el tren 3122 marca doscientos ochenta y siete kilómetros por hora, las pantallas emiten una absurda comedia romántica, los asientos están llenos de hombres y mujeres que hablan de negocios desde sus iphones, y mi compañera juguetea con su alianza mientras ordena en su ipad las fotos de su boda y viaje de novios a Nueva Zelanda y Bora Bora.
Yo aparco el libro de García Márquez unos instantes y miro por la ventana desde mi asiento. El mediterráneo que hemos visto a través del hotel estos días ha dado paso a la irregular y aburrida meseta, amarilla y marrón, y de vez en cuando unas gotas de color verde. Mi compañera habla por teléfono con alguien, asustada porque Manuela Carmena va a convertir su prestigioso club de golf semipúblico en unos terrenos abiertos para todos donde van a practicar agricultura ecológica, "para eso tienen la casa de campo", musita a su interlocutor, indignada porque los pobres y los ricos se puedan mezclar. Yo subo el volumen de la música, y Andrés y Robe se turnan y me hacen olvidar toda esa mierda.
Los viajes en tren son mucho mejores que los de avión. Para empezar, no te hacen poner el modo avión y no están vendiéndote cada diez minutos el desayuno, la bebida o incluso rascas que nunca tocan. Además te regalan unos auriculares que a veces incluso funcionan bien.
Este es el duodécimo tren que tomo este año. Aunque este año si he ido a algún sitio es a Málaga. A la provincia de Málaga. Y este año estos viajes han sido importantes. No solo por todo lo que viví y, sobre todo, lo que trabajé como un puto loco, sino también por los casi mil kilómetros que me hice ese viernes en concreto que al final dieron lugar a la decisión más relevante de mi vida. Y a alguna otra cosilla más sobre el comportamiento humano (no decepciones, tan solo comprobaciones).
Después de tanto verla he aprendido la clave de desbloqueo del iphone de mi compañera, y me planteo por qué coño ponemos contactos Aa si luego tenemos un patrón de desbloqueo. Quizá es porque los de la guardia civil son expertos informáticos o porque existe un archivo de patrones que Google y Apple guarda junto nuestros contactos, nuestras fotos y las páginas porno que visitamos cuando entramos en el modo privado del navegador. Por cierto, su clave tiene cuatro dígitos y empieza por 1.
Ha sido una semana muy dura de trabajo, la verdad. El lunes me levanté a las cinco para coger un tren, y entré a la oficina a las once, a unos seiscientos kilómetros de mi casa. Evidentemente no me levanto todos los días a esa hora y evidentemente no es una fábrica, pero el lunes estuve trabanando hasta las diez y media de la noche, con una hora para comer y una ducha por medio. Diferentes trabajos, diferentes pros y diferentes contras, claro. El resto de la semana me levanté a las siete y media y solo trabajé hasta las once y media de la noche un día, así que en líneas generales bien (y un día apagué el ordenador a las ocho y cuarto de la tarde, a lo loco)
En mi trabajo han decidido dar ascensos en otras áreas. En la mía dicen que no hay dinero, que los que dependemos de España estamos muy jodidos porque es un país quebrado y no hay dinero. Luego descubres que ganan sueldos anuales que empiezan por un dos y tienen cinco ceros detrás. Y más tarde descubres que son todos del PP, por lo que las cosas comienzan a cuadrar y piensas qué tal irán las cosas por Suiza.
El tema es que ascienden gente. Y te cuentan las listas de ascensos, y entre compañeros que se lo merecen descubres que incluyen a uno cuyo mayor mérito es peinarse como Johhny Bravo. Porque si le premian por su buen hacer mejor que dejen los coñacs pars desayunar, y si le premian por ser buen compañero, que dejen las anfetas. En mi trabajo no funciona eso de si no lloras no mamas, pero no veas lo bien servidos que vamos de electricistas. Aunque luego tengan problemas para desatascar una grapadora sin la supervisión de un adulto. No tiene que ver, pero me apetecía decirlo.
Me quejo de vicio, ya, pero en este país hay que quejarse. Y mira que yo me lo curro para no quejarme, pero a veces no te dejan otra.
A lo tonto me monto en taxi, y el taxista tiene radiolé y cuando le digo la dirección me dice: "y dónde coño esta eso". Creo que le voy a dejar una buena propina.