23 de abril de 2014

el bar



Esto es difícil de explicar… 

Es decir: cada vez que voy un fin de semana o a pasar unos días libres a Burgos me agobio por lo que voy a hacer una vez allí. Pero por otra parte lo hago porque quiero. Mejor dicho, porque debo, aunque nadie me obligue. Un puto oxímoron, eso es lo que es el bar para mí. Y mi vida en Burgos es prácticamente el bar.

El bar de mis padres, el lugar donde voy, siempre que estoy en Burgos, a trabajar. Echar una mano es un eufemismo alejado de la realidad, que consiste en tirarme allí horas y horas, algunas jornadas de hasta dieciséis horas, en las últimas fiestas locales; y jornadas de doce y catorce horas seguidas en navidades. Es decir, tener vacaciones de navidad o de pascua, o un puente, coger el coche y tirar para Burgos. Y meterte tras una barra. Y a veces cogerse días libres de tu trabajo para ir y echar una mano. Por ejemplo, en fiestas locales o cuando la final de copa. Y seguir haciéndolo.

Claro, por qué me quejo, si voy y no estoy obligado, y me tiro allí mil horas y no tendría por qué hacerlo. Eso es lo que no se entiende. Y por lo que he tenido discusiones. Y por lo que he perdido gente. Aunque la verdad es que ya me da igual, si he perdido gente por esta mierda dudo que alguna vez se hubieran puesto en mi lugar y hubiesen intentado entender mis motivos, así que ni tan mal.

El bar es un negocio familiar, no hay una gran empresa detrás ni tampoco una franquicia. Por lo tanto, son mis padres los que se tiran allí noventa horas a la semana divididas en seis días, abriendo a las nueve y media de la mañana y no entrando por la puerta de casa nunca antes de medianoche. Llevan allí más de quince años, y el paso de los años y el trabajo que tienes que dedicarle a un bar para obtenerle beneficios se nota. Y demasiado. Y cada vez más.

Claro, siempre algún iluminado puede decir que se gana mucho dinero, o las típicas mierdas de los módulos, o de la caja b y las facturas sin iva. Si piensas así, pues mira, imbécil, monta un bar e intenta ganar dinero con él. A ver si después de mancharte un poco las manos se te quita la tontería de la cabeza. Evidentemente, se gana dinero. Pero el precio que pagas es demasiado alto. Monta un bar y cuando lleves quince años trabajando ochenta horas a la semana y aguantando subnormales hablamos de lo que quieras. Hasta entonces cierra la puta boca. Ser tu propio jefe es muy sacrificado, tener que currártelo tú mismo es jodidamente duro si te lo tomas en serio, y desde luego que montar un bar y sacarlo adelante es una de las cosas más sacrificadas que hay en el mundo.

El precio de tener un bar familiar… esa es la clave. No es ya tu propio sacrificio, o el de tu mujer. También es el sacrificio de toda tu familia. La comida, la ropa y el dinero para estudios y caprichos salen de detrás de la barra. Y ya sabes lo que toca si quieres que las cosas salgan para adelante. Y allí empecé yo con quince años a tirar cafés, mientras estudiaba. Y mi madre desde primera hora de la mañana, haciendo tortillas y pinchos; y mi hermano, desde que me fui para Madrid, metiendo unas cuantas de las horas que metía yo antes. Y yo, cada vez que vuelvo a Burgos, claro.

Estoy en el bar porque tengo que estar, porque es el negocio de mis padres y hay que echarles una mano. Así de simple. No tengo obligaciones tangibles y, desde luego, tampoco tengo ninguna necesidad de estar allí, mi trabajo en Madrid es lo suficientemente bueno y me proporciona suficientes ingresos y días libres a la semana como para vivir bastante bien. Y el bar en Burgos no me da dinero alguno. Pero es una obligación familiar y tengo que estar. Y posiblemente una obligación moral: yo no puedo ir a Burgos y no ir al bar. Pero no porque nadie me vaya a decir nada, sino porque yo mismo no podría hacerlo. Así de simple. Y a la vez así de complejo.

