- José, ¿eres tú?
Él se giró,
asustado por la interrupción, y al ver la persona que le reconoció abrió la
boca, cambiando el susto por la sorpresa y cierta incredulidad.
- ¿Paloma?
¿Eres tú?
Ella
asintió, con una gran sonrisa. La mente de José comenzó a trabajar a toda
velocidad, identificando en la mujer alta y delgada a la niña fea de familia
pobre y la posterior adolescente delgaducha de gafas gordas y acné que siempre
tuvo sentada a su lado en los pupitres, cosas de apellidarse Pérez y Pinillos.
En aquellos años en los que el acoso escolar no estaba en los periódicos y en
los recreos de los colegios la ley de la jungla era la única que aplicaba, ella
era la víctima ideal, siempre con chándal, libros de segunda mano y sin nada
que ver con las niñas pijas repeinadas que rondaban por todas partes; pero él
siempre se llevó bien con ella y nunca se metió con ella, e incluso en el
instituto, hasta que ella se cambió de centro cuando sus padres se divorciaron,
llegó a defenderla. Con él nunca se atrevieron a meterse.