31 de octubre de 2016

Línea azul oscuro




Dice el Metro de Madrid que cada día pasan más de un millón y medio de pasajeros. No sé si son muchos o son pocos, pero estoy convencido que deberían ser más, aunque solo sea por la cantidad de coches que colapsan, día a día, las grasientas arterias madrileñas. Entre ellas, la línea diez es la transversal norte sur, que comienza en San Sebastián de los Reyes y termina en Alcorcón. Recorre todo Madrid y es de las más utilizadas, solo por detrás de la circular y de la mítica línea uno. El color azul oscuro pinta andenes amplios y estaciones modernas, alguna de ellas quizá innecesarias desde el punto de vista de la utilidad pero muy importantes en rédito electoral, aspecto más que importante en los tiempos en los que todos los madrileños necesitaban tener una boca de metro en la puerta de su casa. Pero no estamos hablando de eso.




Un día cualquiera montas en una estación céntrica del metro, rumbo a tu casa y te apoyas contra una barra metálica, de pie, mirando distraído el teléfono móvil y buscando alguna canción que dure los escasos minutos que quedan hasta tu parada. A esas horas apenas entra gente, no es demasiado tarde pero es hora de llenar el centro en búsqueda de la infinita noche madrileña, esa de impostura y garrafón; pero entra alguien y te fijas. Te fijas en ella.

No es una chica especialmente joven, ni especialmente guapa, sinceramente. Quizá tenga tu edad, a lo mejor un par de años menos, y pese a estar ante un vagón más vacío que lleno no llama la atención; se sienta, anónima y anodina, en el lateral de una hilera vacía de cuatro asientos. Pero te fijas en ella, en su pelo liso recogido y en su falta de maquillaje, lo cual, en una ciudad poseída por la imagen, resulta hasta llamativo. Viste una camiseta de rallas azules horizontales, un pantalón vaquero tobillero y una chaqueta también vaquera, a juego con el pantalón. Unas zapatillas rojas sin calcetines completan su vestuario; quizá haya salido de trabajar, o sea una estudiante, pero no lleva mochilas ni bolsas, únicamente un pequeño bolso que posa sobre sus cruzadas piernas. No crees que sea una turista, porque huye del centro, y viaja sola, por lo que, o sale de trabajar o vuelve de pasar el día en el centro de Madrid.

Mira su teléfono con aire distraído y de vez en cuando no puedes evitar fijarte en ella, curioso, quizá sorprendido por esa rara avis que puebla la noche en el subterráneo. Y ella levanta la mirada, cuando sus ojos pequeños y negros, levemente enrojecidos por el cansancio del día, se cruzan con los tuyos durante una milésima de segundo.


El metro llega a tu parada, abres la puerta y sales, giras la cabeza por última vez y vuelves a mirar, y ella vuelve a devolverte la mirada, seguramente por inercia, probablemente sin interés, posiblemente hastiada de recibir miradas de tíos a todas horas, pero tiene el detalle de devolverte esos pequeños ojos negros por última vez; porque sabes que una vez se cierre la puerta nunca más volverás a ver a esa chica discreta ni sus ojos negros que te han llegado demasiado adentro.

Indudablemente dentro de uno o dos días la habrás olvidado, como casi todo lo que observas y dejas pasar en la línea diez del metro cada día que lo tomas. Pero esta vez, sin que sirva de precedentes, lo quieres recordar. Porque no quieres olvidar a la primera mujer que cruzó contigo la mirada en el metro y luego, cuando bajaste del andén, se despidió de ti.