Esto es difícil de explicar…
Es decir:
cada vez que voy un fin de semana o a pasar unos días libres a Burgos me agobio
por lo que voy a hacer una vez allí. Pero por otra parte lo hago porque quiero.
Mejor dicho, porque debo, aunque nadie me obligue. Un puto oxímoron, eso es lo
que es el bar para mí. Y mi vida en Burgos es prácticamente el bar.
El bar de mis padres, el lugar donde
voy, siempre que estoy en Burgos, a trabajar. Echar una mano es un eufemismo
alejado de la realidad, que consiste en tirarme allí horas y horas, algunas
jornadas de hasta dieciséis horas, en las últimas fiestas locales; y jornadas
de doce y catorce horas seguidas en navidades. Es decir, tener vacaciones de
navidad o de pascua, o un puente, coger el coche y tirar para Burgos. Y meterte
tras una barra. Y a veces cogerse días libres de tu trabajo para ir y echar una
mano. Por ejemplo, en fiestas locales o cuando la final de copa. Y seguir
haciéndolo.
Claro, por qué me quejo, si voy y no
estoy obligado, y me tiro allí mil horas y no tendría por qué hacerlo. Eso es
lo que no se entiende. Y por lo que he tenido discusiones. Y por lo que he
perdido gente. Aunque la verdad es que ya me da igual, si he perdido gente por
esta mierda dudo que alguna vez se hubieran puesto en mi lugar y hubiesen
intentado entender mis motivos, así que ni tan mal.
El bar es un negocio familiar, no hay
una gran empresa detrás ni tampoco una franquicia. Por lo tanto, son mis padres
los que se tiran allí noventa horas a la semana divididas en seis días,
abriendo a las nueve y media de la mañana y no entrando por la puerta de casa
nunca antes de medianoche. Llevan allí más de quince años, y el paso de los
años y el trabajo que tienes que dedicarle a un bar para obtenerle beneficios
se nota. Y demasiado. Y cada vez más.
Claro, siempre algún iluminado puede
decir que se gana mucho dinero, o las típicas mierdas de los módulos, o de la
caja b y las facturas sin iva. Si piensas así, pues mira, imbécil, monta un bar
e intenta ganar dinero con él. A ver si después de mancharte un poco las manos
se te quita la tontería de la cabeza. Evidentemente, se gana dinero. Pero el
precio que pagas es demasiado alto. Monta un bar y cuando lleves quince años
trabajando ochenta horas a la semana y aguantando subnormales hablamos de lo
que quieras. Hasta entonces cierra la puta boca. Ser tu propio jefe es muy
sacrificado, tener que currártelo tú mismo es jodidamente duro si te lo tomas
en serio, y desde luego que montar un bar y sacarlo adelante es una de las
cosas más sacrificadas que hay en el mundo.
El precio de tener un bar familiar…
esa es la clave. No es ya tu propio sacrificio, o el de tu mujer. También es el
sacrificio de toda tu familia. La comida, la ropa y el dinero para estudios y
caprichos salen de detrás de la barra. Y ya sabes lo que toca si quieres que
las cosas salgan para adelante. Y allí empecé yo con quince años a tirar cafés,
mientras estudiaba. Y mi madre desde primera hora de la mañana, haciendo
tortillas y pinchos; y mi hermano, desde que me fui para Madrid, metiendo unas
cuantas de las horas que metía yo antes. Y yo, cada vez que vuelvo a Burgos,
claro.
Estoy en el bar porque tengo que
estar, porque es el negocio de mis padres y hay que echarles una mano. Así de
simple. No tengo obligaciones tangibles y, desde luego, tampoco tengo ninguna
necesidad de estar allí, mi trabajo en Madrid es lo suficientemente bueno y me
proporciona suficientes ingresos y días libres a la semana como para vivir
bastante bien. Y el bar en Burgos no me da dinero alguno. Pero es una
obligación familiar y tengo que estar. Y posiblemente una obligación moral: yo
no puedo ir a Burgos y no ir al bar. Pero no porque nadie me vaya a decir nada,
sino porque yo mismo no podría hacerlo. Así de simple. Y a la vez así de
complejo.
