Pongamos que hay un hombre
cualquiera, como cogido al azar entre muchos, un hombre que quizá se llame José.
Un personaje anónimo más, uno de tantos que viven en la gran ciudad, utiliza el
transporte público cuando las obras y los retrasos se lo permite, compra en
cualquiera de los centros comerciales que surgen como hongos por todas partes,
y de vez en cuando se acerca con su coche a Marconi para echar un polvo rápido
con cualquiera de las mujeres que malviven explotadas en sus rincones.