Es simple porque la explicación va corta y al pie, pero también es compleja porque entro en conflicto conmigo mismo. Cuando llega el viernes me gusta descansar y hacer mis cosas, pasar el fin de semana tranquilo, quedar con gente que no puedes ver a diario, dormir más horas. Lo que a todos nos gusta hacer el fin de semana. Pero cada dos semanas voy a Burgos y allí veo a las personas más importantes para mí y se me cae el alma a los pies. Y en mi conflicto olvido lo que quiero hacer (y creo que me he ganado), me pongo un chándal y una camiseta vieja y me meto tras la barra. Así que apenas quedo un rato con mis amigos el sábado y poco más. Y el domingo vuelvo a Madrid más cansado de lo que fui. Y así paso mi vida.

Empecé a poner cafés en el año dos mil, y hasta que encontré trabajo en Madrid, en verano de dos mil once, calcula las horas que me pasé allí. Instituto, facultad, postgrado. Cuando empecé a trabajar, en dos mil siete, compaginaba la facultad con ese trabajo y con el bar. Y con salir de vez en cuando a tomar una cerveza, claro. Todos los días el bar, como un mantra. Daba igual sol que lluvia que día que noche que cualquier cosa. Y los largos meses que estuve en el paro entre dos mil nueve y dos mil once, ni sé las horas diarias que podía llegar a hacer.

Odio el bar. Es así de simple. Odio ir a Burgos y no poder disfrutar de mis días libres. Odio no poder descansar la mitad de fines de semana, y odio que los viernes que me quedo en Madrid esté tan cansado que nunca me apetezca hacer planes y me tenga que esforzar por salir de casa y comer o tomar unas cervezas por allí. Y odio, sobre todo, el haber convertido al culpable de algunos de mis principales defectos en excusa para defenderme tantas veces de ese cambio que tanto he necesitado muchas veces, y que desde luego si algo no me está ayudando a conseguirlo es permanecer detrás de esa puta barra. Sí, odio que haya convertido al bar tantas veces en una excusa para no dar un paso adelante. Odio haber sido tan cobarde para tantas cosas… de algunas todavía me sigo arrepintiendo.


El bar es mi particular guerra. He ganado batallas y me ha servido para aprender qué es el trabajo. He aprendido muchas cosas que son útiles para el mundo real (más que estudiando ADE, desde luego) y he espabilado en bastantes cosas. Sin embargo, la guerra estuvo perdida desde el primer día. Nadie en su sano juicio y con capacidad para hacer otra cosa quiere montar un bar. Y si alguien quiere montar un bar lo siento, pero a lo mejor necesita un par de visitas a un psiquiatra. Y si la guerra estaba perdida era porque mi padre me dijo una cosa poco después de la primera vez que entré en la barra: yo podía hacer lo que quisiera con mi vida, pero si no quería hacer nada al bar que iba. Con perspectiva, te va a gustar de cojones un sitio al que tienes que ir porque no te queda más remedio. Tengo perdida la guerra psicológica con el puto bar. Y no creo que la remonte ya, sin ver todavía el final, al que ya considero el día más feliz de mi vida, el último día que tenga que estar tras esa barra.

Por último, decir que gracias al bar he creado una lista de personajes que no querré volver a ver en mi vida. Impresentables e iletrados, gilipollas que se creen sabios por saber juntar la a con la ese y hacer que leen la portada del as pero que no son capaces ni de dar diez pasos fuera de su casa sin pisar un bar y ver su contraportada. Alcohólicos irredentos que no me dan ninguna pena. No es bonito decir eso, está claro. Pero tampoco es bonito aguantar desprecios de gentuza solo porque estás al otro lado de la barra. Y que te vengan diciendo que acabarían con la crisis en dos días antes de gastarse sesenta euros en las tragaperras. Y de emborracharse mientras echan la culpa a la juventud de sus problemas. Y de aquel subnormal que decía que la culpa de la crisis era de los que estudiábamos una carrera universitaria (nota: ese día no me pude callar, y fue dado, cosa que sorprendió a mi padre, nada acostumbrado a meterme en estas cosas). Y el tener que aguantar y callar. Que aquí todos tenemos mucha paciencia, pero mis cojones treinta y tres. La paciencia es trabajar de cara al público, y más todavía con público del que se cree que lo sabe todo. Y aguantar, porque esos idiotas son los que pagan tu carné de conducir, la carrera de tu hermano y la jubilación de tus padres. Es un punto de vista necesario. El día que cerremos la puerta para siempre, desde luego que por fin podré mandar a la mierda a mucha gente.