Es simple porque la explicación va
corta y al pie, pero también es compleja porque entro en conflicto conmigo
mismo. Cuando llega el viernes me gusta descansar y hacer mis cosas, pasar el
fin de semana tranquilo, quedar con gente que no puedes ver a diario, dormir
más horas. Lo que a todos nos gusta hacer el fin de semana. Pero cada dos
semanas voy a Burgos y allí veo a las personas más importantes para mí y se me
cae el alma a los pies. Y en mi conflicto olvido lo que quiero hacer (y creo
que me he ganado), me pongo un chándal y una camiseta vieja y me meto tras la
barra. Así que apenas quedo un rato con mis amigos el sábado y poco más. Y el
domingo vuelvo a Madrid más cansado de lo que fui. Y así paso mi vida.
Empecé a poner cafés en el año dos
mil, y hasta que encontré trabajo en Madrid, en verano de dos mil once, calcula
las horas que me pasé allí. Instituto, facultad, postgrado. Cuando empecé a
trabajar, en dos mil siete, compaginaba la facultad con ese trabajo y con el
bar. Y con salir de vez en cuando a tomar una cerveza, claro. Todos los días el
bar, como un mantra. Daba igual sol que lluvia que día que noche que cualquier
cosa. Y los largos meses que estuve en el paro entre dos mil nueve y dos mil
once, ni sé las horas diarias que podía llegar a hacer.
Odio el bar. Es así de simple. Odio ir
a Burgos y no poder disfrutar de mis días libres. Odio no poder descansar la
mitad de fines de semana, y odio que los viernes que me quedo en Madrid esté
tan cansado que nunca me apetezca hacer planes y me tenga que esforzar por
salir de casa y comer o tomar unas cervezas por allí. Y odio, sobre todo, el
haber convertido al culpable de algunos de mis principales defectos en excusa
para defenderme tantas veces de ese cambio que tanto he necesitado muchas
veces, y que desde luego si algo no me está ayudando a conseguirlo es
permanecer detrás de esa puta barra. Sí, odio que haya convertido al bar tantas
veces en una excusa para no dar un paso adelante. Odio haber sido tan cobarde
para tantas cosas… de algunas todavía me sigo arrepintiendo.
El bar es mi particular guerra. He
ganado batallas y me ha servido para aprender qué es el trabajo. He aprendido
muchas cosas que son útiles para el mundo real (más que estudiando ADE, desde
luego) y he espabilado en bastantes cosas. Sin embargo, la guerra estuvo
perdida desde el primer día. Nadie en su sano juicio y con capacidad para hacer
otra cosa quiere montar un bar. Y si alguien quiere montar un bar lo siento,
pero a lo mejor necesita un par de visitas a un psiquiatra. Y si la guerra
estaba perdida era porque mi padre me dijo una cosa poco después de la primera
vez que entré en la barra: yo podía hacer lo que quisiera con mi vida, pero si
no quería hacer nada al bar que iba. Con perspectiva, te va a gustar de cojones
un sitio al que tienes que ir porque no te queda más remedio. Tengo perdida la
guerra psicológica con el puto bar. Y no creo que la remonte ya, sin ver
todavía el final, al que ya considero el día más feliz de mi vida, el último
día que tenga que estar tras esa barra.
Por último, decir que gracias al bar he
creado una lista de personajes que no querré volver a ver en mi vida.
Impresentables e iletrados, gilipollas que se creen sabios por saber juntar la a con la ese y hacer que leen la portada del as pero que no son capaces ni
de dar diez pasos fuera de su casa sin pisar un bar y ver su contraportada.
