La historia llegó a setenta mil palabras, pero nunca tuvo título. Iba a crear otro futuro a aquella historia de perdedores que tejí en dos mil cinco y que seguí contando en dos mil diez, pero obviando la historia en la que dos hermanastras llamadas Emma descubrían la verdad sobre su vida rodeadas de maldad y sangre.
No puedo con ella. No puedo con una historia sin nombre de personajes que conozco como la palma de mi mano. Y ya la tengo casi terminada. Pero no me gusta lo que he creado.
Hay que admitir la derrota.
Quizá, al fin y al cabo, esto de ser un juntaletras no es lo mío.
Es difícil encontrar tu sitio cuando quedas desarraigado.