Era un dragón encarnado y flamígero, de ojos verdes levemente rasgados sombreados en ocre, melena caoba y ondulada, labios gruesos a juego con sus ojos, siempre con la enigmática media sonrisa que sugería más de lo que mostraba.
La conocí en un concierto al que fui solo, éramos como treinta personas en la sala y ella también estaba sola, bailando sin parar, cantando infinitos himnos, saltando y girando al ritmo de los riffs, levantando sus brazos desnudos y sus manos enguatadas, levantando levemente el vuelo de su vestido negro, sus medias negras y las doc martens que parecían no pesarle lo más mínimo.
En un momento hubo un conato de pogo y sin pensarlo, comenzamos a chocar entre nosotros y ella me agarró del hombro y comenzamos a berrear, agarrados, el himno con el que terminó el primero de los grupos de aquella inolvidable noche. Ella me soltó, yo la miré de cerca, exhausta y sudada por el calor de la sala, con esa mirada decidida que comenzó a clavarse en mí, y mis labios dijeron dos palabras que me cambiaron la vida.
"Una cerveza?"
La primera la pagué yo, la segunda ella. En su brazo derecho tenía una mariposa y una o dos frases que ya no recuerdo, en el izquierdo la protegía el cuerpo de un dragón japonés cuya cabeza, siempre atenta, dormía sobre su hombro. Por aquella época yo todavía no tenía tatuajes, pero sabía con quién me iba a hacer el primero.
Dijo que se llamaba Celia, que tenía veintitantos y que amaba ir sola a conciertos rockeros y jevis ella sola, con su vestido de gala, y dejarse llevar por la música con una o dos cervezas para olvidarse de una mierda de mundo y de vida que nunca quiso contarme. Sentí como un triunfo cada sonrisa que conseguí sonsacarla con mis chistes malos y mi escaso ingenio.
Durante todo el segundo concierto estuvimos juntos, saltando, gritando, bailando, montando y metiéndonos en todos los pogos habidos y por haber.
Cuando acabó el concierto pedimos la segunda cerveza, y estuvimos hablando durante lo que me pareció horas, de música, de libros y de muchas más cosas, pero sobre todo de música. Al terminar la segunda cerveza nos teníamos que ir, y fuimos juntos hasta el metro de Santiago Bernabeu. La noche era fresca, y el cielo amenazaba lluvia, y Ella me agarró del brazo durante casi todo el camino hasta el metro.
Al pasar los tornos cada uno tomó su camino. Y entonces, me besó. No me lo esperaba, y no fue un gran beso, poco mas que un pico que no duró más que un instante. Adiós, ya nos veremos. Y tomó su camino, pisando con fuerza sus doc martens sobre el azulejo.
Bajé las escaleras, y al llegar al andén había bastantes personas en el sentido contrario, pero ella no estaba. Esperé al siguiente tren, y ella no apareció. Me monté en el tren, y desde entonces no he sido capaz de dejar de pensar en ella.
No nos dimos los teléfonos. No la he vuelto a ver. No se lo he contado a nadie hasta ahora. Porque no hay forma de demostrar que conocí a una mujer que dijo llamarse Celia esa noche en una sala de conciertos de Madrid. Y porque, según pasan los días, yo mismo soy Incapaz de saber si lo que pasó aquella noche sucedió de verdad o solo fue fruto de mi imaginación.
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