Alguien me escribió una vez que soy un soñador empedernido.... Qué suerte cuando hay gente que lo hace fácil
6 de enero de 2016
Recuerdos de Navidad
Recuerdo cuando nos levantábamos el seis de enero a las ocho y media de la mañana a abrir los regalos de reyes. Yo ya conocía el secreto, pero mi hermano no. Mis padres iban a rastras, tras nosotros, a abrir los regalos. Muchas veces mi padre, ya vestido para irse a trabajar nada más levantarse, dormitaba en el sofá, agotado después de trabajar hasta la una o las dos de la mañana el día cinco, y tener que volver a empezar desde cero otra vez. Y poco después de abrir los regalos y que la emoción de mi hermano (y al principio también la mía, aunque supiera la verdad los regalos estaban allí) desapareciera, mi padre se levantaba y se iba a trabajar. Yo me quedaba con un palmo de narices, pero al principio mi madre me pedía que me vistiera y que fuese a por churros. Poco después, mi madre comenzó a irse a trabajar con mi padre, a las nueve y poco de la mañana, y nos quedábamos con la abuela, que nos miraba con gesto triste, como sabiendo lo que estábamos pensando y sin saber qué hacer. Al final acababa recogiendo todo, regalos y envoltorios, y sacaba el aspirador. Y a mediodía o así, o tal vez antes, bajaba al bar hasta que se hacía la madrugada y cerrábamos la persiana.
Un año, creo que tendría yo quince o diceiséis años, pasé mala noche y me levanté mal. Después de abrir los regalos, mis padres se fueron al bar y yo me quedé tumbado en el sofá. No vi a mi madre hasta la noche. De ese día solo recuerdo que le regalé a mi hermano el primer libro de Harry Potter y me lo acabé leyendo yo entero (mi hermano tendría ocho o nueve años, y la verdad es que nunca fue mucho de leer).
Recuerdo ir a trabajar al bar el día de Navidad, el día de mi cumpleaños, y cerrar a las tres de la tarde, o tres y cuarto, para ir a comer. Poner un cartel en la puerta e ir corriendo a casa, donde, sin apenas aliento, dar un beso rápido a mi escasa familia y comenzar a comer. A mi padre quedándose dormido en el sofá después de comer rápidamente y despertándose, por arte de magia, a las cinco y media de la tarde para bajar de nuevo al bar. Y bajando yo a las seis y media o siete de la tarde para echar una mano, como siempre. Y lo mismo en Año nuevo.
Por mi vigésimo primer cumpleaños (cómo pasa el tiempo...) mi madre me preguntó qué quería por mi cumpleaños, y yo le pedí que cerrásemos el bar el día de Navidad y el día de Año nuevo. Y se cumplió. Soy ingenuo hasta para pedir, ya que cerrar dos tristes días me hizo feliz.
Ni odio ni amo la Navidad, pero este año, al fin, he logrado descansar. Aunque haya habido otra clase de problemas que no viene al caso contar hoy.