No hay peor resaca que aquella que viene de las entrañas. Que te pregunta y no cesa de golpearte las pocas neuronas hábiles que te quedan un domingo por la tarde.
En la calle huele a meados. Y a vino rancio.
En la que tantas preguntas concretas se convierten en cuestiones abstractas y te retrotraen y te llenan de "y si".
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