(v.1)
Hola,
Miedo.
Hace
tiempo que tendría que haberte escrito. O haber hablado contigo directamente.
Quizá tendría que haberlo hecho hace unos cuantos años. Con quince años, cuando
peor estaba. O con veintipocos, cuando estaba en la facultad, intentando encontrarme
a mí mismo. Quizá cuando mis padres dejaron el bar, para empezar a vivir mi
vida desde ese momento.
Pero
no te voy a engañar. Has estado tanto tiempo oculto que no era capaz de
distinguir que eras tú quien estaba detrás de todo. Nunca he podido verbalizar,
ni poner cara al responsable de todo esto. Puedes decir que no vaya ahora con
mierdas, que tú formas parte de mí, por lo tanto, soy yo el responsable de
todo. Ajá. Sí y no, Miedo.
Tú
formas parte de mí, pero yo soy mucho más que tú. Pero no he podido identificarte
correctamente entre tanta duda, incertidumbre, falta de autoestima, como
quieras llamarlo, una o infinitas causas; pero mira, ahora que al fin he
logrado descubrir que eras tú, es buen momento para ponerme frente a ti y hablar
contigo.
Tengo
muchas cosas que decirte, y aunque me cueste mucho ordenarlas en mi cabeza, no digo
ya verbalizarlas, quiero decírtelas, una a una. Espero no dejarme nada. Si es
así, no te preocupes que seguiremos en contacto.
Uno: me ha costado mucho entender qué ocurría en mi vida, y eras tú,
Miedo. Y me ha costado mucho más entender que todo lo que has hecho en mi vida
ha sido por mi bien.
Como
eres parte de mí, sabes mejor que nadie que mi vida no ha sido la más fácil del
mundo. No me gusta ir de víctima por la vida, pero lo he pasado mal. Mi carácter
ha sido el que ha sido, retraído, con dificultad para hacer amigos, y eso me ha
pasado siempre factura, desde pequeño, en el colegio. Aunque me reitere, sabes
bien que lo pasé mal y ahí estuviste tú, haciendo lo que podías, ayudándome a
sobrevivir en el colegio, y también un poco en el instituto. A veces te imagino
achicando agua de un barco que se hunde en esos años jodidos.
Cuando
escribo esto, pienso en muchas cosas de aquellos años, y alguna de más
adelante, y no quiero explayarme en ellas, pero algunas que recuerdo me siguen
haciendo pupa en las entrañas. ¿Te acuerdas de Víctor? Han pasado muchos años,
pero sigo acordándome de él de vez en cuando. O de Diego, le había olvidado,
pero últimamente me viene a veces a la memoria, quizá porque es peor la pérdida
de un amigo que la traición de un enemigo.
Me
estoy desviando, discúlpame.
Cuando
eres niño no tienes muchas veces la capacidad de expresar lo que sientes, ni
dispones de herramientas suficientemente robustas para salir adelante, así que
fuiste tú el que cogió los mandos cuando la cosa no estaba relacionada con los
libros y el estudiar, y empezaste a tejer una coraza en mí, para evitar que me
hiciesen daño. Fue un gran trabajo. Me protegiste de la mejor forma que supiste:
a) encapsulaste mis sentimientos, y b) me hiciste desconfiado. Y años después,
no recuerdo cuando fue, me hiciste ver que no es bueno expresar mis emociones,
y el punto “a” se hizo más fuerte si cabe. Me he tirado años sin saber expresar
mis emociones, y las pocas veces que lo hacía, era un desastre absoluto.
Pero,
como bien me han ayudado a ver estos últimos meses, esas fueron las
herramientas que tenía y que utilizaste, y me ayudaron a seguir adelante, a
esperar tiempos mejores, que llegaron.
Dos: sabes ese gag que a veces hay en los dibujos animados, donde un
personaje pequeño intenta pegarle a otro más grande que él, y el más grande le
para apoyando la palma de su mano en la cabeza, y el pequeño sigue intentando
caminar hacia adelante con cara cabreada pero no puede avanzar y llegar a su
destino.
Con
los años, he estado peleando contra algo que no sabía qué era exactamente. Era
más grande que yo. Algunas veces he podido superarlo, es innegable, cuando
invité a quedar a esa chica, o cuando me vine a Madrid a una casa sin contrato,
o cuando P me propuso ir juntos a algún concierto, o cada vez que voy a donar
sangre y acabo grogui en la camilla, unas cuantas veces. Siempre pienso que han
sido pocas, pero he conseguido unas cuantas cosas bastante notables en mi vida muchas
de ellas luchando contra eso que no sabía que era, por lo que no vamos a
ahondar más en ello.
