Las cosas cambiaron poco después
de cumplir los diecisiete, cuando entró a trabajar uno nuevo en McDonalds, un tío
alto, guapo, con barba clara y ojos marrones claros; carácter descarado y anárquico
y algo mayor que ella, cumpliéndose con el viejo tópico del chico malo que
enamora con únicamente su mirada. Paloma quedó colgada desde el primer momento
de él, de cuyo nombre ya no quiere acordarse pero con el que, después de unas
semanas tonteando en los diez minutos del cigarrillo o al entrar o salir del
curro, se convirtió en su novio, algo que duró por casi cuatro años. Con
perspectiva, sabía que no lo empezó a pensar hasta que maduró.
Cuando lo dejaron ella estaba
cerca de los veintidós. El día que abandonó la casa que compartían y se fue a
vivir con dos amigas solo quedó el recuerdo de tantas noches en las que él se
corrió demasiado pronto y un microondas que compraron en las rebajas.
Desde que
se alojó con sus amigas, y sus posteriores mudanzas hasta terminar coincidiendo
con una amiga del instituto trabajando en Madrid, sus relaciones con tíos se
redujeron a contactos ocasionales en los bares de Malasaña o Huertas y a
algunas citas que nunca acabaron demasiado bien a través de tinder.