Tonto los cojones, si sabes que no puedes fumar aquí dentro, por qué sigues soltando la misma pollada todas las semanas. ¿Te crees que te vamos a dejar fumar por tu cara de cerdo pederasta? Vete de putas un rato, anda, asqueroso, no me extraña que nadie te quiera, alcoholizado con cuarenta y cinco años y casado con una perturbada mental que todo lo que toca lo convierte en veneno. Y vas de superior a mí cuando llevas cuarenta años moviendo un puto dedo en tu trabajo y ya eres más ancho que alto, y presumes de enchufes que no tienes. Y siempre te las diste de rojo y sindicalista, hasta que un día el alcalde de Burgos te untó el morro con un sobre de esos y de repente fuiste del pepé de toda la puta vida. Y te crees que soy un vendido porque me he ido fuera de Burgos a trabajar y me he comprado un coche nuevo cuando tú llevas veinte años viviendo del sindicato y te compraste el mercedes más barroco que encontraste para dar envidia. Y los hijos más tontos son los de los demás cuando el mayor mérito de tu hija es haber dado un braguetazo con un… ¡teniente! del ejército y haberse convertido en una mantenida después de casarse en la catedral, y al inteligente de tu hijo le echaron del ejército de tierra por vago y ahora malvive en empleos precarios sin haber terminado la ESO. Y votas al pepé y eres del Real Madrid, o votas al pesoe y eres del Barcelona, y mientras recortan tus derechos haces el donkey Kong con la décima cerveza y ves que Cristiano, Bale, Messi o Iniesta marcan un gol. O date importancia, porque una vez fuiste delegado de un equipo de fútbol sala, pero eso sí, lo más largo que has sido capaz de leer desde que dejaste el colegio después de octavo de primaria ha sido la columna de Inda en el Marca, mientras la repetías a voz en grito a todo aquél que quisiera, o que no, y de paso soñabas con la felación que le harías a Guardiola o a Mourinho.

Qué ganas tengo de daros en los morros. Yo soy el hijo de un camarero de un barrio de Burgos que ha llegado muy lejos, todo a base de trabajar, aguantar y sufrir. Y callar demasiado. Recordando mis orígenes e intentando no olvidar la humildad de mis principios (resulta difícil olvidar mis principios después de todo esto que he contado, y más difícil conociendo a mi familia y amigos). ¿Y vosotros? Muchos no sois más que una pandilla de vagos indolentes que pierden sus días en los bares, solucionando con blasfemias el mundo que tanto habéis ayudado a crear, resolviendo los paneles de la ruleta de la suerte cuando ya los ha adivinado el concursante. Y dándooslas de listos, claro. Que sois los más listos del mundo. Eso sí, el día que no tenga que volver a poneros un vino, lo siento, pero se va a reír de vosotros vuestra puta madre, a esa que matasteis a disgustos.


Gracias a los que entienden toda esta incongruencia, y a los que me ayudan a no olvidar mis orígenes. Y también gracias a los que me ayudan con esta particular guerra conmigo mismo. Y a los que siguen a mi lado pese a las veces que les he dicho que no a cervezas, conciertos y viajes por culpa del bar. Que sois los mismos de siempre, sí, pero no veáis cómo os agradezco que sigáis a mi lado y me ayudéis a mantener la cordura en según qué días.