Víctor Chacón era un señor de
unos cuarenta años, arquetipo de varias cosas hasta el punto de llegar a ser un
guiñol. Algo chaparro, con bigote y siempre bien repeinado. Nunca falta una
pulsera con los colores de la bandera de España ni un cigarrillo entre sus
labios, aunque desde aquella vez que provocó que saltara la alarma de incendios
se cuida de encenderlos dentro de las oficinas. Casado con una señora con la
que solo habla en reuniones sociales y a la que no pega porque ella es hija y
hermana de policías nacionales, y físicamente más voluminosa que él, pero las
ganas siempre quedan ahí; dos hijas mellizas de nueve años en un internado en
Londres, jamás confesaría que recuerda sus nombres y sus caras por una foto en
una estantería en su despacho. Su rasgo diferenciador son las marcas de unas
quemaduras en el cuello hasta su oreja derecha. Ni siquiera su mujer conoce el
motivo de dichas marcas, nunca le quiso explicar el motivo de las mismas.
Cuando otro socio le comentó el
apodo que tenía una noche en un bar, lo primero que preguntó fue el significado
de esa palabra, a lo que no tuvo respuesta. Esa noche, en casa, descubrió el
significado y le hirvió la sangre, pero, pese a las amenazas y los gritos,
nunca pudo saber quién le puso aquél mote, y la prohibición del mismo solo
significó que comenzaran a conocerle así en toda la empresa, y no solo
subordinados, sino también otros socios y superiores, lo que le generó un
enfado mayor al ser llamado así en las reuniones de alta dirección cuando sus
resultados no eran los esperados.