19 de junio de 2016

Instinto de supervivencia




La oscuridad siempre se ha asociado al miedo, a los secretos y a la maldad. La mitad del día que vivimos es presa de la noche, cuando la luz dio paso a la esquiva luna y las inútiles estrellas. Los ancestros de los seres humanos aprendieron a controlar su miedo a aquellas alimañas y depredadores, más fuertes y hábiles en la penumbra, cuando descubrieron y controlaron el fuego. Iluminar la oscuridad fue el primer triunfo ante la naturaleza, el primer método para delimitar qué saldría de lo desconocido y estaría a nuestra disposición.

Se asume que fue un rayo el que provocó el primer incendio, hace más de cinco millones de años; y se cree que fue el homo erectus, hace más de un millón, el primero que consiguió, seguramente después de grandes esfuerzos, dominarlo. Estos fueron los primeros en ganar a la naturaleza y a las especies más fuertes que poblaban aquél mundo salvaje donde la supervivencia era lo único que importaba.

Ha pasado un millón de años, y la noche ya no debería tener secretos para nadie en el mundo occidental. Las farolas y luces de neón sustituyen al fuego que tanto costó dominar, hoy en día apenas quedan diferencias entre el día y la noche. Los descendientes de aquellos que durante milenios lucharon por su supervivencia con piedras y teas salen a la calle cuando las luces artificiales sustituyen al sol; las vestimentas han cambiado, también las preocupaciones. El instinto de supervivencia ha sido sustituido por el alcohol de garrafón y el esmalte de uñas.