Alcohólicos irredentos que no me dan ninguna pena. No es bonito decir eso, está
claro. Pero tampoco es bonito aguantar desprecios de gentuza solo porque estás
al otro lado de la barra. Y que te vengan diciendo que acabarían con la crisis
en dos días antes de gastarse sesenta euros en las tragaperras. Y de
emborracharse mientras echan la culpa a la juventud de sus problemas. Y de
aquel subnormal que decía que la culpa de la crisis era de los que estudiábamos
una carrera universitaria (nota: ese día no me pude callar, y fue dado, cosa
que sorprendió a mi padre, nada acostumbrado a meterme en estas cosas). Y el
tener que aguantar y callar. Que aquí todos tenemos mucha paciencia, pero mis
cojones treinta y tres. La paciencia es trabajar de cara al público, y más todavía
con público del que se cree que lo sabe todo. Y aguantar, porque esos idiotas
son los que pagan tu carné de conducir, la carrera de tu hermano y la
jubilación de tus padres. Es un punto de vista necesario. El día que cerremos
la puerta para siempre, desde luego que por fin podré mandar a la mierda a
mucha gente.
Tonto los cojones, si sabes que no
puedes fumar aquí dentro, por qué sigues soltando la misma pollada todas las
semanas. ¿Te crees que te vamos a dejar fumar por tu cara de cerdo pederasta?
Vete de putas un rato, anda, asqueroso, no me extraña que nadie te quiera,
alcoholizado con cuarenta y cinco años y casado con una perturbada mental que
todo lo que toca lo convierte en veneno. Y vas de superior a mí cuando llevas
cuarenta años moviendo un puto dedo en tu trabajo y ya eres más ancho que alto,
y presumes de enchufes que no tienes. Y siempre te las diste de rojo y
sindicalista, hasta que un día el alcalde de Burgos te untó el morro con un
sobre de esos y de repente fuiste del pepé de toda la puta vida. Y te crees que
soy un vendido porque me he ido fuera de Burgos a trabajar y me he comprado un
coche nuevo cuando tú llevas veinte años viviendo del sindicato y te compraste
el mercedes más barroco que
encontraste para dar envidia. Y los hijos más tontos son los de los demás
cuando el mayor mérito de tu hija es haber dado un braguetazo con un… ¡teniente!
del ejército y haberse convertido en una mantenida después de casarse en la
catedral, y al inteligente de tu hijo le echaron del ejército de tierra por
vago y ahora malvive en empleos precarios sin haber terminado la ESO. Y votas
al pepé y eres del Real Madrid, o votas al pesoe y eres del Barcelona, y mientras
recortan tus derechos haces el donkey Kong
con la décima cerveza y ves que Cristiano, Bale, Messi o Iniesta marcan un gol.
O date importancia, porque una vez fuiste delegado de un equipo de fútbol sala,
pero eso sí, lo más largo que has sido capaz de leer desde que dejaste el
colegio después de octavo de primaria ha sido la columna de Inda en el Marca,
mientras la repetías a voz en grito a todo aquél que quisiera, o que no, y de
paso soñabas con la felación que le harías a Guardiola o a Mourinho.
Qué ganas tengo de daros en los
morros. Yo soy el hijo de un camarero de un barrio de Burgos que ha llegado muy
lejos, todo a base de trabajar, aguantar y sufrir. Y callar demasiado.
Recordando mis orígenes e intentando no olvidar la humildad de mis principios
(resulta difícil olvidar mis principios después de todo esto que he contado, y
más difícil conociendo a mi familia y amigos). ¿Y vosotros? Muchos no sois más
que una pandilla de vagos indolentes que pierden sus días en los bares,
solucionando con blasfemias el mundo que tanto habéis ayudado a crear,
resolviendo los paneles de la ruleta de
la suerte cuando ya los ha adivinado el concursante. Y dándooslas de
listos, claro. Que sois los más listos del mundo. Eso sí, el día que no tenga
que volver a poneros un vino, lo siento, pero se va a reír de vosotros vuestra puta
madre, a esa que matasteis a disgustos.
Gracias a los que entienden toda esta
incongruencia, y a los que me ayudan a no olvidar mis orígenes. Y también
gracias a los que me ayudan con esta particular guerra conmigo mismo. Y a los
que siguen a mi lado pese a las veces que les he dicho que no a cervezas,
conciertos y viajes por culpa del bar. Que sois los mismos de siempre, sí, pero
no veáis cómo os agradezco que sigáis a mi lado y me ayudéis a mantener la
cordura en según qué días.