La oscuridad siempre se ha
asociado al miedo, a los secretos y a la maldad. La mitad del día que vivimos
es presa de la noche, cuando la luz dio paso a la esquiva luna y las inútiles
estrellas. Los ancestros de los seres humanos aprendieron a controlar su miedo
a aquellas alimañas y depredadores, más fuertes y hábiles en la penumbra,
cuando descubrieron y controlaron el fuego. Iluminar la oscuridad fue el primer
triunfo ante la naturaleza, el primer método para delimitar qué saldría de lo
desconocido y estaría a nuestra disposición.
Se asume que fue un rayo el que
provocó el primer incendio, hace más de cinco millones de años; y se cree que
fue el homo erectus, hace más de un
millón, el primero que consiguió, seguramente después de grandes esfuerzos,
dominarlo. Estos fueron los primeros en ganar a la naturaleza y a las especies
más fuertes que poblaban aquél mundo salvaje donde la supervivencia era lo
único que importaba.
Ha pasado un millón de años, y la
noche ya no debería tener secretos para nadie en el mundo occidental. Las farolas
y luces de neón sustituyen al fuego que tanto costó dominar, hoy en día apenas
quedan diferencias entre el día y la noche. Los descendientes de aquellos que
durante milenios lucharon por su supervivencia con piedras y teas salen a la
calle cuando las luces artificiales sustituyen al sol; las vestimentas han
cambiado, también las preocupaciones. El instinto de supervivencia ha sido sustituido
por el alcohol de garrafón y el esmalte de uñas.