Pero
me vuelvo a desviar, ya me conoces y sabes que me gusta divagar.
En
estos últimos meses he descubierto qué era el personaje grande que ponía su
mano en mi cabeza y me impedía avanzar. Y eras tú. No te echo la culpa, ya que
es posible que ni siquiera tú sabías lo que me estabas haciendo, pero es cierto
que esa coraza de la que hablaba antes se hizo demasiado espesa, demasiado
gruesa. Y ahora, al fin, he visto que el paso de los años ha provocado que el
miedo se vaya acumulando: miedo, miedo, miedo, miedo, miedo, miedo.
Sí,
estás ahí, enquistado en mi vida, impidiéndome hacer cosas que deseo hacer para
ser feliz, impidiéndome tomar decisiones que deseo tomar para llegar a esa
felicidad que deseo. Las defensas que creaste me han detenido. Y me cuesta
avanzar.
Tres: la coraza de la que te he estado hablando. Como no sabía bien
qué me pasaba ni cómo solucionarlo, y como la vida me había superado por
completo, decidí buscar ayuda. Tuve suerte y encontré rápido a alguien que vi
que me podía ayudar. Y tras muchos meses de hablar con Jorge (así se llama), y de
hacer preguntas y yo responderlas, y de escribir y de pintar en hojas de papel
y de hacer ejercicios, llevo ya casi un año descifrando esa coraza que creaste
para ayudarme.
Y
lo que es más importante, me está ayudando a ir quitando poco a poco piezas de
esa coraza. Está muy dura, mucho más de lo que imaginaba, y hay aristas que son
más difíciles de limar que otras y me está costando mucho acabar con ella.
Aparte,
por si no lo sabes, por ahí pulula ese bicho que se parece tanto al Gato Risón
de Alicia en el País de las Maravillas (sí, esa peli de Disney), y de vez en
cuando se me aparece y me recuerda eso que tanto me duele y que prácticamente
nadie sabe y que he conseguido poner frente a mí.
Cuatro: en fin, Miedo, no quiero contarte todo lo que ya sabemos los
dos, porque lo he pensado mil veces, lo he escrito otras tantas, en libretas y papeles
que estarán por algún rincón, muertos de risa. No voy a enumerar todas las
veces que la herramienta que hiciste para defenderme me has impedido hacer lo
que deseaba.
En
su día me ayudaste. Me protegiste de un mundo que no entendía, para el que no
estaba preparado, y lo hiciste con pocas herramientas, pero es innegable que
pude salir adelante.
También
es innegable que nunca me has querido hacer daño, pero (y ya sabes que todo lo
que hay antes del pero no cuenta) me lo estás haciendo. Me estás
impidiendo tomar decisiones que me hagan feliz, me estás obstaculizando para
poder enfrentarme a lo que me duele y no estás ayudando a dominar a ese maldito
gato del que te he hablado antes.
No
lo haces a propósito, pero eso ya no importa. Me dueles. Y me haces daño. Y
tienes que dejar de hacerlo. Y vas a dejar de hacerlo. Voy a romper esa coraza
y salir de ahí.
Sé
que estarás ahí, porque siempre estarás ahí, recordándome el daño que me
hicieron, intentando protegerme. Pero voy a exponerme a lo que me hace daño, a
lo que me incomoda, voy a seguir hacia adelante y voy a darme de hostias con lo
que haga falta, con la coraza, con ese maldito gato, y con lo que se ponga por
delante. Será difícil, pero lo lograré.
En
la coraza sé que hay fugas, las estoy consiguiendo poco a poco, en algunas
zonas ya veo rayos de luz que me dan calor y me alivian. Una de las más
importantes fue cuando acordé hacerme un tatuaje con P, una expresión que
significa mucho más de lo que parece a simple vista, y que me hice en el brazo
izquierdo, para poder verlo y darme ánimos. Esa frase, bien la conoces, es ahora
es cuando. Y poco a poco estoy asimilando esas palabras.
Ahora
es cuando, Miedo. Gracias por lo que has hecho por mí, pero vas a pasar a un
segundo plano de mi vida en los próximos meses.
Eres
poderoso. Pero yo lo voy a ser más.
No
lo olvides.
DRB.
No hay comentarios:
Publicar un comentario