La impunidad de la libertad les hace
felices, y el bar se llena de indeseables y de seres anacrónicos. Un genocida y
un pederasta se toman juntos unas cervezas, uno fingió ser senil para librarse
de un juicio por sus delitos y el otro compró su libertad por unas monedas; dos
prostitutas juegan a las miradas con dos políticos que sonríen y aceptan,
sacando los sobres que atestan sus bolsillos.
Una raya de heroína surge de la nada en
el destartalado cuarto de baño, que se llena de mercenarios con balas de plata
en la recámara y navajas vizcaínas en el tobillo. Un policía acepta un soborno,
acepta un cigarro y acepta una nueva copa; el alcalde compra a dos hombres y
una mujer de la oposición, y su guardaespaldas cae en la mesa, borracho de
vodka y burundanga. La camarera mira, oye, sonríe y calla a cambio de propinas,
sabiendo que el silencio es su única arma.
Monarcas cubiertos de oro que nunca se
ganaron legítimamente y antiguos generales acusados de lesa humanidad entran
ufanos y hablan en voz baja de aquella vez que pagaron una ínfima parte de lo
que robaron aquel día a tantos infelices que una vez creyeron en ideales
estúpidos y trasnochados y que murieron por un trapo de colores, o de aquellos
niños soldados que tan baratos les salieron y tanto les ayudaron a ganar sus
guerras a enemigos con menos infelices o con menos niños en sus filas.
Viejos enemigos pactan con el diablo
cláusulas de inmortalidad y de eterna juventud a cambio de almas que nunca
dejarán ser libres, y a su lado dos opositores planean golpes de estado junto a
un ministro que negocia su jubilación mientras propone ideas e invita a una
mística absenta más. Tres mujeres esconden terribles armas en sus bolsos e
incitan a pobres desgraciados a descubrirlas, sabiendo que aquellos que la
conozcan será lo último que hagan en sus vidas.
Y, en un momento dado, todos levantan
sus copas al unísono y brindan por su felicidad, por un pasado que siempre terminarán
negando y por un futuro que saben que seguirá bajo su control.