que nadie rechazaba.
El olor del último día, el olor de dieciocho años, la olla siempre funcionando y la gente entrando y saliendo, la tragaperras sonando sin cesar y alguien cantando un gol de cristiano y otra liga de messi, el ruido de un vaso roto y notar el cristal acariciando tu piel, la tinta de un periódico a primera hora y el olor a lejía antes de cerrar la puerta, un día más.
Los recuerdos son caprichosos, y casi siempre te vienen con el insomnio.
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